’18 ciervas’: caer en lo que somos

Acquaroni

Tras conseguir con su anterior libro, La casa grande, el prestigioso premio de poesía de la Asociación de Librerías de Madrid, Rosana Acquaroni (Madrid, 1964) baja hasta La Plaza Invisible con nuevos poemas bajo el brazo, publicados una vez más por Bartleby Editores.

18 ciervas es un cuaderno de vida, un testimonio de mucho tiempo, de amor y de ruptura, de un pasado con tensión, de un presente reflexivamente ilusionado y de un futuro al que se asiste con calma. Y, por todas partes, ciervas acechando o acompañando, como un emblema.

Acquaroni
Rosana Acquaroni, apostada en un rincón de La Plaza Invisble / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Si uno piensa un momento en una cierva, evoca inmediatamente la belleza sublime, el bosque inaccesible para el hombre, la fugacidad, lo femenino, el misterio elegante, lo detallista y virtuosa y perfecta que puede llegar a ser la naturaleza o, en fin, ese tipo de magia que apenas se deja vislumbrar, que se puede ver durante un segundo, antes de que se escabulla. Dejémoslo, de momento, ahí.

18 ciervas no es un libro de transición, sino un libro que da cuenta de una transición: son cosas muy distintas. En el centro de este libro (quiero decir en su parte central, hacia su mitad, pero también en su corazón, en su núcleo, en su yema) hay una enorme ilusión que se encauza a través de poemas eróticos, cotidianos, domésticos. En torno a ellos, antes y después, versos que nos hablan de un mal amor pasado, un amor destructivo y ya destruido que da lugar a una vida diferente.

el nuevo libro de rosana acquaroni es, digamos, un libro ‘ecuménico’ en el sentido de que oscila entre estéticas

El nuevo libro de Rosana Acquaroni (Madrid, 1964) es, digamos, un libro ecuménico en el sentido de que oscila entre estéticas, e, igual que solapa tiempos muy distintos, sabe ir de lo misterioso a lo rutinario, o de lo testimonial a lo simbólico, o de lo urbano a lo primitivo… sin que apenas se noten esas otras transiciones. Hay un primer verso de poema que es, en este sentido, de una trascendencia inmediata, y que contiene de una forma casi juvenil ese temblor alegre y a la vez antiguo, intemporal, del que se hablaba arriba: «Hemos quedado en Sol».

Tanto cambia todo tras esas primeras citas, tanto se ilumina lo que había sido, según se nos revela en algún poema doloroso, una larga noche de violencia verbal, desconsideraciones y miedo, que ante el mundo que se le abre a quien habla en los versos siente que no se trata de otra etapa de la vida, sino de otra vida distinta, que exige una renovación completa (y, con ella, una nueva forma de decirla).

En alguno de sus diarios, el poeta Juan Malpartida contaba que en algunas tribus chinas antiguas se cambiaban el nombre tras vivir alguna experiencia especialmente transformadora o traumática, y es que, si se piensa bien, es cierto que no es del todo natural llamarse siempre igual. Aquí también sentimos ese anhelo: «Yo sentí, como tú, que despertaba. // Mi cuerpo destejía sus raíces / –hacedores los dos / de idéntica sustancia–. // Como si me llamaras siempre / por mi nombre / –mi verdadero nombre–, / aquel que ni yo misma conocía».

Se estrena una olvidada libertad («Ignoro lo que busco. / (Cómo escapar si nadie me retiene)») y los viajes (como aquel a Sicilia…) ya no son un mal trago sino una epifanía («Contigo las ciudades que conozco / se refundan»): así sucede ante las pinturas rupestres de las cuevas de Covalanas, en Cantabria, en cuyas paredes están dibujadas esas dieciocho ciervas del título, que se contemplan con fascinación y que ponen en marcha la poderosa simbología del libro (y que ojalá hubieran figurado en su cubierta…). Esa «constelación de ciervas» fecunda tácita o explícitamente todas las secciones, y se las adivina presentes incluso cuando no están citadas.

Se habla de «mi cierva» como de un mandato, algo interior que obliga al movimiento, a las decisiones, a la lealtad a una misma («todo comienza / dentro / de la sangre…»). Pero hay otros fragmentos ante los que se diría que cada uno de los animales es en sí misma una tarea, una misión, un cometido, algo acuciante que resolver: «Desandar galerías / cuando no haya más ciervas / que cumplir. // Ese día, mi amor, / regresaremos / y será para siempre».

En otros momentos hay directamente una identificación entre quien habla y una cierva, como en la sección titulada Anatomía del primer disparo, en el que se va citando y casi glosando un tratado de caza para expresar los años en que se fue abatida y se vivió en cautiverio. Y, por fin, en otros, la cierva es una compañía, tal vez un ejemplo, una referencia: «Escarbar la nevisca / pese a encontrar el fruto. // Rozar con el hocico / el fango del arroyo. // Resollar con la cierva / cercada / en el incendio».

Los detalles que en el libro se dan de nombres de personas queridas, o los topónimos, o las frases dichas en conversaciones o en peleas, o las citas leídas o escuchadas en películas… contrastan con el complejo imaginario de fondo, que en algunos pocos poemas recurre también a la mitología: de lo cercano (y de lo cercado) se va a lo difuso (y a lo liberador). Pero entendiendo que lo liberador pasa a veces por aceptarse, por cierta resignación sabia, por asumir con sabiduría el modo de afrontar contentos lo que queda («Caer en lo que somos, / abandonar las alas»), no en el sentido espantoso de conformarse sino en el precioso de rendirse, de entregarse: «No soy la que buscabas. / Tampoco eres el hombre / que alguna vez soñé. // Así que ya podemos / amarnos sin certeza / ni linaje, / sin tener que alcanzar los objetivos».

El libro tiene muchas capas más (o mejor muchas pieles, porque hablamos de poemas muy orgánicos, muy físicos) y por tanto permite muchas otras lecturas, que cada lector tendrá que ir descubriendo o adivinando. Aquí hay pasado, presente y futuro, hay un diario pero también una memoria, un libro de amor y un balance de daños, una vida en la ciudad y un sueño de la selva, una plenitud en lo que hay y una serenidad en lo que llega: «Tendremos que morir, después de todo, / y no será sublime».

 

Acquaroni

He comprado la casa

donde seguramente moriré.

Acabo de mudarme.

Es un espacio ajeno,

vacío de recuerdos

donde nada nos pesa.

 

Mientras abro las cajas

y encuentro los objetos

que me acompañarán el día

de mi muerte,

las hojas de los árboles

tocan en las ventanas

como aquel hijo enfermo

que reclama a la madre

tirando de su blusa.

 

Me he comprado la casa

que será de mi muerte

paradero.

 

Limpio meticulosamente los armarios

–hay salitre en sus baldas–,

arranco los precintos

y germinan los rostros

de aquellos que habitaron

–su terca transparencia.

de guirnalda sonámbula–.

Entonces se desprende

un exudado antiguo

de ciudad sumergida.

 

Me echo sobre la cama

para tomar aliento.

Una cama impoluta

que será del amor

también cobijo.

 

Cuando me asomo al patio

hay alguien que me observa

y es un silencio en llamas.

 

Al principio una casa es sólo eso:

el tiempo que nos queda.

 

Sin embargo,

me he dejado una luz

prendida en el recuerdo

y estoy viendo a mi hijo

regresar del colegio con la fiebre

en los brazos.

 

*Ficha técnica: Rosana Acquaroni, 18 ciervas, Madrid, Bartleby, 2023

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