Este pasado lunes, 7 de octubre, cumplió cuarenta años la poeta Maribel Andrés Llamero (Salamanca, 1984), quien, tras ganar en 2019 el XXXIV Premio Hiperión con Autobús a Fermoselle, o inaugurar en 2022 con Los inútiles el catálogo de la editorial mallorquina Isla Elefante, ha conseguido emocionarnos con su libro de este año.
Publicado en marzo como número 1 de la nueva colección Endurance, 80.000 soldados de terracota es un largo testimonio de amor a un padre que enferma y se apaga, un libro que camina lentamente hacia una elegía inevitable. Y con estos versos suyos, escritos «a la muerte de su padre» pero dedicados sobre todo a su vida y su recuerdo, Maribel Andrés Llamero, profesora de Literatura en la Universidad de Salamanca, visitó La Plaza Invisible.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
En el principio estaban los títulos, y pocos tan impresionantes y maravillosos como éste, 80.000 soldados de terracota, sobre todo si se sabe que custodia un libro de poesía, y más cuando se va entendiendo qué es lo que protegen todas esas imponentes figuras, tan frágiles como eternas, que ha reclutado y dispuesto Maribel Andrés Llamero (Salamanca, 1984).
Es el amor de una hija por su padre lo que vigila y guarda ese inmenso y delicado ejército de polvo, un amor profundo y bien comunicado durante la vida, asustado ante la enfermedad y abatido pero activo tras la muerte. Y que ese amor está vigente y durará lo que dure la vida de la poeta es la principal declaración de un libro que, por ser más extenso de lo que suelen serlo los de versos, tiene espacio para reflexionar sobre otros aspectos de la herencia, la pérdida, la orfandad, el desamparo, el duelo y la ausencia (e incluso terminar, a modo de apéndice, con un bonito artículo periodístico en el que se nos hace saber, además, que el señor Andrés era un gran lector de El Quijote, algo que nos lo hace automáticamente mucho más simpático y cercano todavía).
La estructura del libro viene tiránicamente impuesta por la ley del final de nuestros mayores, pero hay, por supuesto, lugar para los saltos, cierta indocilidad cronológica que puede ir dando cuenta de otros aspectos que quieren o necesitan ser dichos. No sólo recuerdos del pasado o proyecciones al futuro, sino balances, paralelismos, recapitulaciones, enseñanzas, intuiciones que no logran aquel ingenuo ideal de abolir o de detener el tiempo pero que sí lo enredan un tanto para bien del texto y, de paso, para consuelo relativo de quien lo escribe. Así sucede, por ejemplo, en el precioso poema titulado Son un padre y una hija:
«Es una tarde de octubre, / en el hospital me estrechas firme / por primera vez entre tus brazos / cuando acabo de nacer. // Es una tarde de julio, / soy yo en otro hospital / en un espacio parecido / —es tan distinto el olor— / la que se tumba / a tu lado en la cama / y te abraza fuerte / porque te vas a morir. // Y en ambas escenas / nadie podría saber / nunca / quién se está aferrando / a quién».
Los últimos versos del poema De los yugos, de Autobús a Fermoselle, decían en 2019 que «Me dice mi padre que en estos campos / mudos aprenda a acallar las palabras / porque todo lo que no es silencio, hija, / acaba por ser aullido». Y en un poema dedicado «A mi padre» en Los inútiles (un libro publicado en 2022 pero posterior en su escritura a 80.000 soldados de terracota) se afirma que «De su vida en ofrenda / nace ahora la calma». Esa unión imposible de aullido y calma sería otro buen modo de definir el libro de hoy, porque hay enfado con la vida por su aparente crueldad, pero también aceptación de sus reglas, urgencia de querer y de cuidar, una pre-elegía que puede transmitirse al que se marcha y una serie de epitafios o de recordatorios que sin duda él daría también por buenos.
En este libro Maribel Andrés Llamero se expone de una forma extrema, a corazón abierto, sin cálculos, decidida a darlo y a decirlo todo, y casi todas las consecuencias de ello conspiran en favor de la calidad literaria
No se puede afirmar que en estas páginas no se caiga en ningún momento en ningún tipo de patetismo (ver, por ejemplo, el poema titulado Heráclito nos mira, o, junto a él, las Nanas en la noche), pero son excepciones claras, y por otro lado pocas veces estará más justificado o resultará más comprensible ese excesivo desborde sentimental. En este libro Maribel Andrés Llamero se expone de una forma extrema, a corazón abierto, sin cálculos, decidida a darlo y a decirlo todo, y casi todas las consecuencias de ello conspiran en favor de la calidad literaria, o cuando menos de la emoción más verdadera, de la desnudez más limpia.
Y en todo caso son incomparablemente más los momentos en los que esa crecida emocionante se traduce, sobre todo hacia el final, en poemas memorablemente conmovedores, a veces desgarradores, incluso con un punto alucinado por aturdido, por doliente, pero buenísimos, exactos, definitivos, ya sea en su versión lacónica, seca y sencilla («Suplico en estas líneas / a todo lo que se marchita / que se detenga. // Una tregua / es lo único que necesito»), ya en su variante desplegada, desarrollada, como ese que reproducimos abajo completo, o como el que comienza «El final suele encontrar / la vida siempre a medias»…, o como ese otro en el que, como si lo continuase, se lee, pensando en la propia muerte, la de una misma, que «del final no ansío más / sino que su calma pueda parecerse / al modo en que me abrazabas. / Tu calor es todo lo que necesito»…
Hay un poema de la sublime Emily Dickinson que, en versión de Carlos Pujol, dice que «Compadecer a alguien cuando ha muerto / siempre es más fácil que compadecerle / cuando vivía y nuestra compasión / le podía salvar»… No es algo que pudiera decirse de las primeras secciones de este libro, en las que el padre todavía respira y su hija le escribe y le acompaña en su paulatino debilitamiento con un cariño infinito, transmitiéndole la alegría de haberle tenido en su vida con una gratitud imposible de no ser percibida por aquel que, al hacerlo, podría afrontar su agonía con mucha más dulzura.
En un libro con tan poca ficción como éste, ese testimonio de vida que se va o esa despedida tan consciente y tan plenamente atravesada han de ser reconfortantes, pues no sólo «nos deja harto consuelo su memoria», sino que también nos calma la tranquilidad de haberle sabido decirle a tiempo eso que todos hemos de saber decir sin tapujos a esas pocas, poquísimas personas que de veras y en lo más hondo nos importan: incluso tras tu muerte te querremos, tanto como hasta ahora o quizás más, y velaremos por tu buen recuerdo. Quien se atreva a dudarlo tendrá que enfrentarse a unas hordas bien entrenadas y realmente temibles.

FRENTE A TU PUERTA
Pongo la mesa pensando en ti,
tu servilleta, tu plato,
por si vienes; limpio tu peine,
coloco los zapatos, sacudo
tu almohada, preparo
las sábanas de la cama,
quito el polvo al atril,
afino la guitarra.
Este hogar abierto y a tu espera
no tiene cerrojos
ni trancos para ti.
Como una niña pequeña cansada
me siento frente a tu puerta,
cachorro fiel, obediente, que día tras día
todavía aguarda.
Aún ha de pasar mucho tiempo
para que asuma que ya es tarde,
para que entienda
que la última puerta que esconde
aquello que eras
probablemente sea yo.
*Ficha bibliográfica: Maribel Andrés Llamero, 80.000 soldados de terracota, Palma de Mallorca, Isla Elefante (col. Endurance, 1), 2024 (marzo).







