A propósito de ‘Desertar’

Desertar

Nuestra poeta, traductora y bloguera preferida, Carmen G. Aragón (alias Jean Murdock) nos deleita con la reseña de un volumen fascinante, Desertar, de Ariana Harwicz y Mikaël Gómez Guthart. Una reflexión sobre la lengua, la escritura y la traducción. Sobre qué batallas librar a la hora de escribir, traducir y leer, por supuesto.

Carmen G. Aragón / @jeanmurdock_

En el suculento diálogo entre Ariana Harwicz —huida del castellano y Buenos Aires a París— y Mikaël Gómez Guthart —huido del francés y París a Buenos Aires— sobre lengua, deserción, traducción y escritura que es Desertar (Editorial Candaya) Harwicz dice que «la cuestión entre el autor y el traductor es lo que decía Miles Davis sobre él y Bill Evans. Davis decía que Evans y él escuchaban la música con el mismo oído». Y añade: «Podríamos ver los mismos efectos de la traducción en el piano, la partitura es lo más parecido al texto original. […] Por ejemplo, la Marcha turca de Mozart la interpretan Glenn Gould y Lang Lang en dos velocidades tan distantes que podríamos pensar que son dos piezas diferentes».

Me recordó a lo que cuenta Simon Leys sobre Gould y el aspirador. Dice que, estando un día un joven Gould ejercitándose al piano, la asistenta puso en marcha el aspirador muy cerca del instrumento y su ruido mecánico obliteró el de la música. Pero, para sorpresa de Gould, aquello fue revelador, pues dejó de oír con los oídos para oír con el cuerpo: seguía la música más consciente de sus gestos «y toda su experiencia de la ejecución adquirió otra dimensión, a la vez más física y más abstracta: la fuga que estaba interpretando se veía transmitida directamente de sus dedos a su cerebro».[1]

Tal vez haya que desertar de algunos sentidos para ejercitar otros

Ese escuchar de otra forma es lo que se hace al escribir: usar la lengua como algo nuevo y ajeno; decir lo que ya se ha dicho como no se ha dicho. «Escribir es siempre escribir en una lengua desconocida», dice Harwicz. Vendría a ser algo así como traducirse, o traducir esa lengua a otra igual pero distinta.

Ariana Harwicz / Foto: Ed Candaya

A propósito de la traducción, Harwicz dice que «estar entre dos personas y traducir a una y a otra en una discusión es como estar metido en una balacera». Un tiroteo en toda regla. Harwicz se refiere, obviamente, a personas que no hablan la misma lengua, pero me hizo pensar en cuántas veces me he encontrado traduciendo a dos hablantes del mismo idioma: ¿quién no ha detectado, alguna vez, esos malentendidos que se dan tan a menudo entre interlocutores que hablan la misma lengua y le ha hecho entender al uno lo que estaba diciendo el otro? Cada vez que lo hago, me aterra pensar en todas las veces en que no se detectan los malentendidos y esas situaciones no se resuelven. Cuántas cosas habremos entendido —traducido— mal. Y cuántas veces, por no pasar el bochorno de pedir que nos repitan algo, habremos asentido con una sonrisa idiota a algo ridículo o aberrante; cuántas preguntas se habrán quedado sin respuesta.

Hace poco me sorprendí deseando estar de nuevo en China. No sé chino. Allí aprendí a decir «gracias», «cuánto cuesta», a contar hasta diez, que wŏ es «yo» —aunque durante semanas llamé Mr. Wŏ a un señor que se llamaba otra cosa, porque me dijo su nombre mientras se daba golpecitos con la palma de la mano en el peho y repetía wŏ, wŏ. Nunca me corrigió, ni los demás tampoco cuando les decía «Mr. Wŏ…». Fue como llevar restos de comida en la cara durante una reunión social y enterarte de noche, cuando llegas a casa, frente a un espejo. ¿Dónde están, cuando los necesitas, esos desaprensivos que te «traducen» el paisaje facial —señalándote el grano en la cara— o el natural —la consabida puesta de sol?

Extrañamente, no entender nada fue de las mejores cosas que me pasaron en China, pero eso no lo comprendí del todo hasta después. No estuve allí más que cuatro meses, en Fuqing, ciudad de la prefectura de Fuzhou. Desde allí podía ir nadando a Taiwán —pensaba—, aunque a costa de morir ahogada, como Leandro en el Helesponto.

Cada noche Hero, separada de Leandro por las aguas del Helesponto (los Dardanelos), encendía una lámpara para que su amante supiera adónde conducir su nado y llegar a su lecho. La luz de Hero se traducía en una brújula, en una estrella polar, en un destino. Una noche el viento la apagó, Leandro perdió el rumbo y murió ahogado. Así lo cuenta el mito, o la propuesta de un mito. Al fin y al cabo, todo mito es una propuesta, y en dos sentidos: una propuesta para explicarse ciertos fenómenos inexplicables —al menos en la época en que se fraguó el mito— y la versión de esa propuesta.

«La traducción es otro texto. Ya está»

Volviendo a Desertar, dice Gómez Guthart que, en definitiva, toda traducción es una propuesta. Es algo que puede parecer básico, pero que rara vez se tiene en cuenta, pues sobre el tema de la traducción, como apunta Guthart, todo el mundo quiere opinar: escritores, lectores, bibliotecarios, críticos, libreros. A lo mejor todo el mundo se relajaría un poco si tuviera en mente que se trata de una versión, una «adaptación». Como dice Guthart que señaló Thomas Bernhardt, «la traducción es otro texto. Ya está».

«Más de una vez he imaginado la traducción ideal: una sucesión de páginas papel cebolla donde constaran superpuestas todas las traducciones -las propuestas- posibles»

Harwicz tiene la teoría de que en materia de traducción se puede ser ateo, creyente o agnóstico: «Los creyentes piensan que se puede leer a Shakespeare en ruso o en castellano, es él, seguro, es Shakespeare, lo leemos en todas las lenguas. Los agnósticos obviamente lo dudarán, leo a Shakespeare en portugués, es y no es, lo conozco un poco, lo reconozco. Y al final, los schopenhaueres de la traducción, los cioran, los ateos dirán, no conoceremos nunca a Chéjov si no leemos en ruso. Lo siento, morirán sin leer Tío Vania, a conformarse con sus dramaturgos en su lengua local, algo así como fervor patriótico con banderita flameando en el libro».

Más de una vez he imaginado la traducción ideal: una sucesión de páginas de papel cebolla donde constaran superpuestas todas las traducciones —las propuestas— posibles; una especie de Le Ton Beau De Marot,[2] pero con las versiones una encima de otra. (Algo así intentamos en el plano digital Itziar Hernández Rodilla y una servidora: las variaciones de un poema de Dickinson.)

En cuanto a China, cuando me harto de oír sandeces es cuando más la echo de menos. Me imagino gloriosamente rodeada de gente sin tener la menor idea de lo que dicen. (Sin tener idea de lo que dicen yo, no ellos; es decir, en las antípodas de lo que vendría a ser el decepcionante resultado de compartir una lengua común.) Vivir inmersa en la imposibilidad de la traducción, incluida la involuntaria. Cuánta felicidad.

Guthart también habla de la primera traducción del Quijote al hebreo. La hizo «Jaim Najman Bialik (quien no sabía una palabra de castellano) a partir de una traducción rusa (al parecer esta última había sido traducida a partir de una traducción francesa)». Como en el juego del teléfono. Naturalmente me acordé de la primera traducción del Quijote al chino, que el propio Guthart relata espléndidamente en su breve pero jugoso ensayo Lin Shu, autor del Quijote. Lin Shu tampoco sabía español, ni ninguna lengua extranjera, pero tradujo más de 180 obras europeas. Su método era el siguiente: se rodeaba de ayudantes —al paracer tuvo unos veinte— que le relataban las novelas y luego él las «traducía» al chino a su modo y manera; es decir, las reescribía.

Mikäel Gómez / Foto: Ed Candaya

Cuando supe de Lin Shu pensé en lo rocambolesco que sería que todas esas obras volvieran a traducirse de sus reescrituras en chino a sus respectivas lenguas originales. Pues bien, como recuerda Leys en Los náufragos del Batavia —«¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro? No corráis en llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano, a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto»—,[3] ya alguien lo había pensado y, de momento, Alicia Relinque ya ha traducido la Historia del Cabellero Encantado —el Quijote de Lin Shu— al español.

Desertar lleva por estos caminos y abre muchos otros. Su fascinación radica en eso, en todo lo que plantea y en sus ramificaciones; una lectura estimulante que abarca desde la renuncia a una lengua y un lugar —y la consecuente adopción inevitable de otros— hasta si es conveniente conocer en persona al autor que traduces —yo prefiero traducir a muertos—; el hecho —también muy ignorado— de que muchos de los libros que se traducen están muy mal escritos; el síndrome de Bruckner —la autocorrección continua, para mí la única máquina posible del movimiento perpetuo—; el poderoso deseo que todo escritor tiene de callar, de «ir al silencio total, como el de Louis-René des Fôrets»; la biblioteca de los manuscritos rechazados de Portland (Oregón) y el «Fondo Documental Champollion para conocimiento de los escritos de los cuales se ha perdido el sentido», y cómo influyen el autor, el lector y el corrector en la traducción, por nombrar algunos de sus infinitos temas. Además, recoge jugosas anécdotas como la del viejo francés que viajó a Buenos Aires, de donde volvió muy desilusionado porque allí «nadie hablaba como Borges», o pensamientos como este de Anne Carson: «el traductor es alguien que busca a tientas el interruptor de la luz en una habitación oscura».

(El traductor según Carson me recuerda a la vida según Samuel Butler: «es como tocar el violín en público mientras se aprende a tocarlo sobre la marcha».)

Como reza su contracubierta, «Desertar es un diálogo en un tiempo y en un lugar desfasados del mundo», un tiempo y un lugar apartados del ruido, un solaz en los tiempos que corren.

[1] «Sonata para piano y aspirador» en La felicidad de los pececills, Simon Leys, traducción de José Ramón Monreal, ed. Acantilado, Barcelona, 2011.

[2] Le Ton Beau de Marot: In Praise of the Music of Language, Douglas Hofstadter.

[3] Los náufragos del «Batavia», Simon Leys, traducción de José Ramón Monreal, ed. Acantilado, Barcelona, 2011

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