Ángela Segovia: «Para mí la libertad es lograr sentir cosas»

Ángela Segovia

La poesía de Ángela Segovia (Las Navas del Marqués, Ávila, 1987) lleva ya años alcanzando un éxito y un prestigio que están siendo el justo premio a una valentía poética que nos parece insólita, por incondicional e inmensa, y que va de la mano de su extraño talento.

Quien tiene la amabilidad de visitar hoy nuestra Plaza Invisible obtuvo con La curva se volvió barricada el Premio Nacional en la modalidad de poesía joven, apuesta que se confirmó después con Amor divino (2018), libro del cual se desprendió en 2020 no un descarte sino un poema que había quedado fuera porque reclamaba un libro propio: Pusieron debajo de mi mare un magüey. Nos gustan todos, pero, a pocas semanas de que vea la luz Jara morta, su nuevo libro (y de nuevo en La Uña Rota, su editorial de casi siempre), ninguno nos conmovió tanto como lo ha hecho Mi paese salvaje: leyéndolo, y viendo el mundo emocionante que poco a poco se levanta ante nosotros, sentimos que por fin sucede algo verdaderamente relevante en nuestra poesía. Y Ángela, además, se destapó el año pasado con una pequeña y preciosa novela, Las vitalidades, que con su belleza y sus enigmas da también alguna buena pista sobre sus versos…

 

Ángela Segovia
Ángela Segovia, luminosa, visitó nuestra Plaza (no tan) invisible. /Foto; J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Existe el tópico de que «a los poetas se los conoce en la prosa»… ¿Estás de acuerdo?

¡No había escuchado nunca este tópico! Puede que sea cierto, de alguna manera, al fin y al cabo a menudo es cuando estás en apuros cuando sueles demostrar de qué estás hecha y me parece que ser poeta y escribir una novela es un poco meterse en apuros. Tengo la sensación de que, para quien la ha conocido y vivido, es muy difícil renunciar a la honestidad que se juega en la poesía, a esa entrega. No sé cómo escribe novelas un novelista, yo sólo puedo saber cómo las escribo yo, desde la poesía, y me parece un trabajo de una enorme exigencia vital, pues he necesitado conjugar esa honestidad de la que hablaba con la construcción de un mundo menos elíptico, más superficial, sin connotar negativamente esta idea de superficialidad. Este es el verdadero reto para mí. No sé qué descubriré por aquí. De todos modos, en el fondo no siento que esté cambiando de género, sino que estoy ahondando en formas que preciso para seguir construyendo mi obra y que esta incluye desde lo más lírico a lo más prosaico, mezclado. Diría que aventurarse en territorios desconocidos siempre es bueno para un escritor.

A esta plaza, como sabes, se viene a hablar de poesía, pero déjame que te haga una última pregunta, muy tonta, al hilo de Las vitalidades: ¿a ti también te ha pasado eso de que un número considerable de lectores, y sobre todo gente cercana, o familiares… te dicen que menos mal que has escrito una novela, que por fin van a poder leerte, que lo habían intentado con los poemas pero…

Total. Y me pareció bonito y a la vez triste. Por un lado, es lindo que personas que han intentado leer mis poemas pero que no han conseguido sentirse cómodas con ese lenguaje puedan ingresar a mi universo a través de otras formas, especialmente es valioso en la familia. Por otro lado, siempre me da pena que la poesía sea algo tan reducido. Creo que todos los que amamos la poesía, cuando la leemos, renunciamos a la idea corriente de comprensión y encontramos una forma distinta, mucho más delicada y a la vez amplia de entendimiento, que a mí se me representa como una vivencia más bien.

«no hace falta ningún conocimiento especial, ninguna aptitud especial para disfrutar de un poema, por muy hermético que sea»

A menudo tengo la intuición de que esa dificultad que mucha gente señala que tiene con la poesía tiene más que ver con barreras motivadas muchas veces por nuestro sistema educativo. No hace falta ningún conocimiento especial, ninguna aptitud especial para disfrutar de un poema, por muy hermético que sea. Qué pasaría si quitáramos esa barrera, si todos pudiéramos escuchar o leer un poema y sentirnos libres de recorrerlo desde lo que somos, aceptando que no todo es descodificable. A mí me emociona ese vértigo. Obviamente, no a todo el mundo tiene que gustarle la poesía, igual que no a todo el mundo tiene por qué gustarle el tenis, pero sería hermoso poder tirar abajo esa barrera imaginaria. A veces me parece que precisamente esa barrera es una especie de muralla que nos protege todavía de ser devorados por el sistema. Hay un secreto que sigue estando a salvo, y pienso que mientras existamos seguiremos guardándolo, y eso es muy precioso para mí.

Igual que tú, Eugenio Montejo creció en una panadería, y él escribió mucho sobre eso, sobre cómo “el taller blanco”, o el observar la constancia y la artesanía de sus padres, habían despertado en él un modo particular de entender el trabajo y, por tanto, la escritura. Hornear una hogaza parece muy distinto de escribir un poema, pero, por empezar por el principio, ¿qué dirías tú de tu caso?

Creo que fui una niña muy fantasiosa. Vivía en un pueblo pequeño, en el seno de una familia grande. Todo mi entorno estaba para mí lleno de magia. El edificio en el que crecí y en el que sigue viviendo mi familia lo hizo levantar mi abuelo para que vivieran allí todos sus hijos. Lo veía como un castillo, con su magia blanca y negra, siempre populoso. Mis abuelos, mis tíos y tías, mis primas y primos. Los pájaros y peces sucesivos. Todos convivíamos. Las puertas de cada piso siempre estaban abiertas. En la misma calle, un poco más abajo, estaba la panadería. Mi padre viene de una estirpe de panaderos. Antes lo había sido su padre y su abuela. Una vez me contó que cuando era pequeño su padre encendía el horno con ramas de jara y que por las mañanas todo el pueblo olía a jaras. Los domingos, al salir de misa, solía ir a la panadería, era entonces cuando veía trabajar a mi padre. Había un cuarto con torres de sacos de harina, me trepaba y saltaba de uno a otro. En los mejores momentos, si mi padre tenía tiempo, hacíamos animalitos de pan, erizos y caracoles. Me llevaba una torta de anís o un suizo envuelto en una servilleta. Era un universo increíble.

Toda esa blancura, el silencio con el que trabajaba mi padre, siempre ha sido silencioso, y el misterio que lo envolvía siempre, puesto que al trabajar por las noches pasábamos muy poco tiempo juntos. Soñaba con los desayunos del día de Reyes cuando por fin le vería al despertar. Creo que la literatura y la escritura vinieron a colmar el vacío que quedó en mí al abandonar la infancia, y así pude prolongar ese legado de fantasía.

Ángela Segovia

Siguiendo en Las Navas del Marqués, tú has llegado a traducir libros al «navero»… ¿Qué lengua es ésa? Con lo cual querría que esbozaras, claro, tu «teoría de la traducción», por decirlo solemnemente.

Bueno, es toda una cuestión, no sé si tengo si quiera una verdadera noción de lo que es para mí la traducción. Me interesa mucho el lenguaje en su aspecto más orgánico y más plástico, para mí la sentimentalidad de la literatura siempre ha estado sobre todo en esos aspectos, y en la imaginación que puedan conducir, mucho más que en los relatos o los temas. Lo que sucedió con el libro de Luz Pichel fue que ambas estábamos viajando juntas en tren y pasamos por la estación de Las Navas justo en el momento en el que ella me leía su poema CO CO CO U. Era un poema escrito en un gallego absolutamente propio, el de su aldea, casi diría el de su familia, era un idioma que me parecía comprender de un modo alucinado, más allá de la noción habitual de comprensión. Por supuesto, yo también me había sentido inmersa en un lenguaje como ese, y además, había tenido la misma experiencia de avergonzarme. Me había avergonzado de las contracciones, de los leísmos y laísmos, me avergonzaba de la forma de entonar, de esa especie de cantinela que se usa para llamar al ganado y que se transmite al habla. Me encantaban las palabras de mi abuela y de mi madre pero sobre todo de un modo íntimo, no me planteaba la posibilidad de que ingresaran en el lenguaje literario. No he vuelto a sentir esa vergüenza, pero yo me exilié de ese lenguaje siendo niña, y ahora soy una forastera, lo conozco, lo amo, pero no lo hablo realmente.

«pienso que la traducción se parece a la creación (…) Pero en la escritura vamos a ciegas y en la traducción llevamos una linterna y a alguien que nos lleva de la mano»

Nunca me ha interesado el costumbrismo, más allá de los clásicos amados, quiero decir que no es un lenguaje que ahora, en el presente, me interese practicar. Pero lo que hacía Luz en ese poema no era costumbrismo, era usar esa plasticidad, esa lengua viva, hacerla florecer en la escritura. Yo también quise hacerlo. Y a las dos se nos ocurrió a la vez la posibilidad de esa traducción, en aquel tren.

De algún modo para mí esa experiencia de traducción significó una forma de ingresar en ese tipo de textualidad de la mano de Luz. Yo me sentía como si ella me guiara para encontrar las palabras y las telas lingüísticas de mi pueblo. Pienso que la traducción se parece a la creación, porque en ambos casos se pasa por el cuerpo una serie de contenidos y formas que luego se transforman (no sabemos bien cómo) en texto. Pero en la escritura vamos a ciegas. Y en la traducción llevamos una linterna y a alguien que nos lleva de la mano.

En la introducción a Pusieron debajo de mi mare un magüey declarabas directamente que «a mí me gusta poner faltas de ortografía y de gramática», pero no explicabas por qué… Creo que, de todos los riesgos de tu poesía, ése es el más extremo y también, si me lo permites, uno de los más difíciles de entender desde fuera. ¿Por qué te gusta eso?

Es que para mí el lenguaje es el reino de la libertad suprema. Pero yo no entiendo libertad como un poder. Para mí la libertad es lograr sentir las cosas, lograr escucharlas del modo más abierto posible, y actuar llevada por las guías de esa escucha. De algún modo, creo que lo que se puede percibir en toda esa apertura nos lleva a los caminos que en verdad son los únicos para nosotros cada vez. Es decir, que la experiencia de la libertad debería llevarnos al camino que nos esperaba a cada persona en cada momento, o algo así. Yo practico eso en el lenguaje porque en la vida es mucho más difícil de hacer. En el lenguaje no corro peligros. Además, que casi nadie lee poesía, así que me permito volar tan arriba como me lleven los vientos a los que pongo oído. No es que quiera hacer faltas por hacerlas, ni mucho menos.

«¿Qué pasa cuando garcilaso pone un acento en un sitio inesperado? Altera todo el sentido del poema»

Cada derrocamiento de una forma fijada, o cada partición de una palabra, o cada transmutación de una letra o de una estructura para mí es un quiebre sentimental. Yo no entiendo la lengua, en la escritura, como mero transmisor de un significado sino como vehículo líquido de sentimentalidad. Por tanto, no puedo creer que las normas estén hechas para la poesía. De este modo, todas esas fracturas o rompimientos que de distintas maneras practico, no son meros juegos vanguardistas ni tampoco una fanfarronería aunque es cierto que resultan enormemente liberadores y me producen verdadera diversión. Y eso también es importante… ¿no?

También lo haces con la métrica. Por ejemplo, en ese poema en falsa prosa de Mi paese salvaje que sabes que me emociona y me obsesiona (y que, con tu permiso, reproducimos abajo) hay versos que fácilmente podrían ser también octosílabos y que sin embargo tú truncas, o amplías, interrumpiendo el ritmo (aunque sin arruinar en absoluto la música). Te arriesgas a que algún lector poco fino piense “esto está mal hecho”: haces muy bien en no temer esas reacciones, que a otros nos paralizarían…

Cuando leí por primera vez a Garcilaso de la Vega, por poner un ejemplo, me arrebató de tal modo, me pareció tan atravesado de vida, que supe que ese hombre no podía estar contando sílabas y acentos como más o menos nos habían hecho pensar en clase que se hacía la poesía. La métrica se interioriza por oído y después intuitivamente se puede reproducir. En realidad es maravillosa la métrica. A mí me encanta. Pero ahora, pensemos en el jazz. En cómo un fraseo se repite y de pronto hay un quiebre. Y ese quiebre de ese fraseo es lo que introduce una emoción inesperada. Con la escritura, me parece, es la misma cosa. ¿Qué pasa cuando Garcilaso pone un acento en un sitio inesperado? Altera todo el sentido del poema.

Hubo un tiempo en el que me dijeron que para hacer poesía moderna no se podía usar métrica y que había que evitar y borrar toda rima interna. Eso me pareció tan terrible como estar obligada a una misma métrica todo el tiempo. Ni una cosa ni otra, pensé, mejor usar todo a favor. En el fondo son dos tradiciones que pueden confluir, y que no tienen por qué permanecer estancas. Que aportan no sólo atmósferas distintas sino toda una información casi de ADN del texto que nos lleva a lugares, a literaturas y a tradiciones distintas, y todo eso afecta al desarrollo del imaginario del texto. Me parece algo muy hermoso y fascinante.

Ángela SegoviaPero tú eres muy consciente de la tradición poética… A pesar del, digamos, experimentalismo de tu poesía, de sus búsquedas, en poca poesía española joven (tú cumples en 2023 treinta y seis años, así que aún eres hoy “oficialmente” joven, a juzgar por las bases de muchos premios y las convocatorias de muchas becas) se ve tan claramente que se sabe de dónde se viene… Muchos poetas conocen más o menos la poesía del siglo XX, que han leído no tanto en las fuentes como ya en sus discípulos, a los que más o menos imitan, emulan…, si se les pregunta por los orígenes se piensan que les estás preguntando por Gil de Biedma… Pero lo tuyo es más antiguo, más real, no sé si más deliberado por tu parte pero, te lo aseguro, más perceptible.

No sé si mi recorrido ha sido un poco distinto a los de otros poetas de mi generación, quizás. Yo empecé leyendo sobre todo poesía latinoamericana, eso me tuvo muchos años ocupada. Bueno, también leí intensamente a la generación del 27. Pero sobre todo poesía latinoamericana. Después me fasciné por la literatura medieval, los trovadores, el dolce stil novo y la mística. Y ahí me quedé mucho tiempo. Entremedias leí muchas otras cosas, pero quizás esas dos corrientes «eléctricas» hayan sido las que más han atravesado mi obra. Creo que siempre tengo la sensación de que avanzo entremedias de cosas. Es algo que se me ha repetido mucho. Si me apasiono por un tipo de literatura neo-vanguardista voy a necesitar compensar con algo muy antiguo. Si el libro que estoy escribiendo toma un derrotero demasiado oscuro voy a necesitar iluminarlo, o al revés. Siento que a lo largo de los años he ido recorriendo distintas tradiciones buscando atmósferas en las que respirar, en las que sentirme a salvo un tiempo. Entiendo la tradición de esa manera, como algo que experimento en presente, que no siento como prescriptivo sino como sustancia respirable, casi. Igual es algo extraño…

¿En qué andas trabajando? ¿Qué será lo próximo tuyo que leamos?

Justo ahora mismo estamos preparando la edición de Jara Morta, que saldrá a finales de abril y que es el segundo libro de la serie Bella morte que empezó con Mi paese salvaje. Estos dos libros fueron escritos casi a la vez, aunque me ha costado más terminar Jara Morta. El origen de Jara Morta es un proyecto que hice con una beca de la Fundación Villalar y que llamé Apariciones de una cabaña en el bosque. Durante un año estuve trabajando en una construcción efímera en un cementerio de jaras situado en el pinar de Las Navas, y llevé un cuaderno. El libro tiene su origen en ese cuaderno y está entremedias de la crónica, la narrativa y la poesía. Igual que el Paese, es un libro de pensamiento sobre la muerte, que usa la mística como vía.

También quise hermanarme con el Lenz de Büchner, porque siempre había sentido ese bosque como casi una extensión de mi cuerpo, de una forma muy fusional, y así ha aparecido en muchos de mis poemas. Pero la soledad en la naturaleza está llena de misterios, y enseguida el miedo nos acecha. Creo que eso está presente en Jara Morta, esa unión sentimental con el paisaje, y la aventura espiritual que fue hacer un duelo por un territorio que está muriendo, que está desapareciendo, y que necesitaba experimentar en carne propia para poder aceptarlo.

«yo no entiendo la lengua, en la escritura, como mero transmisor de un significado sino como un vehículo líquido de sentimentalidad»

Bienvenido, esposo

Sabe–Que ahora vivo en este cuajo–Donde todo está negro y sin aire–Y donde no estoy contigo–Sabe–Mi amor–Mi esposo–Que en esta oscuridad–Dos filos surcan mi cuerpo–Exactamente dos–Como dos puntas de lanza–Y sabe que están muy fríos–Están tan fríos–Esposo–Que a veces siento que queman–Como si fueran dos fuegos–Sabe que así he conocido–Que perdí toda mi ropa–En modo que desconozco–Sabe–Esposo–Que a menudo me pregunto–Qué hará mi desnudez–En este cuajo terrible–Donde tú ya no la guardas–Y que paso todo el tiempo–Esperando oír tu voz–Pero sólo oigo un silencio–Apenas interrumpido–Por el resbalar de las hojas–Sabe que tales hojas–De un modo muy agudo–Por un lado y por el otro–De forma que tú odiarías–Son mi sola compañía–Sabe–Esposo–Que cuanto más te deseo–Menos tengo tu recuerdo–Sabe que sin embargo–Hay cosas que sí recuerdo–Recuerdo todas las cosas–Que alguna vez vimos juntos–Bóvedas y paredes–Me estallan ante los ojos–Con sus colores rosados–Y aquella niña dormida–Que iba tras la falena–Bajo la luz de una lámpara–Y la hierba que vibraba–A los pies de aquella tumba–Y después se evaporó–Y aquella farola–Que parecía la luna–Y la oscura sombra de dios–Que nos sorbió para dentro–Mi amor–Mi esposo–Sabe–Que nada de eso lo olvido–Aunque lo vea rugoso–Como cubierto de arena–Como si viene de lejos–Desde el futuro lejano–Cuando sólo haya desierto–En mi paese salvaje–Sabe–Esposo–Que lo agradezco de veras–Pero no obstante–Entre la arena te busco–Y en ningún grano te veo–Que es lo que yo querría–Volver a tocar tus ojos–Envueltos entre los aros–De tus ojeras oscuras–Y meterme por tu cuerpo–Y observar todo detalle–Aunque después se me olvide–Sabe–Esposo–Que aunque no escuche sonido–Sé bien lo que me advierten–Las hojas de las que hablo–Este es el final–Me dicen–Está hecho para ti–A tu medida–Sabe–Esposo–Que me arrepiento hasta el hueso–Por haber salido sola–Y no quedarme contigo–Pero una voz me llamaba–Y hasta aquí me ha traído–Sabe–Esposo–Que en el final de la espalda–Hay un hueso en forma cónica–Que tiene el nombre de Sacro–Es así porque es sagrado–Porque según se pensaba–A través de él resucitas–Sabe–Que me he sentado en el suelo–Y que protejo ese hueso–Para que no me lo quemen–Pero sabe también–Que el sacro se continúa–Entre las crestas de Ilión–Sabe–De este modo–Que en las largas extensiones–De este frondoso silencio–Ha llegado a parecerme–Que cuanto más me concentro–En proteger lo sagrado–Más se juntan los ilíacos–Y esto me hace pensar–En que heredamos de Troya–El ser vencidos por siempre–

Si acaso tú me escucharás–Sé bien lo que me dirías–Levanta del suelo–Dirías–Que a menudo ser vencido–Es vencer–En otro lado–Pero sabe–Esposo–Que aquí pierdo la esperanza–Y no dejo de pensar–Que por mi culpa estás solo–Y eso me pone tan triste–Que no logro levantarme

Y si tú ahora estás de pie–Mirando por la ventana–El telón del monte púrpura–Y si ahora te estremeces–Al no verme contigo–Y si ahora ves la cuesta–Que baja de las tres cruces–Pide al cielo que me ayude–

Y ámame más todavía–

Sólo eso te pido–Que si hay algo que no acaba–Debe de ser el amor

Para siempre–Para siempre–A ti no te digo adiós

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