Hasta qué punto extremo puede un libro estar vivo es algo que viene a demostrar el primero que la consagrada narradora Julia Viejo (Madrid, 1991) construye con versos, con poemas, con collages de palabras.
Anidan minerales, con el que ha obtenido el V Premio de Poesía Ciudad de Estepona, y que ha sido publicado en Valencia por la editorial Pre-Textos, es una verdadera fiesta de la invención y de la gracia. Y es un libro muy apegado en el fondo a la vida y a la realidad y a lo cotidiano: es decir, es asombroso.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
«Tengo que escribir mi primer poema», dice el primer verso del primer poema del primer libro de poesía de la narradora Julia Viejo (Madrid, 1991), y aunque esos deberes o tareas los firma un tal Teo (es decir, que ya tenemos a la ficción coloreando el libro desde la primera página), la clase de enumeración caótica que sigue avisa ya del espíritu del asunto, que es el que cabía prever en la autora de los cuentos de En la celda había una luciérnaga (Blackie Books, 2022) y de la novela Mala estrella (Blackie Books, 2024).
Digo lo de la enumeración caótica porque ese primer poema que, en otro juego, se va materializando a la vez que se imagina, haciéndose realidad ante nosotros conforme se va haciendo planes sobre él, «tratará de espejos y alubias y centellas», pero también hablará «sobre manos y zorros», y «sobre velocidades», y «sobre una chaquetita / de moraleja gruesa»… Moralejas, felizmente, no habrá ninguna luego, como no sea la de la convicción total de que, para hablar con seriedad de las cosas (incluidas las trágicas), conviene tratarlas con alegría.
Vamos a hablar, pues, en serio: en la poesía que circula y que leemos abunda la ansiedad, la insatisfacción personal, los traumas auto-sobrevalorados y las carencias, la tristeza imprecisa, la amargura que paraliza para todo lo que no sea escribir poemas más o menos desesperados. Hay verdadera necesidad psicológica de ser recibido, de ser escuchada, de ser tenido en cuenta, de ser leída, de ser queridos, de sentir que se existe… y todos esos afanes, tan penosos, dan lugar, salvo en raros casos geniales, a una literatura estéril, ombliguista, circular, intercambiable, sin altura ni hondura ni destino. En ese sentido, Anidan minerales es un consuelo y una lección, algo así como echar un buen chorro de salsa barbacoa a un plato de arroz hervido.
lo de julia viejo Es poesía radical en lo que tiene de consciente, pues, bajo su aparente asilvestramiento, hay mucha reflexión y muchas lecturas
Son sólo veintiocho poemas, algunos de los cuales son a su vez híper-breves, como esas seis estrofillas que su autora llama collages y que, desperdigadas por el libro, se emparentan con el epigrama de los antiguos o con el emblema de los barrocos. Algunos de esos collages son más sentenciosos («Sobre las brasas / ha prendido / una palabra más grande: / sí»), mientras que hay algún otro medio épico (sin perder el tono general del libro, teñido con un humor muy particular): «Era absoluta / la libertad / de las regiones primeras».
Un inmenso ¡sí! y desde luego una absoluta libertad es lo que hallamos en esta región primera de la poesía de Julia Viejo, cuyo nombre es casi ya un poema inaugural, o por lo menos una puerta que da entrada a un mundo divertido, creativo y profundo como nunca podrá serlo la obsesión con uno mismo, es decir, la ignorancia. Y no es una poesía escapista, pues deja espacio a apuntes muy claros sobre el mundo, la sociedad o la Historia (ver, por ejemplo, el maravilloso poema que reproducimos abajo), ni es en absoluto poesía narrativa. Es poesía radical en lo que tiene de consciente, pues, bajo su aparente asilvestramiento, hay mucha reflexión y muchas lecturas.
Se lo explicaba Wisława Szymborska a alguien que le envío poemas demasiado libres: «La poesía (independientemente de las consideraciones que podamos hacer sobre ella) es, ha sido y será siempre un juego y no existe ningún juego sin reglas. Es algo que los niños saben perfectamente. ¿Por qué lo olvidan los adultos?». Y creo que para abordar la poesía de Viejo es importante recordar lo que decía en la introducción a los cuentos de su ópera prima: «Pido perdón también por hablar de mí misma con tanta obscenidad, ya que normalmente sólo me gusta hacerlo a través de las ficciones (creo además que ésa es la manera más genuina de conocer a una persona, mientras lleva puestos disfraces de otras cosas)».
Al corazón de las cosas, y a la pura verdad, se llega, pues, a través de la imaginación, de la ficción o incluso de la fantasía. Ahora bien, tanto en la literatura como en la vida el precio de tanta libertad es la soledad, y es cierto que Viejo –y ésa es otra virtud– está sola en su mundo, quiero decir que no se parece a nada, ni siquiera a las variantes más bienhumoradas de la vanguardia histórica.
El aleteo y la música de su poesía puede encontrar ciertos antecedentes en Luis Feria o en María Victoria Atencia, pero los temas son muy distintos, tal vez posibles en un Carlos Edmundo de Ory, todo un gurú de la «gansez iluminada». Sólo me recuerda tal vez a algunos poemas de Ida Vitale (que es un poco la Szymborska de nuestro idioma), como cuando la uruguaya dice que: «Durante décadas le bastó una amiga / y los recuerdos de su pueblo mínimo. / Sólo insistía en recordar el nombre / en italiano del durazno. / Como el sabor, se le olvidaba».
No quiero citar mucho, pero es esa melodía la que encontraremos en Anidan minerales, compuesta de sorpresa, belleza, gracia, policromía, sustos, cambios y una aparente improvisación que no tiene nada de arbitrariedad. Baste como ejemplo el arranque de Hansel y Gretel en un día tranquilo (aunque hubiera bastado con ese título genial): «Con los dedos pequeños / desmigamos el pan de ayer / ya no sirve para nada / pasamos por el mundo / y el mundo ha caducado. / Tenemos internet, despertadores / artilugios modernos / y nosotros desmenuzando el pan / como abades del siglo dieciséis»…
No quiero citar mucho, acabo de decir, pero quiero citar entero un alucinante poema de amor: «Qué existencia más tonta / si no fuera porque un día / tu madre te dio a luz. / Yo que me pierdo siempre en cualquier parte / un cajón una grieta una salina / yo que me pierdo en lugares sin rincones / ¿qué haré cuando te extingas?».
la melodía que encontraremos en ‘Anidan minerales’ está compuesta de sorpresa, belleza, gracia, policromía, sustos, cambios y una aparente improvisación que no tiene nada de arbitrariedad
Lo dice también en el poema de abajo: «Cada uno aviva el fuego como puede», gran verdad que, descontextualizada (pero no mucho), adquiere categoría de declaración poética, de principio estético universal. Y Vera, la protagonista de Mala estrella, se duerme en algún momento (la página 158, exactamente) mecida por «la tranquilidad de que en el mundo estaban ocurriendo muchas cosas emocionantes, aunque no fuera a mí».
En esa conciencia hay, sobre todo, una esperanza, una actitud que es mezcla de vigilancia y de ilusión, pero hay también, de verdad, puro sentido de la realidad y hasta del realismo: para quien sabe mirar, para quien acierta a vivir, el mundo está constantemente lleno de cosas asombrosas, inesperadas en su cotidianidad y, sí, emocionantes: «Algún día, quizás un día de éstos / habrá que redactar / el Nuevo Libro del Mundo». Estamos en ese camino, y vamos «ligeramente tristes / como siempre que uno está de viaje».

DIOS SABE LO QUE HACE
Hoy ha muerto mi primera profesora
quien me dijo una vez: Dios sabe lo que hace.
Fue un alivio que alguien lo supiera.
Años después en el mundo
gana la ultraderecha
y hay gentes que no poseen
ni la tierra donde son aniquiladas.
Ya sé ya sé
que esto siempre ha sido un agujero.
Pero hoy
he sabido también
que mi amiga ha sido madre.
Cada uno aviva el fuego como puede.
Discutimos poemas de Virgilio
gastamos
cupones de comida
recolectamos
sellos y jabones
y a mi lado en el metro un hombre lee
(milagro)
la Wikipedia del albaricoque.
*Ficha bibliográfica: Julia Viejo, Anidan minerales, Valencia, Pre-Textos (col. Poesía, 1972), 2025 (septiembre). V Premio Internacional de Poesía Ciudad de Estepona.







