La buena poesía siempre está vigente, no caduca, su actualidad se estira y se prolonga mucho más que la de otras formas literarias. Y además, desde la fundación de La Plaza Invisible, ya avisamos de que nuestra concepción de «lo reciente» no iba a ser la habitual en los medios literarios.
Así, para cerrar con lujo nuestra tercera temporada, volvemos los ojos al hermoso Anuncio que Laura Rodríguez Díaz (Sevilla, 1998) publico en Barcelona, en Ultramarinos, en octubre de 2023, un libro ya a su vez fundacional con el que ganó el Premio El Ojo Crítico en la categoría de poesía y, sobre todo, la admiración de muchos lectores.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
En su reciente prólogo a Los bordes, el primer libro de María Limón (publicado en Málaga, en Letraversal, en marzo de este 2025), Laura Rodríguez Díaz (Sevilla, 1998) atribuye a esas páginas “una preocupación por las ideas de pureza, de culpa, de familia, y otra serie de elementos que caracterizan un imaginario religioso. El trabajo con los componentes vinculados a la tradición católica se lleva a cabo desde una poética del cuerpo que encuentra la trascendencia en la materia”.
Diría que es difícil pasar por esas palabras sin pensar automáticamente en Anuncio, como sucede muy pocas líneas atrás, cuando Rodríguez Díaz explica que el sujeto de los versos de Limón “es plenamente consciente de que el cuerpo es un lugar, en específico, aquel que habita. El espacio de la propia fisicidad funciona como casa, siempre amenazada por el otro”.
lo de Anuncio es un sortilegio delicadísimo y a la vez lleno de cólera que encanta por sus paradojas, por sus sorpresas, por sus saltos, por sus juegos
Pureza y violencia, fe y subversión, inocencia y ruptura, rebeldía y devoción, cierta fijación por el propio cuerpo y una vigilancia justificada ante el modo en que los demás lo condicionan o amenazan. Si a esos asuntos se le une una voluntad muy evidente por toquetear el lenguaje no mucho, pero lo suficiente para que se pueda hablar de cierta desobediencia gramatical (u ortográfica, si tenemos en cuenta el no uso de la puntuación o la aversión a las mayúsculas), tenemos ya los ingredientes básicos de Anuncio, el segundo poemario de la autora (y que en realidad, por lo que decíamos, se quiere titular anuncio, con una minúscula que, de paso, resta sacralidad al milagro).
Ahora bien, con esos mismos mimbres se pueden hacer cosas muy distintas: lo de Anuncio es un sortilegio delicadísimo y a la vez lleno de cólera que encanta por sus paradojas, por sus sorpresas, por sus saltos, por sus juegos.
Hay versos que sobresaltan como lo haría un caramelo en una paella, y de algún modo esos excursos (que no lo son, o no exactamente, ya que introduce temas sociales que desde ese momento importan mucho) no restan sino que incrementan la tensión de un libro que suena suave, pero que está en realidad contenido, en parte reprimido, a punto de estallar por todo lo que anda temblando e hirviendo en él: “la violencia es de todos / también de aquellos que se saben / amados por dios y su olvido / si es de las manos invisibles / del mercado y sus amigos / demócratas / tiene que ser de todos”.
Cuando apareció el libro, en octubre de 2023, Laura Rodríguez venía de San Lázaro (Córdoba, Cántico, 2021), su debut, un libro que era hospitalario no tanto por la actitud como por el tema, pues el título no remitía esa vez a lo hagiográfico sino que se refería al antiguo hospital sevillano que lleva ese nombre.
Provocadora, algo ríspida, centrada en los humores de los cuerpos (en la sexta acepción del DRAE) como forma de hablar de la indocilidad, de sacar afuera aquello que siempre está y ha de estar oculto, en la privacidad, en los márgenes…, aquella ópera prima curiosamente anunciaba, siento yo, la armonía relativa de este segundo libro, un equilibrio que es como el de las pinturas que muy probablemente lo inspiran, puramente formal pero lleno de secretos y de imperfecciones deliberadas.
Tanto en Anuncio como en Las niñas de plata, que es el poema largo que completa el volumen (aunque está al margen de Anuncio y por tanto se queda también bastante fuera de esta reseña), no se habla tanto de genealogías conflictivas o enfrentadas como de una perspectiva conflictiva de lo genealógico (“hay que llorar tanto / para borrar un libro de familia”…). No hace falta andar traumatizado con la propia experiencia autobiográfica para desconfiar de algunas instituciones impuestas, de algunas autoridades incontestables. Y eso sucede, vuelvo arriba, incluso con el lenguaje, al cual de vez en cuando convendría también escupir.
Que en el libro hay una inversión general, entre lo carnavalesco y lo monástico, es algo que, quien no lo haya notado antes, entenderá en el último verso, que es ese ceremonioso “yo te saludo” que en casi cualquier otra forma de abordar el mito y reformularlo hubiera ido al principio, como está mandado. Y con ese ponerlo todo patas arriba y, globalmente, con el espíritu que anima el libro, creo que Anuncio suma su potente, melódica y ambigua voz a esa pequeña lista en la que ya hay libros fundacionales de muchas cosas, como Amor divino, de Ángela Segovia, o Los salmos fosforitos, de Berta García Faet, que desde sus muy intencionados títulos ya anunciaban y casi proclamaban una nueva sacralidad en la poesía en español.
la indefensión que sentimos ante demasiadas cosas queda en parte compensada por esa sonrisa secreta, muchas veces interior, que sentimos cuando recordamos que, como un ángel, anda por ahí revoloteando la poesía, su posibilidad
En otro prólogo suyo a un libro muy importante (Cruzamos por el ras de la montaña, de María de la Cruz), Rodríguez Díaz aludía con palabras perfectas a «la sorpresa y el dolor que produce que el instrumento más eficaz de significación y apertura al mundo [es decir, el lenguaje, pero, si ampliamos el foco, acaso también la literatura] sea imperfecto«. Esa orfandad de toda criatura que dependa del lenguaje se añade con crueldad a la indefensión que sentimos ante demasiadas cosas, pero que, sea como sea, queda en parte compensada por esa sonrisa secreta, muchas veces interior, que sentimos cuando recordamos que, como un ángel, anda por ahí revoloteando la poesía, su posibilidad.
frecuentemente hablo sola
para que alguien me escuche
pienso en el agua del bautismo
como una pintura densa
que cubre nuestras nucas
y nos ensucia de antigüedad
enuncio máscaras azules
para convertir en símbolos
algunas partes rotas de mi cuerpo
no soy un ángel una virgen
soy una niña con mil bocas cerradas
que fantasea con la palabra
espermática o láctea
y la posibilidad de dinamitar
un mundo viejo desde hace mucho
dinamitarme con él
porque soy tan vieja
*Ficha bibliográfica: Laura Rodríguez Díaz, Anuncio, seguido de Las niñas de plata, Barcelona, Ultramarinos (nº 26), 2023 (octubre).







