Ocho años después de su debut poético, Ana Belén Martín Vázquez (Madrid, 1971) ha regresado a la poesía con un libro que continúa en aquel camino de la poesía directa, sensitiva y seca, de frases cortas, de pocos adornos y de muchas intuiciones.
Escritas en presente y en segunda persona, estas Astillas (publicadas en Madrid por Bartleby Editores en junio de 2024) inciden además, desde su título, en el dolor, un dolor que se expresa sin sobreactuaciones ni aspavientos y que, precisamente por ello, impresiona y convence mucho más.
Ana Belén Martín tuvo a bien transitar hace unos pocos meses por La Plaza Invisible con sus ‘astillas’ bajo el brazo.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
Hace nueve años, en 2016, Ana Belén Martín Vázquez (Madrid, 1971) se lanzó a la poesía con De paso por los días, un libro de poemas breves, casi a modo de apuntes, en los que predominaba no sólo el laconismo, la observación de lo natural y la proyección del interior de la poeta en las cosas del mundo, sino, en general, una amargura tranquila, un dolor asumido y como madurado que tenía en las lágrimas una especie de agarre o de estribillo, o una metonimia de todo lo que fuese sufrimiento. Cuatro ejemplos:
«El vaho de los cristales / empaña las miradas, / invoca más lágrimas»…; «La belleza hiere, / deja sin aliento. / Lágrimas entre las flores»; «Duele el desnudo / de los ramajes, / espinos que amenazan / el cielo desnudo. // Ni esperanza ni hojas. // El vacío se impone / en cada lágrima / y cada pena»; «Imprevisible la tormenta / pero tan sólida, / que el peso de las nubes / entumece los hombres / y el aliento de lluvia / respira en la nuca. // Se intuye / el torrente de lágrimas».
Hace exactamente doce meses, en junio de 2024, Martín Vázquez ha vuelto a las librerías con un nuevo y segundo libro de poemas, Astillas, articulado en cuatro secciones cuyos títulos dejan claro que el tono general de su literatura no ha cambiado, de momento, demasiado: Frontera de la nada, El paréntesis de la muerte, Mandato de sombra y Nido de tristeza. Todo ello viene precedido, además, por un pequeño y gran poema-prólogo (sin título, como todos los de la autora hasta hoy) en el que vuelven a comparecer enseguida las que eran un poco las melancólicas o luctuosas protagonistas del libro de 2016:
«Inventas lágrimas. // Incapaz de llorar / esta tristeza // tan sin derecho». Y ya lamento constatar que estos versos de recepción marcan la tonalidad del conjunto, algo que en absoluto afecta a la calidad, que es alta, pero sí al color: «Tu casa se agrieta / de tanto gris».
Si las lágrimas son consecuencia fisiológica del dolor, las ‘Astillas’ pueden ser la causa, y me parece que, como metáfora, es aún más acertada, ya que representan un dolor efímero, superficial, no grave, pero a la vez se trataba de un dolor profundo, agudísimo, repentino, inesperado, desesperante
A veces, muy pocas, la cosa se desliza hacia cierto patetismo exagerado, un tanto extremo («Te preguntas por qué amaneces. // Sabes que el mundo / no te esperaba»), pero lo que abunda son los chispazos, siempre muy contenidos, de inspiración, a veces de sabor oriental, como en una de las mejores astillas del libro: «Cuentas los minutos / en los saltitos del pájaro. / Su picoteo estéril / sobre madera vieja. // Podrías ser tú. // Ignoras lo que escribe el pájaro de ti».
«Una ciudad sin niños» por donde, en otros poemas, «Pasas de largo de tu destino» o «un dios furioso / jugaba a la ruleta con las flores» se convierten en mínimas dosis verbales o incluso materiales que contienen una enorme fuerza poética, siempre, eso sí, consagradas a expresar un pesar impreciso pero totalizador y paralizante: «Ya no sabes quién eres / ni el origen de la herida. // Tu boca es sed».
Si las lágrimas son consecuencia fisiológica del dolor, las Astillas pueden ser la causa, y me parece que, como metáfora, es aún más acertada, ya que representan un dolor efímero, superficial, no grave, pero a la vez se trataba de un dolor profundo, agudísimo, repentino, inesperado, desesperante. Y, en lo que podemos identificarlo con lo infantil, es un dolor antiguo, enquistado.
Yo no me meto en el origen de la ‘filosofía’ de este libro, pero sí sé que lo recibe el lector en este libro (como en el anterior) es un testimonio de hundimiento personal en el que alguien padece por motivos indeterminados pero hondos y, por tanto, irrefutables
Yo no me meto en el origen de la filosofía de este libro o, mejor, en el de su visión de la vida, porque ni sé de dónde vienen ni las juzgaría jamás desde el punto de vista literario, pero sí sé que lo recibe el lector en este libro (como en el anterior) es un testimonio de hundimiento personal en el que alguien padece por motivos indeterminados pero hondos y, por tanto, irrefutables.
«No os toquéis en el dolor», decía Juan Ramón Jiménez, y creo que quería decir que el sufrimiento es un incontable, una presencia difícil de medir o de comparar, y algo sobre lo que nadie ajeno debería opinar. «Ningún amor se entiende desde fuera», creía un verso de Luis Muñoz, y lo mismo ocurre, en el fondo, con la depresión. La muerte de un gato, por ejemplo, puede ser algo irrelevante para muchos, pero puede suponer un trauma verdadero para otros, algo complicado de remontar.
Ni siquiera deseo que los próximos libros de Ana Belén Martín Vázquez sean más alegres: considero que hasta eso sería un abuso. Lo fundamental es que, aquello que se diga en los poemas, se diga de verdad, de corazón (lo cual no descarta la ficción, ni exige que el sentimiento sea real, sólo que sea verdadero…), y si en este caso hay que dar salida literaria a la tristeza, aquí se consigue de forma sublime en los dos versos más impresionantes: «Aunque amanece, el sol es mentira».

Hoy es el cumpleaños de las algas.
En el mar, la luz promete
mitades de muerte y canto.
Casi como en aquel bosque
donde anidaban
pájaros invisibles,
flores azules.
Las noches se acortan,
el sol te ciega a deshoras.
Tus horarios se enredan
en el relato de las arañas.
*Ficha bibliográfica: Ana Belén Martín Vázquez, Astillas, Madrid, Bartleby, 2024 (junio).







