Bernardo Atxaga: «Siempre me ha gustado la literatura luminosa»

Bernardo Atxaga
Esto no es una entrevista al uso. Es más bien una conversación con uno de los poetas más relevantes de nuestro tiempo, Bernardo Atxaga, que nos regala en exclusiva reflexión, memoria, oficio literario, historia reciente de nuestro país, posicionamiento ideológico… y un poema inédito que aparecerá, nos cuenta Atxaga, este próximo año 2023: El diccionario de las piedras (Harriaren Hiztegia). Nuestro crítico literario y alma máter de este pedacito de cielo poético que es La Plaza invisible, Juan Marqués, nos trae al Atxaga más luminoso.
Y lo hacemos en dos partes (hoy jueves, 15 y mañana viernes 16 de diciembre), para no perdernos nada de la extensa plática de este Premio Nacional de Narrativa, Premio Euskadi y Premio Nacional de las Letras Españolas 2019 que ha escrito íntegramente su obra en euskera, traducida a 33 idiomas. A disfrutar.
Bernardo Atxaga
El escritor Bernardo Atxaga en un pedacito de nuestra Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Es uno de nuestros escritores favoritos, preferencia muy fácil de explicar, ya que estamos hablando de uno de los grandes escritores de este mundo, uno de los mejores escritores vivos. Bernardo Atxaga (Asteasu –Guipúzkoa–, 1951), fundador de Obaba, un espacio ficticio que ha sido estructural para nuestra forma de entender la literatura, ha tenido la amabilidad de llegar hasta este otro espacio simbólico nuestro, La Plaza Invisible, y la generosidad de regalar a La Línea Amarilla una larga conversación que casi tiene algo de memorias, dada la calidad, extensión y hondura de las respuestas.

P: Como suele suceder, en el origen de todo está la poesía. A ti te percibimos como, esencialmente, poeta, la poesía es la sangre de tu literatura, lo que alimenta y fecunda todo. Sé que escribes mucha pero publicas poca: ¿por qué? Quienes leímos muy jóvenes tu Poemas & híbridos, o nos conmovimos con el poema aquel que abría El hijo del acordeonista, vamos necesitando más versos tuyos.

R: Siempre he tenido la impresión de que la realidad tiene, en cada una de las situaciones, un lexos, una zona a la que difícilmente llegan las palabras. Me vienen a la mente, al decir esto, los lexos de los cuadros, los lontani, los irreales paisajes que figuran en pinturas como, por ejemplo, La Adoración de los Magos del Bosco. El tríptico tiene tres planos horizontales: en el primero, vemos el portal de Belén, un lugar sereno, libre de todo Mal, un hogar protegido de todos los peligros; en el segundo, el mundo conflictivo, escenas de violencia, las maniobras para una batalla, un ahorcado, bestias peligrosas; en el tercero, a lo lexos, se adivinan, más que se ven, los edificios de una ciudad de ensueño, como de otro mundo; edificios que, además, prometen otros de la misma naturaleza, como si más allá de esa ciudad hubiese muchas más, como si ese tercer plano de la pintura fuese una muestra de algo vasto, quizás infinito.

Sentir la extrañeza del mundo no es una cosa rara. La popularidad de términos como «inefable» o «misterioso» lo demuestra. Cualquier suceso, el más nimio, puede darnos una idea del lexos del mundo, de su profundidad. Me atrevo a poner un ejemplo, algo que me ocurrió hace poco, a finales de invierno.

Era un día en extremo desapacible. Hacía mucho frío, y el viento traía gotas de lluvia que me obligaban a caminar con la capucha del impermeable puesta. Escuché de pronto el sonido de un xilófono que, por el timbre, parecía de los que llevan láminas de madera. Me descubrí la cabeza, para mejor oír, y no, no había sufrido una ilusión acústica. Allí seguía el xilófono. Sonaba bien, además, formando una serie armoniosa de notas, casi una melodía. Pero aquello era imposible. El lugar estaba vacío, no se veía una señal de vida en un kilómetro a la redonda. Había, sí, una construcción cerca, una cabaña, y por un momento me vino la imagen de un percusionista que, refugiado allí, se había puesto a tocar. Pero tampoco, la cabaña era muy rústica, imposible que nadie estuviera ensayando allí dentro. Menos aún en un día de invierno como aquél.

No sé cuánto tiempo estuve parado. El sonido no cesaba. Trataba de localizar su origen, pero sin éxito. El camino embarrado, campos en barbecho, los montes al fondo, soledad total. Decidí por fin seguir adelante, y, unos treinta pasos después, la aparición, los caballos. La cabaña me había impedido reparar antes en su presencia. Eran cinco o seis, y se movían nerviosamente en torno a un pesebre que aquel día, por las condiciones climatológicas o por lo que fuera, estaba vacío. Llevaban sendos cencerros colgando del cuello. De ellos provenía el sonido que yo había asociado al xilófono.

Lo que había experimentado tras escuchar las primeras notas, la sensación de estar de pronto fuera del mundo, fuera de un tiempo y de un lugar concretos, en suspenso, víctima feliz de un encantamiento, fue atenuándose. La escena de los caballos, todos con la piel mojada y brillante, solos, ajenos a mí y a todo, tenía belleza, pero ya no quedada lexos. Pertenecía más bien al primer plano del cuadro, el de la casa, En el pesebre de Belén había, en mezcla con los personajes primorosamente vestidos, un burro, un buey, ovejas. En la cabaña, caballos que al moverse hacían sonar los cencerros y creaban una música humilde.

«crear es traducir. no de una lengua a otra, sino de una realidad que, en principio, carece de lenguaje, a la lengua común»

Pero he hablado de una vivencia, no de un poema. El poema vendría después, como una traducción de aquélla. Para mí es importante esta idea, la de que crear es traducir. No de una lengua a otra, sino de una realidad que, en principio, carece de lenguaje, a la lengua común.

No todos los planos plantean la misma dificultad a la hora de buscar una expresión, una forma. Los dos primeros, la casa, el mundo conflictivo, son asequibles; el tercero, el lexos, no tanto. Pero no nos confiemos, la traducción siempre es difícil. La lengua común no es una llave inglesa. Ni una máquina. No es un instrumento que garantice la exactitud. Como producto social que es, cambia constantemente. Pensemos en «libertad». Significaba una cosa cuando Thoreau luchaba por la abolición de la esclavitud o cuando Labordeta la lanzaba en sus conciertos; otra muy diferente cuando lo utilizan ahora los militantes de la extrema derecha internacional. Un escritor no puede desentenderse de esa mutación.

Todos los textos del mundo transitan por, al menos, dos de las zonas que he querido ver en la pintura del Bosco. A veces por las tres, también por el lexos, y es cuando decimos que un texto tiene poesía. Pero hay que andarse con cuidado, y no pensar en términos de «prosa poética». La llamada prosa poética siempre es un horror, un producto involuntariamente kitsch. Lo contrario de lo que debe ser la poesía. Sólo sirve para la publicidad de los bancos o de los coches de alta gama.

«En 2023 publicaré un libro de poesía en el que solo un treinta por ciento de los textos tendrán forma de poema. el título provisional es ‘prisiones, aldeas y teatros’»

Respondo ahora a la pregunta directa. Creo que en 2023 publicaré un libro de poesía en el que solo un treinta por ciento de los textos tendrán forma de poema. No sé cómo se titulará. El título provisional es Prisiones, aldeas y teatros, aunque también me tienta titularlo Calendario.

P: Tú llevas la ficción incorporada desde tu mismo nombre, como si tu voluntad fuera la de fabular ya desde la firma [Bernardo Atxaga es el pseudónimo de José Irazu Garmendia]. Te lo habrán preguntado cien veces, pero, ¿por qué tomaste esa decisión?, ¿debemos entender que Bernardo Atxaga fue tu primer personaje? 

R: Recuerdo con toda precisión el momento en que firmé como Bernardo Atxaga por primera vez. Fue el año 1972. Tenía veinte años y estudiaba cuarto de Económicas en la Facultad de Sarriko, en Bilbao, un centro que en esa época, por aquello de que Bizkaia había sido una provincia «traidora» a Franco y no merecía tener una universidad propia, pertenecía al campus de Valladolid. Son los milagros de las dictaduras. Pueden hacer que, al menos por un tiempo, Bilbao pertenezca a Castilla. Pueden hacer también que una lengua como la vasca tenga la consideración de subversiva, y que su uso se prohíba en todos los espacios donde tal operación romana, el borrado, resulta practicable. Así en las lápidas de las tumbas, en el casco de los barcos, en las pizarras de las escuelas, en la plana de los periódicos… En todos y cada uno de los lugares donde la lengua subversiva, anti-española, pudiera quedar a la vista de niños y mayores.

Bernardo Atxaga  Un botón de muestra, antes de seguir adelante: el apunte que en su diario personal hizo el escritor Jose de Arteche, un católico que había hecho la guerra con los «nacionales». Figura en el libro Un vasco en la postguerra, publicado en 1977. La anotación corresponde al 14 de junio de 1952. Han pasado trece años desde que terminó la guerra, pero:
«Me comunican la resolución definitiva de la censura con respecto a mi artículo Poetas vascos de la Eucaristía que escribí para el Congreso Eucarístico de Barcelona. Denegatoria. No se autoriza el artículo por los dos versitos en vascuence (con su correspondiente traducción) con que ilustraba mi artículo. He aquí por dónde el vascuence, en dosis mínima –media docena de estrofas–, convirtió en subversivo un artículo eucarístico».

En 1972 la represión quizás fuera algo más suave. No mucho más, en todo caso. La presencia de la policía era asfixiante, no muy diferente de la que Saul Bellow describió tras su viaje a España. Por la Facultad de Económicas se paseaba un atildado comisario que luego se hizo muy famoso, José Amedo.

  Bien, ahora puedo responder a la pregunta sobre la «invención» del seudónimo con el que firmo los libros. No me quedó otro remedio. No quería que, por el mero hecho de escribir en euskera y publicar en un semanario religioso que, a la sazón, era el disimulado medio de expresión de una buena parte de la izquierda clandestina –Anaitasuna, «Hermandad»–, me abrieran una ficha en la Dirección General de Seguridad. De niño, el párroco de mi pueblo, jesuita, se acercó a mí y, señalándome la imagen de una serpiente que estaba en un cuadro, me dijo: «Todos hablan mal de ella, pero la Biblia dice que la serpiente es prudente, y la prudencia es una gran virtud». Bien, con gran prudencia, decidí firmar como Bernardo Atxaga: «Atxaga», por el segundo apellido de mi padre; «Bernardo», por el estudiante que me prestó la máquina de escribir para hacer el artículo, Bernardo Polo Lopategui.

«atxaga, por el segundo apellido de mi padre; bernardo, por el estudiante que me prestó una máquina de escribir para hacer el artículo con el que firmé así por primera vez»

Me pegunto a veces si en la decisión hubo algo más que lo circunstancial, algo psicológico. Quizás sí. O si hubo algo de tontería, una idea romántica, un deseo de ser como los autores que utilizaban seudónimo. Quizás también, en todas las decisiones que uno toma puede haber algo de tontería. En cualquier caso, no sirvió de mucho. Unos años más tarde, a principios de 1975, Koldo Izagirre y yo publicamos una revista literaria, Panpina Ustela («Muñeca podrida»), y enseguida llegaron los problemas. Nos la secuestraron y nos llamaron a juicio por «injurias al Estado y a la religión». Luego no pasó nada, porque nos defendimos declarando que la traducción que del texto había hecho el censor era errónea, y el juez desestimó la denuncia. También tuve problemas con un artículo que publiqué sobre Gabriel Aresti en una revista que se llamó Ozono. En aquel caso firmé como «Pinocho». El director de la revista, Manu Leguineche, me cubrió, y nadie supo quién había escrito aquello. Con todo, que nadie piense que mis textos eran particularmente atrevidos o incendiarios. Eran, más bien, inocentes. Pero en aquel tiempo todo era objeto de denuncia. Los censores, a esas alturas, estaban todos neurasténicos. El mundo se les escapaba de las manos, el nacional-catolicismo estaba ya en sus horas bajas. Particularmente, no sufrí mucho con aquellas agresiones. Al lado de lo que sucedía alrededor, eran muy poca cosa. Mis dos hermanos, por ejemplo, pasaron por los calabozos del Gobierno Civil de San Sebastián y estuvieron un tiempo en la cárcel, hasta la amnistía.

Me he extendido en las explicaciones y aún no he respondido a la segunda parte de la pregunta, si «Bernardo Atxaga» fue mi primer personaje. La respuesta debe ser afirmativa. Siempre he separado mi vida personal de mi vida literaria. Sigo lo que Diderot escribió sobre los comediantes y actores, que no deben confundirse con el personaje, que el personaje debe ser para ellos como un fantasma al que imprimen vida. En mi caso, cuando por ejemplo doy una lectura, no «interactúo» con el público. Leo el texto que he preparado, y me voy. El texto debe defenderse solo. Hacer guiños personales para «endulzar» la recepción es hacer trampa, o eso me parece.

P: Has demostrado muchas veces, en muchos sitios, tu apego o cuando menos tu interés por las vanguardias históricas (y por sus antecedentes: Lautréamont, Rimbaud…). ¿Qué encuentras en esos impulsos surrealistas, dadaístas, o en OULIPO?…

R: Es completamente cierto, pero no me resulta fácil explicar la razón. Lo que sí sé es que todos los jueves, el día de la semana que, por sistema, faltaba a clase, salía a deambular por la ciudad y compraba libros de autores «raros» como Edward Lear o Alfred Kubin, y que aprovechaba la tarde para meterme en el Cine Urrutia –allí vi Zazie dans le Métro, de Louis Malle, basada en un texto de Raymond Queneau–. Compaginaba esa afición con mis dos obligaciones principales de la época, la de aprobar el curso y la de aprender a escribir en euskera batua –vasco literario común–, cosa que en Bilbao sólo podía hacerse en un espacio cedido por los jesuitas de la Universidad de Deusto. Xabier Kintana, escritor y académico, era nuestro profesor. Daba las clases gratis et amore.

Todos los tiempos son difíciles. Hesíodo, el primer poeta, afirma vivir en la peor de las edades, la de hierro. Pero, sin entrar en comparaciones, aquel tiempo, principios de los setenta, era una fuente de angustia. ETA aplicaba la fórmula «acción-reacción-acción» (se cometía un atentado que, inmediatamente, acarreaba la represión policial, casi siempre desmesurada: represión que daba motivos para entrar en la lucha a la gente joven concienciada que, de seguido, volvía a poner en marcha «el mecanismo»). Los periódicos eran ramplones. La literatura, débil. La religión seguía mandando mucho. Recuerdo que abrieron un local nocturno cuya música –La chica de Ipanema y otras canciones brasileñas, pongamos–, propiciaba la intimidad entre las personas. Pues bien: la alcaldesa de Bilbao, Pilar Careaga, dio orden de que en aquel local y en todos los demás locales nocturnos de la ciudad hubiese luz suficiente como para poder leer el periódico.

«creo que el lenguaje, el que utilizamos en las novelas o en los poemas, es empujado hacia el tópico, hacia su insignificancia»

En esas circunstancias los movimientos artísticos vanguardistas eran para mí un paisaje luminoso. Siempre me ha gustado la literatura luminosa. El libro que con más placer leí en la adolescencia fue Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens. Lo leí en una edición ilustrada, creo que de la editorial Aguilar. La extravagancia del personaje me hacía reír. Y ¿cuánta distancia hay de la extravagancia a la vanguardia? A mi parecer, muy poca.

Tengo aún presentes algunos de los momentos que viví en esa época de estudiante. Por ejemplo, la interpretación que hizo José Luis Gómez de un pequeño texto de Kafka, Informe para una academia. Me impresionó mucho, nunca antes había visto una cosa parecida. Y lo mismo me ocurrió con la película El Desencanto, de Jaime Chávarri. Me sorprendió la actitud de Leopoldo María Panero, cómo le hablaba a su madre, cómo se refería a su padre –llamándole entre otras cosas «conejito blanco»–. Leopoldo María Panero se movía por los lexos de la realidad como por su propia casa. Hoy es el día que sigo admirando su obra. Aquel poema: «Peter Punk es el amor, y Campanilla su princesa, en el cielo están buscando el secreto de la nada todos los niños extraviados»… Me gustó tanto que lo incluí en una de mis lecturas y pedí a Ruper Ordorika que le pusiera música y lo cantara. Hace de esto veinte años. Sólo interpretó la canción unas cuantas veces. En una de ellas alguien hizo una grabación pirata y la subió a la red.

Otro momento: la aparición de la vanguardia artística vasca, teorizada por el escultor Jorge Oteiza. Él y sus colaboradores pasaron su prueba de fuego cuando la construcción de la Basílica de Arantzazu, obra de Sainz de Oiza. El proceso fue extremadamente conflictivo. Los apóstoles de Oteiza (que eran catorce, no doce) estuvieron tirados en la cuneta de la carretera casi veinte años, porque las autoridades religiosas no daban permiso para colocarlos en el friso. La influencia de Oteiza se extendió a muchos campos. Apadrinó al grupo Ez dok amairu, cuyo espectáculo Baga, Higa, Higa –en parte concierto, en parte teatro– parecía llegar de Marte, de tan diferente que era. Para mí fue especialmente importante porque, por primera vez, vanguardia y lengua vasca iban de la mano. Al grupo perteneció el cantante Mikel Laboa, uno de los grandes del país. Quien quiera saber de él que se haga con el documental que realizó Imanol Uribe en una serie titulada «Autor X Autor», producida por la SGAE.

Bernardo Atxaga
Atxaga, en un momento del encuentro. /Foto: J.M.

Un momento más, y acabo: el día que conocí a Juan Carlos Eguillor. Él hacía tiras cómicas en un periódico de Bilbao, y destacaba como ilustrador de libros infantiles. Era un heterodoxo. Hasta conocerle yo no había reparado en la vecindad entre la literatura infantil y la vanguardia. Que él, el más moderno de Bilbao, el más pop, dibujara para niños me hizo darme cuenta. Poco después de nuestro encuentro publicamos dos libros, Las aventuras y calenturas de Nikolasa Bits Baporux y Ramuntxo detective. Ambos participamos luego en una revista bastante pasada de rosca que se llamó Euskadi Sioux. También estaba en ella Vicente Ameztoy. Tres colaboradoras firmaban sus artículos como «Comando Seis Tetas». Duró muy poco.

Creo que el lenguaje, el que utilizamos en las novelas o en los poemas, tiende, o es empujado, hacia el tópico, es decir, hacia su insignificancia. Roland Barthes respondió así a una pregunta que le había hecho José Miguel Ullán sobre el humor: «El gag libera al poema de su manía poética». Me parece cierto. Luego hay que ver cómo se hace eso exactamente, cómo evitar lo vulgar…, pero la vanguardia nos enseñó, y aún nos enseña, algunas maneras posibles.

P: Y hoy, ¿Quiénes son «tus» poetas? ¿Qué poetas consideras realmente importantes para ti? O, si no quieres llegar tan lejos, ¿a qué poetas estás leyendo?

R: Mi forma de acercarme a la poesía ha cambiado bastante. No voy de poeta en poeta, aunque algunos de ellos –Brecht, Montale, Aresti, Blake…– nunca han dejado de ser importantes para mí. Voy más bien de poema en poema, tejiendo una antología propia. Hace un par de meses debía ir a Grecia a presentar la traducción de Casas y tumbas, y preparé el viaje leyendo a algunos autores griegos. Volví a El dios abandona a Antonio de Cavafis (en traducción de José María Álvarez), que ya estaba en mi antología, pero encontré asimismo un poema que no conocía y que me gustó, Iglesias abandonadas («Hay, en las iglesias abandonadas, vírgenes tristes, pálidas imágenes, amadas solo por las flores silvestres»…). Es de Lampros Porfiras. Figura en varias antologías que pueden encontrarse en la red. Ahora también está en la mía.

«no voy de poeta en poeta. voy más bien de poema en poema, tejiendo una antología propia»

Leo poesía casi continuamente. Tengo ahora mismo a la vista las letras de las canciones de Anari, cuya traducciones van a publicarse pronto, y el libro de Méndez Ferrín Con pólvora y magnolias, que en su día leí, o traté de leer, en gallego. Por aquí cerca andan también algunos libros de José María Micó, Jorge Camacho, Josep Piera, Carlos Marzal y de otros tantos. También Mediterráneo, poemas de Joâo Luis Barreto Guimaràes traducidos por José Ángel Cilleruelo. Es fácil leer poemas, porque apenas exige tiempo. Característica que, a la larga, favorecerá su dominio sobre otros géneros.

(Fin de la primera parte. Continuará mañana viernes, 16 de diciembre)

Poema inédito de Bernardo Atxaga:

 

EL DICCIONARIO DE LAS PIEDRAS              

El diccionario de las piedras                      

sólo tiene una palabra,                                 

y esa palabra es “piedra”.                            

 

Si alguien les pregunta,                           

“¿Qué tal estáis, piedras?”,                        

ellas responden a coro:                              

“¡piedra! “¡piedra!” “¡piedra!”.                    

 

Y si a una de ellas se le dice,                      

“Oye, piedra, ¿adónde vas?”,                      

Ella, con paciencia, responde:                    

“piedra”, “piedra-piedra-piedra”.                 

 

“¿Cómo se llama tu amiga?”.                    

Responde enseguida: “Piedra”.                 

“¿Cómo se llaman tus padres?”.               

“Piedra”, “Piedra-Piedra”.                         

 

“¿Qué es lo que te gusta más?                

“¿El sol? ¿La luna? ¿Las nubes?…            

Dímelo por favor, piedra”.                      

Respuesta: “piedra, piedra”.                    

 

El diccionario de las piedras                 

sólo tiene una palabra,                       

y esa palabra es “piedra”.                      

 

HARRIAREN HIZTEGIA

Harriaren hiztegiak

hitz bakar bat du,

eta hitz hori da “harri”.

 

Esaten baldin badiozu,

zer moduz gaur, harri?

Berak erantzungo du:

harri! harri! harri!

 

Galdetuz gero berari,

aizu harri, nora zoaz?

Berak agian irribarrez:

harri, harri-harri-harri.

 

Zer izen du zure lagunak?

Berak segituan: Harri

Zein dira zure gurasoak?

Harri eta Harri-Harri.

 

Zer zaizu atseginago?

Eguzki, euri, laino?

Esaidazu arren, harri!

ha-rri, haaarri-harri.

 

Harriaren hiztegiak

hitz bakar bat du,

eta hitz hori da “harri”.

*Más La Plaza Invisible: Se rompe una rama (Manuel Mata) Entrevista con Luisa CastroLa nimiedad (Sara Martín)

 

 

 

 

 

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