Con su quinto libro, Breve tratado sobre la profundidad de los cuerpos, publicado en Sevilla en octubre de 2024 a cargo de La Isla de Siltolá, Juan Ángel Asensio (Madrid, 1994) continúa en su personal modo de buscar la trascendencia.
Centrado en la eterna reflexión sobre la todavía más eterna muerte, en este libro asistimos a un intento de actualización de algún lugar común sobre el sentido de la vida… y el de su final, con un «poder igualador» que arrasará siempre con todo.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
Se puede rastrear algo así como un principio de desmesura ya en la simple lista de la bibliografía que hasta hoy ha ido armando el poeta Juan Ángel Asensio (Madrid, 1994): debutó con locos//santos//salvajes (un libro que no sólo no he leído, sino que jamás lo he visto, nunca lo he tenido en las manos) y siguió con unos Huesos de ballena, con la Antología poética de la especie humana y con Los Restos del Rayo, a todo lo cual acaba de unirse la plaquette de circulación casi secreta Toda la literatura escrita y por escribir es una interferencia (poemas que, por su especial calidad, merecerían saltar a algún libro próximo que los pueda acoger).
Quedémonos, por lo pronto, con el quinto, publicado hace exactamente un año, en octubre de 2024. El título, Breve tratado sobre la profundidad de los cuerpos, participa del discreto exceso de lo enumerado arriba, y lo mismo sucede con el índice, pero lo cierto es que, una vez sumergidos en las páginas, es tal vez el libro más moderado de su autor hasta hoy, al menos en lo formal, sin poemas larguísimos, sin experimentos evidentes, desafiante pero acogedor.
Lo del índice lo decía por los títulos de sus tres secciones: «Las afueras del Imperio o Este cuerpo contiene otros cuerpos tal vez miles» (un poema en cuatro partes que tiene algo de novela policiaca en verso), «Cantares de ida» (donde el rótulo no es lo único tradicional; también ciertas formas y algunos tópicos, como el de la muchacha, una pre-malcasada, que se queja ante su madre de lo «crueles» que son los hombres) y, por, fin, «Algún día ChatGPT descubrirá la muerte y será tarde».
es tal vez el libro más moderado de su autor hasta hoy, al menos en lo formal, sin poemas larguísimos, sin experimentos evidentes, desafiante pero acogedor
En principio parecería que cada uno de esos tres bloques es, como suele decirse, «de su padre y de su madre», es decir, totalmente distintos e independientes, pero no: hay determinadas comunicaciones entre las partes, y sintagmas, ideas o estribillos que saltan por las páginas y hacen que este tratado tenga seguramente cierta unidad, algún significado general, un propósito común.
Y a pesar de su encanto indiscutible, de la fuerza literaria que hay en ellos (reflejo sin duda de la reconfortante confianza que Asensio tiene en la literatura, o incluso de su convicción de que merece la pena hacer un esfuerzo por levantar una Gran Literatura), es fácil perder los papeles ante los poemas de Asensio dado que, en cierto sentido, esos versos y versículos quieren contener todos esos papeles perdidos o conservados, y en ellos toda la Cultura, todo el acervo posible, y proponer con ello una mirada al mundo y a la realidad que, sin dejar de ser radicalmente poética (prioridad clara del asunto), tiene también algo filosófico, una reflexión panorámica, una intención total: «todas las posibilidades caben en el estómago / de un sintagma nominal».
Lo mejor, pues, es dejarse llevar, y hacia la tercera o cuarta relectura los poemas se van abriendo y van revelando tal vez algún secreto, relajando su dificultad o su oscuridad y haciéndose más hospitalarios, más amables y, por tanto, todavía mejores que en el primer acercamiento. Lo bueno, si releído, dos veces bueno.
Y es entonces cuando se confirma que el título de la tercera parte arrastra retrospectivamente todo, como un barco que va lanzando sedosas redes al agua y sólo saca fruto de ellas cuando ya se ha alejado, en un movimiento repentino y casi mecánico que afecta a todo y lo enriquece de un golpe, o que termina de justificar todo lo hecho. O como si lo que ya era estimulante en su semilla sólo pudiera florecer plenamente algunas páginas más allá, cuando se abrocha. No en vano la primera palabra del libro es «matar» y en otro sitio se declara con desnudez y sin puntuación que «abolir la muerte eso busco».
La mirada de Asensio no es precisamente (o prioritariamente) realista. Si yo miro por la ventana veo ahora mismo dos autobuses, muchos ciudadanos, algunas palomas, un supermercado, árboles llenos de hollín, una clínica, dos policías, la puerta de un garaje que se abre… Quien habla en estos poemas ve o percibe o tras cosas cuando examina lo que tiene delante: «el tipo —es decir yo— / examina cómo amanece el Imperio y / el cielo tan lejano se completa con / las mantasrraya y su vuelo atravesando / los polígonos tan azules»… Es lo mismo, pero hay un ambiguo contenido político que, aparte de lo lírico, se trenza con lo metafísico. Y si mi inventario era más o menos neutro y objetivo, el del poema es retorcidamente personal, intransferible. Es como si hubiera, digamos, pequeños acontecimientos de la Civilización, o consecuencias de la vida, que viera sólo él, que fueran sólo suyas.
La mirada de Asensio no es precisamente (o prioritariamente) realista (…), Quien habla en estos poemas ve o percibe o tras cosas cuando examina lo que tiene delante
Pero ese solemne y sin duda sutilmente hostil Imperio con mayúsculas convive en el libro con «algún lugar de la comunidad de madrid [donde] mi abuela / está abrazada al conejo de peluche que mi padre le regaló». Seguimos en la política tácita sin desentendernos de la realidad. Y seguimos en la realidad aunque volvamos a la muerte: no es que la enfermedad, la demencia, el miedo, las precariedades o «la tristeza inagotable de mi abuelo», tan, digamos, costumbristas, vayan desplazando a las menciones al imperio: es que al fin y al cabo el Imperio era esto, un reino o un Estado donde funcionar, consumir y morirse sin chistar:
«cuando pienso en la muerte pienso en los niños y en las niñas de mi cole especialmente mientras vuelvo del trabajo y camino a casa la vida no parece ser suficiente especialmente mientras hago cola en el supermercado o estoy sentado en la peluquería o en la sala de espera del banco entonces imagino sus muertes / una a una»: no hay nada como consignar lo superficial para que surja el absurdo, la desesperación o la sensación (equivocada…) de falta de sentido: «de nada va a servirte tu dulzura», pero «tendremos que aprender / a caber en la vida».
Al final el libro adquiere algo, por tanto, de danza de la muerte, otro lugar común medieval que aquí se actualiza y se disuelve hasta casi hacerse irreconocible, perceptible sólo en detalles, guiños e insinuaciones. El poder igualador de la Muerte (que se lleva consigo tanto a los reyes «como a los pobres pastores de ganados»…), eterno por definición y por insistencia, se cubre aquí con la capa del siglo XXI y con la capucha de la juguetona poesía treintañera para perseverar en su macabra ronda. El Imperio no deja de atacar: «las leyes y las figuras son simples advertencias / de la muerte y su dominio y todo lo que alcanza».

muero de no haber capturado
la prometida libélula de oro entre los dientes
me encuentro en fuga
hacia la transparencia de la lumbre
hacia las ínsulas extrañas
muero de no haber partido
tiene el cordero una herida
en la que caigo
en que el cordero
soy yo
y la herida suya
una orilla
con sed de ser sorbida
no hay enfermedad más grave
que la del agua quieta
por eso muero
muero de no haber caminado
lo suficientemente lejos
*Ficha bibliográfica: Juan Ángel Asensio, Breve tratado sobre la profundidad de los cuerpos, Sevilla, La Isla de Siltolá (Poesía, 105), 2024 (octubre).







