Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, y profesora de Lengua y Literatura en un instituto de educación secundaria de Madrid, la poeta Alicia Louzao (Ferrol, A Coruña, 1987) ha querido acercarse a La Plaza Invisible con un ramillete de poemas, muy distintos entre sí, entre los que destacan los de su último libro.
Publicado en Madrid por Lastura en mayo de 2024, Cabeza de familia había merecido en noviembre de 2023 el XVII Premio de Poesía para Mujeres Leonor de Córdoba y, como señala el título sin demasiados disimulos, está dedicado a un padre al que se recuerda con luto pero al que se homenajea con muchos colores.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
La poeta Alicia Louzao (El Ferrol, La Coruña, 1987) va especializándose, entre otras cosas muy vistosas, en dedicatorias llamativas. No es muy fácil orientarse en su ya tupida bibliografía, pero si uno de sus penúltimos libros, Nadie dirá que estuvimos aquí, estaba dedicado «A Ovidio y a Homero», nada menos, el último suyo que ha aparecido, Cabeza de familia, viene «Dedicado al padre de Jorge Manrique».
Con esa dedicatoria a don Rodrigo, inspirador del que muchos consideramos el mejor poema del idioma, y ese título, ya se podrá intuir que los tiros de este libro rondan la figura paterna, y se hace con el color del luto, pero también con un tono que huye, supongo que a conciencia, de lo patético, de lo lacrimógeno o incluso de lo grave, alcanzándose más bien «la gominola que tragas antes de morir del todo».
Hay algo más bien naif desde el primer poema [que es ese que Alicia Louzao nos lee en el vídeo incrustado en esta reseña], una actitud ecléctica que puede unir a Oliver Twist y a Punky Brewster en el mismo verso. Y no hay nada de humor, pero sí frescura, un gesto generacional y un ritmo pop (y «una araña que busca el desayuno») para entonar una sentida despedida.
En otro de los poemas de ese libro anterior citado en el primer párrafo se afirma que «Esto podría ser un cuento. Pero no lo es», que es un verso que me parece que podría figurar también al frente de algunos de los poemas de Cabeza de familia, donde, a pesar del tema central, tan personal e intransferible como la muerte del propio padre, se da voz a veces a otras personas, de repente personajes, a otras historias cercanas, a otras anécdotas ajenas o recuerdos suplementarios que sin embargo no despistan del relato principal: «Esta vez éramos nosotros porque siempre buscas / una excusa detrás de veinte personas y así se / crearon los plurales: // por una culpa».
Y hay también una consciente reelaboración de mitos colectivos que se hacen radicalmente personales, que se asumen en el propio cuerpo, que se asimilan para elevar la propia mirada: «Se cayeron las razones porque nadie las limpiaba / y se fugaron las brujas a los países donde nunca / se oculta la luna. / Y yo corrí enredada en los gritos».
Me gustaría estar seguro de que el libro es de ficción, pero ciertos detalles señalan hacia lo contrario («Me llamas Prisciliana porque así lo quisiste», se lee, por ejemplo, en cierto momento, cuando sucede que el nombre real de Louzao es Alicia Prisciliana Sánchez Iglesias), aunque tampoco escuece mucho esa realidad, ya que hay que insistir en que el libro no es tanto un planto como una relativa acción de gracias, con sus ambigüedades: «No era un dios pero era algo parecido».
unas páginas en las que también se consigue expresar la conciencia de la ausencia de modos compartibles, reconocibles, eternos
La intención estructural de esta serie de poemas es entender entre potajes y chicles, entre plastilina y Lexatin o entre Jim Morrison y Shakespeare, que «ahora que somos mayores y no creemos en / los cuentos ni en la magia, / sabemos que hay otro modo de mencionar a los / que se fueron. Y otro modo de pensarlos cuando / mordemos la almohada de noche».
Ese objetivo está cumplido y es, de hecho, la principal conquista de unas páginas en las que también se consigue expresar la conciencia de la ausencia de modos compartibles, reconocibles, eternos: «Que me quedan cuarenta años de vida / (aproximadamente) / sin tu voz». Y los ríos de Manrique se actualizan: «Se fue como dando saltitos en un río de burbujas».
Cuando se nos marcha alguien querido, cercano o importante sentimos, como es natural, una gran tristeza por su muerte, pero también una enorme alegría por su vida, quiero decir un agradecimiento, un reconocimiento por haberlo tenido allí, presente, vigilante y preocupado. Y a partir de ahí tal vez sentir «Que te escuchan tu padre y el padre de Jorge / Manrique y todos los padres que lo fueron y que / ahora navegan en un polvo de lluvia y planetas […] Todos los padres en una reunión sobre lo que / somos los hijos en la tierra. Los fracasos en tenis. / Los nietos como regalos de Navidad en paquetes / pequeños […] Si fuera más pequeña sería un alivio»…
Sería en efecto bonita esa Conjura Universal de Todos los Padres de la Historia, idea a la que, dado que a lo metafísico se llega a través de lo cotidiano, se accede por la bufanda verde abandonada, el cenicero vacío, la radio despertador parpadeando, el filete de pollo, el puré de patatas, el último libro abierto… Toda vida es una enumeración caótica, y eso no se termina tras la muerte.

Y la noche,
en los ojos,
se hizo nieve.
Estrellas en la cabeza y un presentimiento
que cuelga como aves que saben que van a morir.
Caminando lento, huellas de polvo azul
y oro en el abismo de la boca.
Ya lo había dicho Cicerón
pero nadie cree en el último de los días hasta que
llega de frente y te besa la mejilla y te ofrece su
brazo.
Caballero silencioso.
Y así entre los sueños y el reloj digital
la noche,
en los ojos,
se hizo nieve.
*Ficha bibliográfica: Alicia Louzao, Cabeza de familia, Madrid, Lastura (col. Alcalima, 233), 2024 (3 de mayo). XVII Premio de Poesía Leonor de Córdoba.







