‘Caer’: el aire que es vacío

Margarita Leoz

Como sucede con muchos narradores (aunque no pocos se esfuerzan por ocultarlo…), en la primera línea de la bibliografía de Margarita Leoz (Pamplona, 1980) hay, allá por 2008, un premiado libro de poemas.

Después han sido dos soberbios libros de cuentos y una misteriosa novela los que la han colocado en los más prestigiosos y escogidos escaparates literarios y libreros, pero cuando menos se esperaba ha vuelto por los cerros de los versos, y con este recién nacido libro, publicado en Sevilla por La Isla de Siltolá, la escurridiza y enigmática Leoz se ha dejado Caer por La Plaza Invisible.

Margarita Leoz
Margarita Leoz, a su paso por La Plaza Invisible /Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

La primera vez que leí los poemas de Caer, hambriento y muy contento, me sorprendió lo diferentes que en principio me parecieron de los de El telar de Penélope, el anterior libro de poesía de Margarita Leoz (Pamplona, 1980). Normal, pensé, han pasado dieciséis años desde aquella ópera prima suya (publicada antes de convertirse en una de las mejores autoras españolas de cuentos, gracias a los de Segunda residencia y Flores fuera de estación, y en la muy notable novelista de Punta Albatros, así como de Lo que permanece, un precioso libro testimonial sobre la muerte de su padre que aparecerá a comienzos de 2025…), y debe de ser, simplemente, otra poeta, por no decir otra persona, con una nueva forma de entender las cosas y los versos…

Y, sin embargo, releyendo ahora el libro de 2008, lo que de repente me llama la atención hasta casi sobresaltarme es, al contrario, la lista de semejanzas o incluso de paralelismos que claramente los unen, y me deja pensativo que los hubiera pasado yo tan por alto: tal vez sea porque hay muchas cosas similares entre ellos, sí, pero a la vez el enfoque es totalmente distinto.

Por ir sólo a lo evidente, y para empezar a enfocar el libro de hoy, ambos son libros escritos en segunda persona, dirigidos a un amado tú que no está por allá cerca, y al que se espera o se añora de forma desesperada. El título de El telar de Penélope ya declara sin tapujos quién es la mujer que habla en los poemas, y es importante toda la información que todos tenemos sobre ella y sobre su historia para comprender y disfrutar un libro que, de todos modos, se tomaba muchas libertades, actualizando el mito para amoldarlo a las intenciones literarias privadas: «Yo, / cuando vuelvas, / sólo quiero / ir a algún hotel / de rectos pasillos / donde no haga falta despedirse / y el minibar / se abra para nosotros / antes de que anochezca».

la sombra de la ficción es siempre muy alargada, y es más fácil agarrar y dominar a una anaconda que establecer de forma clara cuál es el grado de «verdad» de una supuesta confesión

Y es en ese presente de hoteles y de copas planeadas donde se produce la mayor similitud, ya que, como tantas veces sucede en la poesía, el recurso al monólogo ajeno o histórico o dramático o teatral sólo se hace para disfrazar, maquillar o como mucho matizar, sin grandes disimulos, unos anhelos propios, de la autora, lo cual no quiere decir que sean anhelos reales!: la sombra de la ficción es siempre muy alargada, y es más fácil agarrar y dominar a una anaconda que establecer de forma clara cuál es el grado de «verdad» de una supuesta confesión.

(A mí me encantan, por ejemplo, los poetas nórdicos, del tipo del sueco Kjell Espmark, cuya obra está hecha de cientos de falsos monólogos de personajes de todo tiempo y lugar -emperatrices, asesinos, profesores, soldados, sacerdotisas, actores, prostitutas, hechiceros…- a través de los cuales, sin embargo, nadie podría afirmar que no se ha autorretratado de una forma indirecta pero por ello más poderosa y eficaz que con la confidencia abierta, que una desnudez o una exposición reales).

Y es así como, creo, podemos entrar por fin en Caer, donde una mujer inquietantemente parecida a la autora (es rubia, tiene hijos, ha publicado libros…) se dirige a un hombre con el que, en un país extranjero y más o menos exótico, ha vivido (digámoslo a la manera de los publicistas) una apasionada y tórrida relación clandestina, por extraconyugal, que ha implicado varios encuentros en diferentes países y que, aparentemente terminada, ha dejado a quien habla en los poemas entristecida, suspirante, atravesada y melancólica, totalmente descolocada en su vida ‘oficial’, en su personalidad visible, en su identidad familiar, social y laboral de buena chica cumplidora, formal e intachable…: «otras veces me pregunto / cómo regresaré a mi vida / cómo de en pedazos acabará mi vida / después de ti».

En poemas como Responder bien la mujer casi se autoparodia, despreciando su propia vida («El despertador / la ducha / el desayuno / doblar el pijama […] las explicaciones / oír qué tal y responder bien / interpretar estos poemas […] tu sonrisa para los otros, / mi sonrisa para los otros / qué falso qué falso / qué falso todo»), tan ejemplar y de repente tan definitivamente insatisfactoria, tan frustrante, tan gris. La única vida que de repente se contempla y se puede tolerar se quedó en la hamaca de otro continente, en una fruta lejana que él cortó con una navaja antes de ofrecerla, en un viaje en un coche entre montañas y entre caricias, o en la contemplación de una tormenta:

«Verte contemplar el cielo / tan serio que pareces una estatua / la agitada crin de la lluvia / el mar hecho de pulpa negra / el aire que separa las olas / que se funde con nosotros / el aire que es vacío / que es lo único que vale la pena / que es lo único que hay».

En el libro, basado hasta casi el exceso en estructuras paralelísticas y anafóricas, y que en varios momentos recuerda a la cadencia y la melodía de Idea Vilariño (ver, como otro ejemplo, el poema que reproducimos completo abajo), se expresa de una forma muy buena y muy bonita esa certeza que invariablemente han tenido todos los enamorados de la Historia y que les hace estar seguros de que ese amor que andan viviendo ellos es algo totalmente insólito en el mundo, un azaroso milagro no sólo desconocido sino inaccesible para todos aquellos y aquellas que, en los dormitorios de al lado, están pensando exactamente lo mismo.

Es propio de cada amor pensar que estaba poco menos que metafísicamente predestinado ―aunque quiera observarse también como algo casual y mágico―, y que ese idioma común recién nacido, esas bromas privadas, esas contraseñas exclusivas… son superiores a cualesquiera otros y que «nosotros / nosotros somos otra cosa».

Y también se da una previsible proyección hacia el futuro, es decir, la seguridad de que todo lo que le quede de existencia, sea mucho o poco (eso a ella ya no le importa…), va a consistir únicamente en dejarse llevar, lánguida, exangüe e indiferente, y en vivir una vida superficial sólo coloreada por el recuerdo íntimo de aquellos meses (o aquellas semanas, o aquellos días…), velar por ellos, recordarlos constantemente para de algún modo revivirlos, protegerlos, preservarlos, honrarlos, venerarlos y hasta servirlos: para ello hay que leer el Epílogo, tan intenso y sublime que apenas puedo citarlo o extractarlo sin echarlo a perder, pero, con mucho cuidado: «Cuando sea vieja […] cuando los pulmones se me encharquen de sopa […] mi boca que besaste hasta el límite mi boca / se torcerá en una mueca / en algo monstruoso en algo / parecido a una sonrisa»

En el prólogo a El telar de Penélope, Amelia Gamoneda atribuía a Margarita Leoz «astucia vehemente» e «inteligencia apasionada», y creo que, en efecto, son etiquetas atinadas para ella y su literatura, pero también valdrían para el aturdido y desasosegado personaje que se ha inventado en Caer, a quien, en realidad, vemos cambiar en el libro: la vemos pelearse consigo misma, trágica en secreto, la oímos contradecirse y autocompadecerse, la vemos feliz por lo que ha vivido y angustiada por no ir a vivirlo más, la vemos enfadada y pletórica, lúcida y atontada, triste y eufórica, celebrativa y elegíaca, contenta y abatida.

La vemos, decía, cambiar, pero no la vemos crecer; la vemos reafirmarse pero también la vemos hundirse. En ningún momento se arrepiente de nada, muy al contrario, pero creo que el título elegido por Leoz es, aunque ambiguo y polisémico, suficientemente revelador.

¿Un libro de poemas narrativos? No: unos poemas que nos cuentan una historia. Poesía de ficción no para fantasear con amoríos ni con aventuras ni con sexo goloso al otro lado del mundo sino para dar vueltas a la complejidad de lo que somos, a cuánta gente distinta y variada hay dentro de nosotros, a las apariencias y lo impulsos o a lo difícil que es decidir dónde está la verdad o qué es lo real.

En uno de los cuentos de Segunda residencia se leía que, «Cuando entraron en el piso, a Olga le dio la sensación de estar en otro mundo del que desconocía por completo las reglas». De eso exactamente habla Caer (y, de paso, de esa «mezcla de extrañeza y embelesamiento» a la que se alude en Punta Albatros): de cómo volver a la gran mascarada de rutina cuando se ha jugado a un juego que sin duda, aunque tal vez con ingenuidad, se percibe enseguida como superior, como aplastantemente más auténtico y deseable.

Margarita Leoz

CÓMO

Cómo hacen para vivir así

cómo hacen

para esperar el fin de semana

el tercer trimestre

la próxima primavera

las vacaciones

la fiesta de navidad del colegio

los cumpleaños de los demás

los aniversarios

el pilates de los miércoles

la cita del pediatra

las cervezas con las amigas

el final de la clase de piano

cómo hacen para vivir sin que les dé la risa

o sin meter todas sus pertenencias en un saco

―sus bolsos sus collares sus zapatos sus miserias―

atárselas al cuello

y lanzarse al río.

 

Cómo hacen para vivir así

vivir esperando eso

sin tenerte constantemente en la cabeza.

 

*Ficha bibliográfica: Margarita Leoz, Caer, Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá (col. Siltolá Poesía, 104), 2024 (septiembre).

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