Cincuenta años sin la Reina del Crimen

Agatha Crhistie

IDENTIDADES

La estatua de Agatha Christie (Torquay, UK, 1890 – Winterbrook, UK, 1976) en el Madame Tussauds la inmortaliza con más de 80 años. Para muchos es esa figura de cera, una abuelita apergaminada que, no se sabe cómo, fue la Duquesa de la Muerte, la Reina del Crimen. Es el autor más traducido de la historia —por delante de Shakespeare y de Julio Verne—, así como el autor de ficción más vendido de todos los tiempos.

Escribió 66 novelas policiacas, alguna de misterio, seis «románticas» —o más bien psicológicas— como Mary Westmacott, más de 150 relatos y unas 25 obras de teatro. Todo eso está archicomputado, como las múltiples adaptaciones de su obra, el merchandising o los reclamos turísticos, pero su persona sigue siendo más esquiva que la reproducción de la anguila.

Este 12 de enero de 2026 se cumplen 50 años de su muerte. Cinco décadas sin la Reina del Crimen, protagonista de nuestro ‘Identidades‘ de enero.

Agatha Crhistie

Jean Murdock / @jeanmurdock_

Hay quien la acusa de cantidad sin calidad; de engranajes geniales pero mal vestidos. Es célebre la Battle of the Brows, la guerra de la alta cultura (highbrow) contra la media, comercial o baja (middlebrow, lowbrow). En un extremo estaría Virginia Woolf; en el otro, Agatha Christie, quien se veía a sí misma como low por carecer de educación formal. Cuando la nombraron Comendadora de la Orden del Imperio Británico, escribió a su agente, Edmund Cork, y le dijo: «¡Un tanto para los incultos!».

Y un tanto para el humor. Christie decía que era un ama de casa que escribía por diversión. Sin embargo, se deshizo de su abusivo primer editor, se buscó un agente, negoció sus derechos y, por supuesto, escribió, de forma seria y profesional. Se confesaba sugestionable, pero añadía que nunca dio su brazo a torcer en una cosa: su escritura. Aunque sí cedió: cambió el final de La venganza de Nofret a petición de un amigo, el egiptólogo Stephen Glanville, no sin pesar. Esa ambigüedad atraviesa su vida.

Lejos de ser un ángel del hogar, viajó por medio mundo y casi siempre sin su hija, que dejaba con la madre, la hermana, la niñera, la secretaria o en un colegio. No fue una madre convencional. De hecho, las madres cuyo único tema de conversación eran ellas y sus hijos le parecían estúpidas. Como escribe Lucy Worsley: «En una entrevista de prensa, deja claras sus prioridades: “Ni siquiera mi hijita de dos años puede hacerme desistir”, dijo sobre su entrega al crimen. “Cuando te da por el crimen, es difícil dejarlo, y yo sé que nunca lo haré”».[1]

es el autor más traducido de la historia, por delante de shakespeare y de julio verne, así como el autor de ficción más vendido de todos los tiempos

Werner Herzog dice en sus memorias, Cada uno por su lado y Dios contra todos, que prefiere la muerte a un psicoanalista, porque, cuando iluminas con una luz brillante todos los rincones de una casa, esta se vuelve inhabitable, y que pasa lo mismo con el alma: «iluminar sus sombras más oscuras convierte a las personas en “inhabitables”».[2]

Casa bien con la actitud de Christie, cuya Autobiografía, como toda memoria, arroja luces y sombras.

NO ERA WOOLF, NI LO PRETENDÍA

Christie era hija de su época, pero también de su idiosincrasia. La tachan de superficial y estereotipada, pero, como apunta Worsley, la insistencia de público y crítica en su «álgebra», eclipsa el diálogo, el humor y los personajes de sus mejores obras.[3]

No era Woolf ni lo pretendía. Hasta presumía, en cierto modo, de no tener habitación propia, al menos hasta 1933, cuando compró una casa en Sheffield Terrace, y solo por unos años (en 1940 la destruyó una bomba).

Pero, como dice Gillian Gill, Christie no necesitaba una habitación porque tenía casas enteras, compradas con el dinero de su trabajo. En cierto momento, tuvo ocho. Su Autobiografía la empieza en 1950 en Beit Agatha, la «Casa de Agatha», un cuartito de adobe añadido al cuartel general de las excavaciones en Nimrud (Irak) que dirigía el arqueólogo Max Mallowan, su segundo marido.

Agatha Christie
Christie, en una de las excavaciones arqueológicas en las que participó.

De niña en mi casa había dos constantes más fijas que la de Planck: la vajilla Duralex y la colección de Agatha Christie, de la editorial Molino. No era un caso aislado; Christie ha estado en la vida de muchos desde niños. En casa la leíamos con fruición, y luego nos volvimos adictos a la serie con David Suchet, la viva imagen de Poirot. Pero el primer libro suyo que leí fue Un cadáver en la biblioteca, con Jane Marple. Sus dos sabuesos principales son un sesudo refugiado belga sexagenario, soltero, más inclinado al chocolate caliente que al whisky y cuyo físico desmiente su nombre de pila, Hércules —otra prueba de humor—, y una septuagenaria soltera y mordaz que alterna el té con el jerez y disimula con el punto y la jardinería, la típica mujer mayor, es decir: el detective ideal por invisible. Christie era consciente de que los había creado muy mayores, lo cual fue un engorro a la hora de envejecerlos, pues, al cabo de veinte años de aventuras, por fuerza tenían que ser auténticas momias.

¿Qué decir de quien se ha dicho tanto? Escritora prolífica, viajera infatigable, nadadora, genial, buena pianista, casi cantante, un poco arqueóloga y fotógrafa, dramaturga, lectora empedernida y devoradora de nata.

De lo que no cabe duda es de que fue joven. Nació el 15 de septiembre en 1890 en Torquay (Inglaterra, Reino Unido), en la casa familiar de Ashfield, la más querida, la de la infancia, donde fue tan feliz en su jardín y con sus padres —uno de los cuatro matrimonios satisfactorios que dijo haber conocido—, con Madge, su fascinante hermana mayor, y con su querida nodriza, Nursie. Al hermano, Monty, lo trató poco, pero le bastó. Era un pieza, y esa es otra historia.

Escritora prolífica, viajera infatigable, nadadora, genial, buena pianista, casi cantante, un poco arqueóloga y fotógrafa, dramaturga, lectora empedernida y devoradora de nata

Surfeó en Sudáfrica y Honololú, «uno de los placeres físicos más perfectos que he conocido»[4]. En las excavaciones en Oriente Próximo, limpió, fotografió y clasificó piezas arqueológicas, entre ellas la Dama del Pozo o «Mona Lisa de Nimrud». Lo cuenta en su Autobiografía, pero de esos viajes con Max también nació Ven y dime cómo vives, «la respuesta a una pregunta que me hacen muy a menudo: “O sea que tú haces excavaciones en Siria, ¿eh? Háblame de eso. ¿Cómo vives? ¿En una tienda?”».[5]

Como era habitual, Agatha se quitó importancia: «Una advertencia para evitar decepciones. Este libro no es profundo, no te aportará consideraciones interesantes sobre la arqueología, no habrá hermosas descripciones de paisajes, ni tratamiento de problemas económicos, ni reflexiones raciales, ni historia. Es, en realidad, un entretenimiento… un librillo lleno de quehaceres y acontecimientos cotidianos».[6] Si en su género es excepcional, en sus memorias es deliciosa.

Fue enfermera en las dos guerras mundiales. En la primera, aparte de la cruda labor, hizo de escribidora para los soldados. En la segunda, combinó la enfermería con el trabajo de cantina en un hospital de Londres. Su agente la instó a hacer algo «más importante». Pero ¿qué había más importante que la medicina y la comida?[7]

Protegió con celo su vida privada. De hecho, se dice que escribió la Autobiografía para controlar su imagen póstuma. A sus libros de memorias se suman las cartas del grand tour que la llevó alrededor del mundo con Archibald Christie (Archie), su primer marido; las biografías (desde las de Janet Morgan, Max Mallowan y Gillian Gill a las de Laura Thompson o Lucy Worsley, pasando por la de Charlotte Trümpler, centrada en su faceta arqueológica); las notas editadas por John Curran; la curiosa guía de venenos de Kathryn Harkup, así como tesis, entrevistas y artículos que, en el fondo, aclaran poco. O al menos poco de lo que ella no aclaró, como su «desaparición».

Agatha Christie

Christie recibió una educación sui géneris marcada por la época y por su madre, a la que estuvo muy unida: aritmética con el padre en la mesa del comedor, francés con institutrices, lecturas por su cuenta y escuelas para señoritas en Francia.

Se entregó a la música y el piano, y casi se dedica al canto, pero perdía el temple en el escenario. Siempre fue así: le salía todo mejor a puerta cerrada. Probó con la escultura, pero no era lo suyo. En las guerras también fue auxiliar de farmacia, cosa que exprimió en sus novelas policiacas. La primera, El misterioso caso de Styles, la fraguó en 1916 en las horas muertas del dispensario. Con ella recogió el guante que le lanzó Madge unos años antes, cuando Agatha le dijo que quería escribir una historia policiaca: «No creo que puedas».

Decía que era la lenta de la familia, introspectiva, que se le daba mal hablar y que por eso escribía. La agobiaban las fiestas y los actos públicos. Si acudía a los estrenos de sus obras, se sentaba al fondo y se esfumaba en cuanto bajaba el telón

Decía que era la lenta de la familia, introspectiva, que se le daba mal hablar y que por eso escribía. La agobiaban las fiestas y los actos públicos. Si acudía a los estrenos de sus obras, se sentaba al fondo y se esfumaba en cuanto bajaba el telón. Una vez le vetaron la entrada a una fiesta en su honor para celebrar el décimo aniversario de La ratonera, la obra que ha estado más tiempo en cartelera de la historia. El personal no la reconoció. Peter Saunders y su representante, Verity Hudson, acudieron al rescate.

A raíz de ese incidente, Christie se pregunta por qué no dijo quién era, y comenta que no fue por timidez, sino por otra cosa. «Supongo que, en el fondo, lo que siento —no sé si les pasa a todos los escritores, pero creo que a muchos— es que estoy fingiendo ser algo que no soy, porque, incluso hoy, no me veo como una autora. Sigo teniendo la sensación de que estoy fingiendo que soy una autora». No obstante, también dice: «Será muy triste cuando ya no pueda escribir».[8] Y obsérvese que, aunque dice que no se ve como una autora, escribe «no sé si les pasa a todos los escritores», con lo que se cuenta entre ellos.

Cuando habla de los dos momentos más emocionantes de su vida, no menciona a hija, madre o esposos, libros ni viajes, sino su primer coche —el querido Morris Cowley— y su cena en el palacio de Buckingham con Isabel II de Inglaterra.

En 1926, murió su madre y Archie la dejó por otra. Fue el detonante de su misteriosa «desaparición», donde no entro porque está manoseada. ¿Tuvo amnesia transitoria? ¿Lo tramó todo y se arrepintió al ver la que había armado? En la Autobiografía, el episodio asoma de forma oblicua tras una escueta alusión a la fobia que le tuvo a la prensa desde entonces.

Agatha Christie murió el 12 de enero de 1976 en Wallingford (Inglaterra, Reino Unido). Este año se cumplen 50 años de su muerte. Por muchas especulaciones que se hagan, lo mejor es leerla.

Agatha Crhistie
¿Qué argumento estaría maquinando Crhistie en esta imagen tomada en su casa con su máquina de escribir a la espera?

[1] Agatha Christie, An Elusive Woman, Lucy Worsley, Hodder & Stoughton, Londres, 2022. La traducción es mía. Cuando no indico lo contrario, la traducción de las citas es mía.

[2] Werner Herzog, Cada uno por su lado y Dios contra todos. Memorias. Traducción de Marina Bornas, Blackie Books, Barcelona, 2024.

[3] Agatha Christie, An Elusive Woman, Lucy Worsley, Hodder & Stoughton, Londres, 2022.

[4] Autobiografía, Agatha Christie.

[5] Ven y dime cómo vives, Agatha Christie Mallowan. Traducción de Iris Menéndez, Tusquets, Barcelona, 2008.

[6] Ibidem.

[7] Agatha Christie, An Elusive Woman, Lucy Worsley, Hodder & Stoughton, Londres, 2022.

[8] Autobiografía, Agatha Christie.

DEJA UNA RESPUESTA

Deja un comentario!
Por favor introduce tu nombre