Comisura: el lugar donde conversan fotografía y literatura

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¿Imagináis una novela creada a partir de imágenes de mujeres bailando con sus perros? ¿O reflexiones sobre la locura y el amor inspiradas en fotografías de pacientes enamorados en un psiquiátrico? La hibridación entre imagen y texto, la transgresión de los compartimentos estancos a los que el mundo editorial nos tiene acostumbrados. Eso es lo que buscaban tres osados, para regocijo del resto de mortales: la fotógrafa Laura C. Vela y los filólogos Carlota Visier y Jesús Cano Reyes. De esa osadía nace, en 2021, primero la revista Esto es un cuerpo y unos meses más tarde, la editorial Comisura.

Hoy, once títulos después, Comisura es uno de los proyectos más interesantes del panorama editorial independiente. Apuestan por la hibridación de los lenguajes artísticos y arriesgan con libros en principio difíciles de colocar en un mercado saturado de novedades y muy marcado por el marketing agresivo de las grandes editoriales. A veces editan libros todavía no publicados en España, pero la mayoría de sus títulos son encargos a escritoras (algunos también a escritores) para que creen textos a partir de imágenes, como Cha, cha, chá (Dueto)(con imágenes de Bego Antón y textos de Sabina Urraca) o Querida Theresa (con fotografías de la misteriosa fotógrafa norteamericana del siglo XIX Theresa Parker Babb y textos de cinco poetas: Marta Jiménez Serrano, Sara Torres, Rosario Villajos, Pilar Bellver y Valeria Mata).

Conversamos con dos de las fundadoras, Laura C. Vela y Carlota Visier, al hilo de la presentación el próximo martes 27 de febrero en Tipos Infames de una de sus últimas joyas editadas: Nuestro mundo, de Mary Oliver (textos) y Molly Malone Cook (fotografías).

ComisuraNúria Ribas / @nuriaribasp

Nuestro mundo es, quizás, un buen ejemplo de los riesgos que se atreve a correr Comisura: unos textos muy referenciales, una poeta muy poco editada en España y una fotógrafa totalmente desconocida. «Pero es que son tan bellas las fotos y tan bello todo lo que escribe Mary Oliver que, a pesar de darnos cierto vértigo, nos lanzamos», cuenta Laura C. Vela.

Mary Oliver (1935-2019) y Molly Malone Cook (1925-2005) fueron pareja durante más de 40 años. Oliver, poeta, y Malone, fotógrafa, crearon un microcosmos en un pueblo de la costa este de los Estados Unidos, Provincetown (Massachussettts), donde Malone inauguró lo que probablemente fuera la primera galería fotográfica por esos parajes, cuando la gente solo compraba pintura y lo de exponer fotos era un loco atrevimiento. También regentó una librería y, además de a sus fotografías, fue también agente editorial.

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Mary Oliver (izquierda) y Molyy Malone Cook, en el porche de su casa en Provincetown /Foto: Comisura

Cuando Malone murió en 2005, su mujer, Mary Oliver, recopiló y organizó los centenares de negativos que Molly guardaba en cajas y más cajas. Escogió 49 fotografías de los años 50 y 60, todas en blanco y negro, y escribió. Narró con una delicada intimidad, leal, con profundidad, pero sin sentimentalismo, cuatro décadas de convivencia, de amor, de desencuentros también, pero sobre todo de complicidad vital y artística entre ella y Malone.

«Da igual que conozcas a alguien desde hace más de cuarenta años, da igual que hayas trabajado y vivido con esa persona; no lo sabes todo (…)», escribe Oliver al principio del volumen, casi advirtiendo al lector. Aunque pronto una se da cuenta de que no lo sabía todo, pero casi: «M. era estilo, era una soledad antigua que nada lograba quitarle; (…) En ocasiones vivía en una caja negra de recuerdos y preguntas sin respuesta de la que tarde o temprano salía con ganas de jolgorio, y luchadora, y valiente».

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‘Aula de escuela amish, años 50’ /Foto: Molly Malone – Comisura

Los textos de Oliver (y algún fragmento de los diarios de Molly) se amalgaman con las fotografías de Malone. Prosa, poesía, apunte a pie de imagen, siempre resaltando su viaje con la persona que amó tanto tiempo, un viaje basado también en la pasión por el arte, la naturaleza, la creación constante, la comunidad de artistas que generaron alrededor de la galería primero y la librería más tarde. Y todo, a pesar de las privaciones: «Nadie tenía mucho dinero, ni pensábamos en ello». Una joya.

Editada en Boston por Beacon Press en 2007, Comisura descubre el volumen, compra los derechos, encarga la traducción a Regina López Muñoz y la lanza este pasado mes de enero. «La poeta Sara Torres compartió en su Instagram una foto de un pajarito. Me encantó y le pregunté de quién era la foto», explica Laura C. Vela. «Cuando me dijo el nombre de la fotógrafa, Molly Malone, me quedé perpleja por no haber oído nunca hablar de ella. Y ya cuando nos cuenta que pertenece a un libro que escribió su pareja, la poeta Mary Oliver, cuando Malone murió, nos entusiasmó».

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‘Ayudando al viajero’, 1965 / Foto: Molly Malone – Comisura

Sin embargo, era muy arriesgado. «Ellas dos son casi desconocidas en España, los textos son muy autorreferenciales y nosotras, como Comisura, todavía no tenemos una identidad sólida como para ser prescriptoras», explica Carlota Visier. «Pero al leer la edición norteamericana nos dimos cuenta de que este libro le podía interesar a muchos tipos de personas: a las que aman la naturaleza, a las que estén o hayan vivido una relación duradera, al mundo homosexual femenino…». La osadía de nuevo.

Y la belleza.

«Cuando pienso en ella pienso en los largos días de verano

Que pasaba tumbada al sol, en cómo le gustaba el sol, en cómo

Extendíamos la manta, y llegaban amigas, y (…)

(…)

Por toda la sala flores en jarras con agua –

Margaritas, linarias y siemprevivas-

Hasta que, como nuestras vidas, vibraban y titilaban

Por todas partes».

Aquellos días, Mary Oliver

Ese riesgo es marca de la casa. Algo consustancial a los tres pilares de Comisura y a su objetivo como editores. «Claro que buscamos equilibrar las cuentas y, al menos, no tener pérdidas. Pero no vamos a editar algo que no queremos solo para vender más», asegura Carlota. «Queremos que los libros sean un experimento en sí mismos a partir de la hibridación», añade Laura. «Buscamos ser un hogar para esos libros inclasificables o extraños que no encuentran editor».

Lo demostraron desde el primer momento, apostando como debut editorial por un tema difícil y, para buena parte de la sociedad, escabroso: la salud mental. El infarto del alma, publicada por primera vez en Chile en 1994, muestra las relaciones románticas que se generan en el psiquiátrico Philippe Pinel, en Putaendo (Chile). La fotógrafa Paz Errázuriz y la escritora Diamela Eltit funden imagen, diario de viajes, cartas, poesía y ensayo.

«Buscamos ser un hogar para esos libros inclasificables o extraños que no encuentran editor»

Toda una declaración de intenciones con hibridaciones también entre géneros literarios. Las elecciones que tomamos nunca son neutras. «Lo propuso Jesús [Cano] y nos pareció perfecto para iniciar el camino de Comisura, además de tratarse de un libro de culto que no se había editado en España. Ahora, quizás nos damos cuenta de que no era el mejor título para lanzar una editorial», recuerda riéndose Carlota, «pero lo hicimos, y valió la pena».

Larga vida a la osadía.

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Jesús Cano Reyes, Carlota Visier y Laura C. Vela, fundadores y editores de Comisura / Foto: Comisura

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