Cómo leer sin bajar de los árboles

Cómo leer sin bajar de los árboles

 Jean Murdoch / @jeanmurdock_

Por encima de las copas de los árboles te envío una canción… La última vez que florecieron las lilas en el jardín, Walt Whitman

Yo misma, mientras escribo un libro que nunca acabaré porque es infinito –pues consiste en recoger las huellas de los libros en los libros– y que, aunque sí lo he empezado, está claro que tampoco tiene principio, iré hilando huellas también en este blog, rastros de la flor de Coleridge, porque lo que hacemos, como lo que somos, es un palimpsesto eterno. Nuestro cuerpo se reescribe cada día, tratando de corregir los errores de sus células; la vida es un gesto reiterativo; las mañanas, una acumulación de desayunos. La eternidad es esa repetición.

Los árboles se mueven tan lento que no lo vemos. Puede que por eso los cortemos, pensando que su vida no vale o que están muertos. Son leña para el fuego, muebles, lápices. Son papel para libros. Por eso nos dan tanto. El árbol generoso de Shel Silverstein, por ejemplo, le dio todo al muchacho, hasta que el muchacho fue viejo:

             –Lo siento –suspiró el árbol–. Ojalá pudiera darte algo… pero no me queda nada. Solo soy un viejo      tocón. Lo siento…
            –Ya no necesito mucho –dijo el muchacho–, solo un sitio tranquilo donde sentarme y descansar. Estoy muy cansado.
            –Bien–, dijo el árbol enderezándose todo lo que pudo–. Bien, un viejo tocón es bueno para sentarse y   descansar. Ven, muchacho, siéntate. Siéntate y descansa.
            Y el muchacho se sentó.
            Y el árbol fue feliz.

 Los árboles nos dejan ver cosas que no están. En Algo que brilla como el mar, de Hiromi Kawakami, Hanada, que se vestirá de mujer para no fundirse con la sociedad, solía trepar al ciprés del Himalaya que había en el patio trasero del colegio. Cuando Midori le preguntaba qué veía, Hanada le decía que el mar:

            –¿El mar? ¡Pero si desde aquí no se ve! –exclamé.

            –Pues yo veo algo que brilla como el mar –repuso Hanada.

Hay quien trepa a un árbol para quedarse y hace del árbol su casa. Dolly, Collin y Catherine suben a un cinamomo en El arpa de hierba. Luego se les unen Riley y el juez Cool. Lo que quiere hacer Verena no está bien, fabricar en serie la receta de Dolly; ante un mundo filisteo, es mejor vivir en un árbol.

El barón rampante lo hizo después, probablemente alguien lo hizo antes. Cosimo se sienta a la mesa por última vez el 15 de junio de 1767, día en que trepa a una encina y ya no baja de los árboles. Desde entonces mira el mundo desde lo alto: todo, visto desde allá arriba, era distinto, y eso ya era una diversión.

Después lo hace Pierre Anthon en Nada. Se encarama a un ciruelo porque nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada.

Pero, como nada es permanente salvo el cambio[1], los que oyen el arpa de hierba acaban bajando del cinamomo. Tras esto, naturalmente, nada es lo mismo. Cosimo se agarra a la soga del ancla de un globo aerostático que roza las yemas de las copas porque se está muriendo y prometió no bajar nunca de los árboles. Así que se va por lo alto y se esfuma en el aire y no lo vemos más. Pierre Anthon no debió bajar nunca del ciruelo. Hay que congelar Nada antes de que lo haga, o antes de que sus protagonistas se pidan cosas horribles para el montón de significado. (Eso pasa con algunos libros, que hay que congelarlos, detenerlos, como hace Joey con Mujercitas antes de que Beth muera, para que no muera. Aquí elaboro una lista de libros para el hielo.)

Robinson pasa su primera noche en la isla en lo alto de un árbol, al que sube muerto de miedo y de cansancio. Pero se duerme porque ahí está a salvo, protegido de las fieras que imagina abajo.

Y así es como se forma su «ciencia» el antiguo ingeniero ferroviario de Un árbol, una piedra, una nube, de Carson McCullers:

          –Hijo, ¿sabes cómo debería empezarse el amor?

            ­El chico seguía sentado, pequeño, callado, tranquilo. Poco a poco meneó la cabeza. El viejo se le acercó            más y murmuró:

            –Un árbol. Una piedra. Una nube.

No es mala ciencia: comenzar por amar lo pequeño. Amar una brizna de hierba, un árbol, una piedra, una nube, y poco a poco el resto; no empezar de inmediato por lo más difícil, las personas. Al fin y al cabo, así es como se empieza a leer.

Para saber más: Las variaciones Golden

 

 

 

[1] Heráclito.

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