Correspondencia

Correspondencia

Hay toda clase de correspondencia. La más íntima es la oración, la lectura y la escritura, entre la que descuellan cartas y diarios. Esto demuestra que lo más curioso de la correspondencia es que no siempre es correspondida. De hecho, a menudo se parece más bien a unas memorias o un diario; son cartas que nunca llegan a su destinatario o que este ignora, como suele ser el caso del rezo y la lectura. No en vano una acepción de «correspondencia» es «sinonimia», es decir: un espejo.

Jean Murdock / @jeanmurdock_

En cuanto a la oración y la lectura, cabe aclarar lo siguiente: si bien el autor tiene fe en que lo lean —y esa fe lo une al lector como un hilillo de saliva—, no tenemos ni idea de si Dios prefiere que lo ignoremos por completo o si, parafraseando a Elias Canetti, somos nosotros quienes preferimos a un dios sordo para rezarle lo que nos venga en gana. (Pienso en el Amado señor de Pablo Katchadjian. Nos dirigimos a Dios, exista o no, e incluso aunque no lo llamemos «Dios».)

Kafka dijo que escribir es como rezar. (Lo mismo puede aplicarse a la lectura, pero en voz más baja.) En ese sentido, la carta vendría a ser un intercambio de confesiones, una plegaria conjunta, y las oficinas de correo, confesionarios por donde todo pasa sin que nada trascienda; lo suyo sería que el funcionario de turno nos despidiera administrándonos tres avemarías y un sello en la frente.

Un diario es una carta que uno se manda y se responde. Si se escribe para ser leído, es un espejo velado —tan ficticio como una autobiografía—; es la mitad de una correspondencia: un vampiro que se mira al espejo.[1]

Las cartas, en cambio, son diarios abiertos.

Podría decirse que la carta es el tenis y el diario, el frontón. Aunque a veces es al revés: uno se responde y dos no. Cuenta Vila-Matas que Satie contestaba a la correspondencia sin leerla.

oscar wilde no se molestaba en mandar sus cartas: tras escribirlas, las sellaba y las arrojaba por la ventana de su casa londinense

Según Simon Garfield, Oscar Wilde no se molestaba en mandar sus cartas: tras escribirlas, las sellaba y las arrojaba por la ventana de su casa londinense —como quien tira al mar un mensaje en una botella— con la esperanza de que algún transeúnte las echara al buzón. Parece una historia apócrifa. De no serlo, diría mucho de la bondad de la gente, pues se conservan bastantes cartas de Wilde. (Quizá se perdieron muchas otras). La más famosa, De profundis, se puede leer como un diario. Esa no la tiró por la ventana, pero su receptor y examante, lord Alfred Douglas, dijo haberla quemado sin leerla.

En cierto modo, todo es correspondencia. Si el diario es una carta que te envías, los libros son cartas al lector. En caso de que haya un traductor de por medio, es el telegrafista.

La carta postal, la verdadera epístola, es el último reducto de intimidad sin publicidad ni interferencias, hasta que a alguien se le ocurra llenar los sobres de anuncios o abrir las cartas en la oficina postal para meterles publicidad o perpetrar un algoritmo.

Por un rato te consagras en cuerpo y alma a escribirle al otro y luego el otro se consagra a leerte. A mano y en papel. ¿Qué hay hoy más revolucionario que esa lentitud y esa intimidad?

La carta ofrece un tiempo y un espacio fuera del tiempo y el espacio, una heterotopía exenta de las impertinentes pantallas y las interrupciones naturales de la conversación. Por un rato te consagras en cuerpo y alma a escribirle al otro y luego el otro se consagra a leerte. A mano y en papel. ¿Qué hay hoy más revolucionario que esa lentitud y esa intimidad? (Para esto es imprescindible entenderse la letra. A veces imagino que mis destinatarios no entienden la mía ni yo la suya, y que por tanto llevamos años respondiéndonos al tuntún, como hacía Satie, lo cual vendría a ser más acorde con la ordenación del cosmos.)

Tras el penoso arresto del abate Fauchelafleur, Cosimo continuó su educación por correo:

«De esa época data su correspondencia epistolar con los mayores filósofos y científicos de Europa, a quienes se dirigía para que le resolvieran problemas y objeciones, o incluso solo por el placer de discutir con los espíritus mejores y al mismo tiempo ejercitarse en las lenguas extranjeras. Lástima que todos sus papeles, que él guardaba en cavidades de árboles que nadie más conocía, no se hayan encontrado nunca, y sin duda habrán acabado roídos por las ardillas o enmohecidos; se encontrarían cartas escritas de puño y letra por los sabios más famosos del siglo».[2]

¡Quién encontrara esas cartas! Alguien debería escribirlas.

Faulkner era un cartero nefasto. Al parecer, la mayoría de las veces no solo no entregaba las cartas, sino que las tiraba a un cubo de basura junto a la oficina, donde acudían a rebuscar los ciudadanos cuando no les llegaba el correo. Faulkner jugaba a las cartas —qué propio— y al golf en horas de trabajo. Todo el mundo conoce ya el breve texto en que Eudora Welty lo retrató desatendiendo la oficina de correos por hallarse en la trastienda escribiendo poemas. Cuando por fin un inspector le pidió explicaciones —a Faulkner—, el escritor dimitió, más airado que arrepentido.

En La dama de Porto Pim, Antonio Tabucchi habla del legendario Peter Café Sport, un bar del puerto de Horta, en la isla de Fayal (Azores), que es una mezcla de taberna, oficina de información y de correos y punto de encuentro de pescadores, balleneros y de las gentes de los barcos que surcaban —y surcan— el Atlántico. Como Fayal es punto de recalada, todo el mundo pasaba por allí, y hay quien dejaba cartas o mensajes para otros. Algunos no llegarán a leerse.

Los poemas de Dickinson, ¿no son cartas? Escribió poemas en sobres y en trozos de papel, pedazos de su obra como un espejo roto.

Las cartas de madame de Sévigné —cuya correspondencia cojea porque se han perdido, por ejemplo, las respuestas de su hija— son crónicas de la época.

Cuando alguien muere, ¿qué hacemos con su correspondencia?

En 2014 participé en ¿Cómo vivir?, una obra de Laía Argüelles en que nos mandaba una postal con esa pregunta, a la que respondíamos de vuelta. Pero he olvidado qué le contesté. Indago y descubro su Breve ensayo sobre la carta, que aún no he leído, y veo que también aborda qué pasa con las cartas de los muertos. Sigo sin recordar mi respuesta.

Por lo general, cuando alguien muere se vacía la casa y a veces sus postales acaban en un rastro. Me preguntaba quién las compraría hasta que un día compré una yo, pero ahora mismo no la encuentro. Por una postal sin mandar de mi madre sé que mi primer viaje en avión fue a Mallorca en 1977. Tiene puesto un sello de dos pesetas, pero falta la dirección, y el texto parece más una entrada de diario que un mensaje postal. ¿A quién querría mandársela y por qué no lo hizo? En todo caso, me ha llegado a mí, como un telegrama atrasado del Peter Café Sport. Tendría gracia visitarlo un día y encontrar allí una carta suya, una perdida de Wilde o las que Cosimo intercambió con sus filósofos. Y con «gracia» quiero decir que sería magnífico y escalofriante. Y aún más estremecedor sería encontrar allí una carta tuya dirigida a ti, con su sello pero sin enviar, algo así como cuando el protagonista de Carretera perdida llama a su casa desde una fiesta y le responde el hombre que tiene delante.

He reordenado mi correspondencia. Ahora guardo también la de mi madre, de modo que tengo las cartas que le escribí y las que me mandó ella. Cuando las leo, me la acercan. «Tal vez la carta consista en hacer de la distancia la condición para la cercanía más íntima», dice Argüelles. Es exactamente así. He encontrado postales sin escribir, seguramente compradas con la intención de mandarlas, pero intactas. Me he propuesto enviarlas.

Hace poco leí en alguna parte que rezar no es pedirle nada a un ente superior, sino un mero desahogo, como el llanto. Escribir(se) es lo mismo.

[1] Sobre el diario, un inciso: en realidad no se compone en modo alguno de escritura, sino de lecturas. Si cortaran por la mitad a un lector como se hace con un tronco, en lugar de anillos se hallaría una sucesión de páginas que revelarían su trayectoria. Esa trayectoria, fruto de la elección consciente y del azar, es una suerte de biografía. «Eres lo que comes», dicen. También eres lo que lees. (La viceversa se aplica a los que solo se aman a sí mismos, que naturalmente solo leen lo que son —o lo que creen ser—.)

[2] El barón rampante, Italo Calvino. Traducción de Francesc Miravitlles, ed. Bruguera, Barcelona, 1985.

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