‘Cruzamos por el ras de la montaña’: no existen los misterios invisibles

María de la Cruz

Publicado por Cántico Editorial, en Córdoba, cuando faltaban sólo doce días para que terminase 2023, Cruzamos por el ras de la montaña está siendo considerado, con cierta unanimidad, como uno de los mejores y más sorprendentes libros de poemas que se han publicado en España en este curso que ya va terminando.

Y no es exactamente el primer libro de María de la Cruz (Madrid, 2000), pero sí una especie de reinicio o de reseteo, y desde luego un conjunto de poemas espectacularmente estimulante, enigmático y hermoso que viene prologado por la poeta sevillana Laura Rodríguez Díaz, y con el que cerramos por todo lo alto la segunda temporada de La Plaza Invisible.

María de la Cruz
Nuestra última visitante en La Plaza Invisible de esta temporada: la poeta madrileña María de la Cruz / Foto: J.M

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Una de las más claras ventajas de la poesía sobre la crítica, aparte de poder mirar hacia el cielo y no hacia un libro, es que en esta última no se puede ser vago, en ninguno de los dos sentidos: ni en el de perezoso ni en el de inconcreto o difuso o abstracto, así que, tras leer ¡cinco veces! el alucinante y soberbio nuevo libro de doña María de la Cruz (Madrid, 2000), la primera totalmente fascinado (no sabía absolutamente nada sobre ella), la última caminando por el barrio y repitiendo los poemas como un mantra…, me lanzo a un vacío que es casi literal, pues, a pesar de ser un libro ya aclamado y haber sido recibido como una de las mayores y mejores sorpresas que la poesía en nuestro idioma ha dado últimamente, esta que sigue es, hasta donde sabemos, la primera reseña que se publica sobre él, algo tan misterioso como su subtítulo…

hay una voluntad de escarbar en los enigmas (pero en los enigmas… ¿de qué?, ¿de quién?, ¿de dónde?)

Ese extraño y poco aclarador subtítulo (Un poemario para adentrarse en lo misterioso, dice) es, la verdad, lo único que no me gusta nada del libro, por sobrar clamorosamente, aunque lo cierto es que da una primera pista; mínima u obvia, pero pista: hay una voluntad de escarbar en los enigmas (pero en los enigmas… ¿de qué?, ¿de quién?, ¿de dónde?).

El libro va dedicado «para la corza que no me miró», y ello parecería remitirnos a los cancioneros medievales, a las ciervas remotas de los trovadores, a esos símbolos de belleza, pureza o inocencia que bajaban a beber al río, inconscientes de los peligros y los poetas que las acechaban. En ese sentido, De la Cruz parecería incorporarse a un grupo de jóvenes escritoras españolas que de un modo muy claro, concienzudo y planeado (pero cada una a su manera y por su sendero) andan reformulando esas tradiciones de la lírica popular, como Ángela Segovia, Laura Ramos, Óscar Díaz, Aitana Monzón o, hace nada, Violeta Vaca Delgado.

Y el epígrafe de san Juan de la Cruz que abre el libro no hace sino señalar que hay un deseo explícito de meterse «más adentro en la espesura»…, y no sólo en las frondas de la naturaleza real, que es una de las protagonistas del libro (o al menos mucho más que un decorado), sino en las simbólicas de la cultura, aunque a veces ello suponga «tropezar en el lenguaje», que es seguramente quien, por encima de todo, se oculta en este particular bosque de versos.

Sucede que la corza de la bonita y a la vez oscura dedicatoria (pero es que lo bonito y lo oscuro, bien mezclado, lo van a ocupar casi todo en estas páginas) regresa al libro para beber, ya en uno de los poemas («esa corza sedienta no me miró»), y también en el último, donde tal vez se asoman sus cachorros («la escena aún persiste. / dos corzos indefensos refugiándose / en todo lo que existe y lo que no»).

Y la poeta sevillana Laura Rodríguez Díaz, en su prólogo (que, como casi todos los prólogos de la Historia, debería ser un epílogo, y que por descontado hay que leer sólo cuando ya se ha recorrido todo el libro), apuesta por que esos esquivos y huidizos animales simbolizan «nuestra incapacidad de acceder a determinados significados», y de ahí se da un grácil salto de roca en roca para proponer una plausible interpretación general: «El poemario rastrea la sorpresa y el dolor que produce que el instrumento más eficaz de significación y apertura al mundo [esto es, el lenguaje] sea imperfecto».

Resulta que la que habla en los poemas no está sola, no se interna sola entre los árboles, sino que va acompañada de un tú, también muy poco definido, al que el yo se dirige casi constantemente

Pero hay más. El ya extravagante título del libro lo es porque es también el primer verso del primer poema, y en él se revela una primera persona del plural a la que necesariamente hay que atender: resulta que la que habla en los poemas no está sola, no se interna sola entre los árboles, sino que va acompañada de un tú, también muy poco definido, al que el yo se dirige casi constantemente: «te miro ahora a través de los sauces. / descansas con mi ropa. entretanto / acudo al centro del poema / si es que existe debajo / de algún lago algún poema»

Al margen de los ecos que en ello pueda haber, una vez más, del sublime Cántico espiritual, y sin perder de vista que, como dice Rodríguez Díaz, aquí hay principalmente «un desplazamiento interior», diría que en estos poemas ni el ‘yo’ es tan ‘yo’ ni el ‘tú’ es tan ‘tú’ ni la pareja es quizás una pareja, y que el tema del amor es bastante secundario en este asunto (aunque «lo confieso. también / soñé tu mano. / el bosque la envolvía. / noche través tu mano / blanquísima. deseada»).

Quiero decir que es muy fácil sentirse implicado en lo que aquí se dice, aunque no acabe de comprenderse, y se intuye que somos todos quienes nos metemos en la selva con quien habla o con quien escribe, no por estar invitados sino por quedar automáticamente comprometidos o concernidos por los propios movimientos del poema (porque no lo he dicho pero, por supuesto, aquí hay un solo poema unitario dividido, si acaso, en escenas, en secuencias, en movimientos [de los cuales reproducimos dos, completos, abajo]).

no es un libro demasiado «generacional», sino que resulta más bien intemporal, saliendo a la caza de un tono que inevitablemente está anclado en un tiempo

Aunque Cruzamos por el ras de la montaña se inserta claramente en un modo muy actual de escribir poesía, y en una línea estética de ahora (pero conectadísima con la tradición y endeudada incluso con la literatura oral, o con lo musical: «salvé una estrofa breve / que hablaba de unos viajes anteriores / a los nuestros. los cantos se fundieron»…), y aunque entre también en temas que preocupan hoy (tratados de forma oblicua y, una vez más, bastante opaca), no es un libro demasiado «generacional», sino que resulta más bien intemporal, saliendo a la caza de un tono que inevitablemente está anclado en un tiempo pero que es muy consciente de todo lo que no depende del calendario, queriendo huir de ello como la ya aludidísima corza o como esa «amada» de la página 59 que escapa de los ojos lectores de los “hombres muy leídos”…: «desconfío de estos hombres. ellos / nunca dialogaron con la amada. / su amor oculto nada me interesa. / un poema sin cuerpo es un cuadro / gris. los iris dislocados de los hombres / son un pozo. ella corre escapa siempre / rompe los espacios quiebra / el tiempo del discurso / y me acompaña».

El constante impulso metapoético, o metalingüístico, o metadiscursivo…, convive previsiblemente con símbolos eternos: la nieve, los pájaros, el lago; el camino que termina cuando empiezan los árboles; el umbral entre lo conocido y cotidiano y lo penumbroso y amenazante; el movimiento continuo en busca de sentido; el desplazamiento hacia la trascendencia; la atención y el afecto hacia quien, más o menos cerca en cada tramo, camina, leal, al lado.

Cuando leí Cruzamos por el ras de la montaña corrí de una forma casi literal (la propia autora me guió…) hacia el único ejemplar que se ofrecía por ahí de su primer libro, Los clavos que dan nombre a la metralla, un volumen casi cuadrado de 2019 hacia el que De la Cruz, según dice, siente ya cierta distancia, pero que, entre demasiadas citas y muchos juegos formales, sigue lleno de buenas ideas, de belleza desafiante e indirecta y hasta de gracia, de humor, aparte de una relativa ironía que felizmente se ha disuelto casi por completo en el segundo libro.

Y donde también hay «ras», ese no muy infrecuente pero sí rarísimo sustantivo que el DRAE define como «Igualdad en la superficie o en la altura de las cosas»: «el poeta lava su cuerpo / con agua de las alondras / negra dice pena negra / si es dulce el veneno si / de él vengo con él danzo / alzando puñales al ras»

La altura de las cosas… Prologando Fingir la fiebre, el nuevo libro del poeta mostoleño Cristian Piné, María de la Cruz le atribuye una «arquitectura del hueco que responde al orden de lo sagrado»… Es algo que ella podría aplicar a su propia palabra y, sobre todo, a su propia actitud literaria, en la que abiertamente no hay un lamento por los silencios que guarda el mundo, sino que más bien se agradecen, como si se sintiese una paradójica seguridad al comprobar que habrá siempre sitios llenos de cosas para nosotros en los que nunca podremos penetrar.

Hay que celebrar, en fin, la indiferencia que sienten las corzas y las aves por nosotros y por nosotras. Hay que aplaudir que la realidad guarde secretos, que la naturaleza se retraiga incluso cuando nos franquea el paso y parezca acogernos o refugiarnos, que la vida implique la permanente vigencia de preguntas interminables y que tengamos que aceptar tantos silencios, tantos misterios que a su vez dan paso a otros, aunque lo exacto es que «no existen los misterios invisibles. queda siempre / un testigo».

 

María de la Cruz

anoche

tan cerca de la infancia

leí un salmo. mucho

después tú sacudiste un sauce.

cayeron varios frutos luminosos.

dijeron caminad. y caminamos.

nuestros cuerpos violentados por la nieve

————

la velocidad de tus palabras

me hace creer que aún no

te has percatado. aquí

todo se muestra repetido.

rocé los huesos arañados

de un reptil. míralos. son iguales

a los primeros huesos de este mundo.

el jugo que he bebido de tu mano

alimentó a los álamos. y la luz

entrecortada que ayer nos asustó

rompió también el sueño de una yegua.

todo lo que vemos ha ocurrido

muchas veces. el valle es un cantar

a cada canto se reescribe

 

*Ficha técnica: María de la Cruz, Cruzamos por el ras de la montaña, Córdoba, Cántico, 2023. Prólogo de Laura Rodríguez Díaz.

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