Mucha luz sobre La Plaza Invisible para recibir a Noelia Palacio Incera (Santander, 1985), que llega hasta la glorieta de San Víctor con Cruzar la noche, un segundo libro suyo que ha sido publicado en Madrid por la editorial Vaso Roto (con el apoyo, desde Santander, de la Fundación Gerardo Diego).
Palacio Incera, que se dedica profesionalmente al cuidado y al acompañamiento de niños enfermos u hospitalizados, recurre en este libro a los cuentos tradicionales para tratar de aceptar lo incomprensible, o para soportar lo insoportable, pero lo hace con una sensibilidad, una cautela y una dulzura admirables.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
Hay gente que se diría que acude a la poesía para ensuciarla, como si los folios en blanco fuesen una pulcra e inmaculada toalla que utilizan para limpiarse, para reponerse, para curarse, y después, ya liberados, ya desahogadas, tras verse beneficiados…, la dejan hecha un asco y tirada en el suelo para que la recojamos quienes vengamos por detrás, sin posibilidad de no verla o de esquivarla.
Y mientras tanto siempre hay otros y otras que, con una discreción sobrenatural, generalmente aparte, en las habitaciones del fondo, de forma muchas veces invisible…, andan haciendo coladas, cambiando las sábanas, limpiando las ventanas, cocinando en secreto algo sano y rico para todos.
¿Qué es lo que quiero hacer yo con la literatura?, debería preguntarse todo el mundo antes de lanzarse a ampliarla con nuevos textos. ¿Quiero ser alguien que incremente el ruido, la amargura, la mentira, lo barato o la confusión o quiero intentar contribuir a poner un poco de orden, a reunir un poco de luz?
Como ando bastante familiarizado con mis propios prejuicios, intuyo que si yo no supiera nada de Noelia Palacio Incera (Santander, 1985) y alguien me diese a leer el índice de su primer libro (publicado en 2020 por la Diputación de Soria), pensaría «uy, mal asunto»: allí había poemas titulados Sedación, Cáncer, Quimio, Despedidas, Enfermedad refractaria, Aislamiento o Fases del duelo, es decir, temas delicadísimos y dolorosos protegidos por un título general, Hallar la vía, que ya tenía claras resonancias clínicas.
Y sin embargo, antes de leer la poesía de la autora conviene detenerse en la solapa (algo que en otros casos es más bien poco recomendable) y comprobar que Palacio Incera es «psicooncóloga y experta en cuidados paliativos y duelo» y que «trabaja con niños y adolescentes con enfermedad oncológica y sus familiares en el contexto médico». Quiero decir que antes de valorar su talento ya había que reconocerle, cuando menos, su autoridad, algo que, en temas tan extremadamente sensibles, no se trata sólo de una autoridad profesional, sino de cierta autoridad moral, una especie de derecho a opinar que los demás, simplemente, no tenemos.
O dicho de otra manera: ella sí puede escribir sobre todos estos traumas y todas esas injusticias cósmicas porque para ella esas experiencias terribles no son una excepción ni un merodeo sino su rutina, casi su vida. Y si los demás seríamos incautos (o incluso tramposos) al decir cualquier simpleza o cualquier exceso sobre ello, incluso habiendo pasado por algún trauma relacionado, ella, sospecho, debe de sentir algo así como una obligación o, mejor, una responsabilidad.
Probablemente la enfermedad, el sufrimiento o la muerte no tienen significado, no responden a la voluntad de nadie ni tienen ningún motivo (…), pero podemos buscarles un sentido, abrigarlas con algún relato sobre todo para dar paz a los que han de irse y consuelo a quienes han de quedarse
Ya fue coautora, junto a Marcos Díez, de ¿Qué le pasa a Amara?, un álbum ilustrado para niños en el que se trataba el tema del cáncer infantil, y ya hemos visto que muchas de las páginas de Hallar la vía asaltaban naturalmente los mismos territorios (y digo naturalmente porque siempre he pensado que alguien que se dedica a estas cosas debe de hacerlo necesariamente en cuerpo y alma, no puede ser capaz de desconectar de su trabajo, ha de hacerlo con una vocación o una implicación absolutas…), pero esos prejuicios ante los títulos que mencionaba arriba se deshacían en cuanto se disfrutaba el tono, tan pudoroso, con el que se exponían las cosas: «Acéptalo. / El cuerpo habla otro lenguaje. // Así es como avanza este amor».
Siete párrafos después, llegamos por fin a Cruzar la noche, que es el segundo libro de la autora y con el que, en mi opinión, da un paso adelanto o incluso un salto hacia arriba en al menos dos sentidos. Por un lado, insiste con decisión y fuerza en los asuntos mencionados («Yo no me repito, yo insisto», decía el pintor Ramón Gaya…), pero lo hace volcando un cubo de ficción o, para decirlo más precisamente, recurriendo a la tradición literaria, a los cuentos clásicos, para tratar de entender y asumir las cosas malas y, sobre todo, para concederles una posible trascendencia.
Probablemente la enfermedad, el sufrimiento o la muerte no tienen significado, no responden a la voluntad de nadie ni tienen ningún motivo, simplemente suceden, como la lluvia o la dilatación de algunas maderas, pero podemos buscarles un sentido, abrigarlas con algún relato sobre todo para dar paz a los que han de irse y consuelo a quienes han de quedarse.
Aunque contiene algunas (preciosas) sentencias rotundas (mi favorita: «Eres buena porque puedes cambiar»…), no pretende dar lecciones sino abrazos
Apoyados en Caperucita Roja, Blancanieves, Pinocho, Los tres cerditos o las aventuras de Alicia, en el libro hay, en efecto, poemas que, de uno u otro modo, se dirigen a las personas enfermas, o a las personas sanas que preguntan por la enfermedad, o a las personas próximas a las personas agonizantes, o a los niños que sufren algún tipo de violencia, o a su propia hija, o incluso a las personas que ya se han ido. Y, con ellas, por supuesto, a todos los lectores, implicadísimos en un libro que crea un clima especial, un cariño infinito, una empatía universal y sin tiempo: «Todo sigue creciendo, aunque lo cortes: / la zarza o el jazmín. / Crece el amor igual que crece el daño».
Aunque contiene algunas (preciosas) sentencias rotundas (mi favorita: «Eres buena porque puedes cambiar»…), no pretende dar lecciones sino abrazos, quiere acompañar y no adoctrinar, y me parece de verdad un libro muy especial, de enorme delicadeza, lleno de sensibilidad de calidad, algo no muy frecuente. Me encandila el enfoque, me parece una buena idea muy bien ejecutada y, en fin, me lo creo de forma radical. No es que me lo crea, es que sé que es verdad. Y me gusta que se aborden las zonas oscuras de la vida de esta manera tan suave y melódica.
Aquí se va conformando un mundo íntimo intachable, lleno de versos buenos y bonitos, de ideas bien lanzadas, concisas, sin palabrería, y obtenemos un ejemplo de cómo afrontar las cosas malas (enfermedades, muertes, ausencias, violencias, abandonos, dolor…) de otro modo, más una caricia que un susto, más ternura duradera que estratégica chatarra gótica: «Cuando quieras morder una manzana, / no olvides tu raíz. // El amor primigenio / rescata del veneno».

DURMIENTES
Las semillas a veces necesitan lo oscuro,
un cobijo de sombra,
no sólo la diamante y pura luz.
Hay noches que sepultan el dolor,
anestesiándolo.
Durmiendo las semillas se transforman,
las riega algún saber que anda escondido
en el vibrar secreto de los sueños.
¿Quizá por eso duermen más los niños?
¿Quizá por eso duermen los enfermos?
Observo ahora a una niña en su letargo.
Espero que despierte
por si trae en sus ojos,
cuando vuelva a mirarme,
una respuesta.
*Ficha bibliográfica: Noelia Palacio Incera, Cruzar la noche, Madrid, Vaso Roto (col. Poesía, nº 230), 2025 (noviembre).








Precioso poema. Gracias