‘Deshabitar el cuerpo’: dentro de mí, yo misma

María Martín

Dedicamos la última reseña del año 2023 en La Plaza Invisible a unos poemas incisivos hasta lo escarbador, un libro muy serio y agridulce que supone el debut literario de María Martín Hernández (Zaragoza, 1996).

Tras resultar victoriosa en la primera convocatoria del nuevo Premio Internacional de Poesía Joven Ángel Guinda, Deshabitar el cuerpo ha sido publicado en Zaragoza, en septiembre de 2023, por la editorial Olifante.

María Martín
La poeta zaragozana María Martín, última visitante de La Plaza Invisible de este 2023 / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

No nos gustan los libros sin solapas, pero sí nos caen bien si están justificados, si traen algo especial, por ejemplo una nueva colección, un diseño sencillo…, y más aún si arranca con una autora joven, una ópera prima de aire renovador, la esperanza que se une a la alegría de todo nacimiento.

En este caso la editorial es la zaragozana Olifante, la colección será Aiseúl, la poeta es la debutante María Martín Hernández (Zaragoza, 1996) y el libro Deshabitar el cuerpo, con el que además ha ganado un nuevo premio que lleva por nombre el de un enorme poeta, un amigo generoso.

Deshabitar el cuerpo es un animal de cuatro patas (quiero decir que se sostiene en cuatro partes) que respira muy bien, un animal a ratos manso, tranquilo, apaciguado, y a ratos temible, amenazante, casi peligroso… No tiene nada de culturalista pero se le notan mucho algunas lecturas, algunas influencias, aunque a la vez es de un eclecticismo muy desprejuiciado e inclusivo: hay epígrafes de Luis García Montero y de Chantal Maillard, de María Zambrano o de Gonzalo Rojas, de Severo Sarduy o de Rafael Alberti…

El tono general es el de calma extrema (la misma que transmite su autora, tan serena, prudente y observadora), pero contiene latigazos que te sacuden de repente, no exactamente inesperados pero sí violentos, descarnados: «me vuelvo un perro / que busca su propio cadáver / bajo tierra».

Esos sustos que da la poeta están casi siempre, como el del ejemplo recién citado, relacionados con lo orgánico y con su corrupción, con lo físico, con el destino material de las entrañas…, pero a mí me impresionan mucho más cuando no se quedan en eso y hacen más transparente el siguiente paso de lo visceral, su relación con el lenguaje, es decir, con la propia poesía: «Me he rajado la garganta / para llegar a la raíz / de esta sombra. // Acorrala / hiere / mutila // las palabras». O bien: «El abismo es una carcajada / que se hunde en el lenguaje»

O el poema titulado Palimpsesto, que tiene un gran final: «Rasgo el poema / arrodillada sobre la materia prima / de las palabras. // La luz tintinea convulsiones / para deconstruir las sombras / que sacian la hemorragia / en el centro del lenguaje. // Dentro de mí, yo misma».

Yo siento o incluso que ella siente o sabe que las palabras son el camino, pero es más complicado descubrir a dónde conduce éste y qué están buscando aquéllas. Celebrar, desde luego, celebran poco, pues lo que predomina en estos poemas es cierta oscuridad, asediada a través de la insistencia en el «hambre», el «insomnio», el «silencio», las «grietas», las «heridas»… La pretendida y lograda calma de este libro no es una calma apacible, no es tranquilizadora. Siempre se intuye que algo va a pasar, y de hecho sucede aunque no se diga.

Creo que «cuerpo» es el sustantivo más utilizado en los últimos años por los/las jóvenes poetas, y por eso conviene avisar que maría Martín Hernández lo aborda, esencialmente, como metáfora, sin el realismo directo y, digamos, autobiográfico de otros autores. Aquí el cuerpo no es superficial porque no es el físico sino algo claramente simbólico, no es el presente sino algo que nos remonta hacia atrás, no es lo que tocamos al tocarnos sino lo que fuimos o en todo caso lo que seremos, no lo que está sino lo que se nos escapa.

Ante la simpleza irrelevante de otros discursos, María Martín Hernández trata de arañar

Quiero decir que el yo que habla en estos poemas no está obsesionado consigo misma sino, tal vez, con todos nosotros, con la propia existencia y su incomprensibilidad. Aquí no se odia el propio cuerpo, como en tanta poesía actual, no se reflexiona de forma amarga y narcisista sobre supuestas imperfecciones y complejos, no se vive agobiada por las miradas ajenas sobre una sino por la propia mirada sobre lo real y la propia intuición sobre lo que bajo ello se esconde. La angustia no viene dada por la inmadurez sino quizás por lo contrario, por un exceso de consciencia.

O dicho de otro modo, tal vez más gráfico, aquí no hay estrías sino grietas, no hay acné sino enfermedad, no hay vello sino muerte. Ante la simpleza irrelevante de otros discursos, María Martín Hernández trata de arañar: «Hay tinta seca / bajo los surcos de mis uñas. // Escarbo con versos / los escombros / de la memoria».

 

María MartínVENDRÁN LAS SOMBRAS

 

Todavía siento el crujir de la memoria,

las estancias vacías en las que estuve,

el cuerpo frío de los insectos

sobre la mesa.

 

Escribo para fracturar las sombras,

para que se extingan los relámpagos de la noche

y la palabra se consuma con ellos

en un solo verbo.

 

Escribo para vaciarme las entrañas

de lo que he visto

y no puedo nombrar.

 

*Ficha técnica: María Martín Hernández, Deshabitar el cuerpo, Zaragoza, Olifante, 2023

 

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