‘Educación de una cortesana’: la secreta nobleza

Ani Galván

La Plaza Invisible se abre hoy para recibir a Ani Galván (Murcia, 1992), que nos trae esa Educación de una cortesana (Ediciones Torremozas) con la que obtuvo en 2022 el Premio Carmen Conde de Poesía.

Se trata de un libro mucho más sereno que exótico, más bonito que voluptuoso, muy comedido y lleno de hallazgos notables, de pequeñas muestras de sensibilidad, cultura y sabiduría.

Ani Galván
La poeta murciana Ani Galván, amarilleando en nuestra Plaza Invisible /Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

La Región de Murcia se ha convertido en el último lustro en un sorprendente epicentro de la poesía española, pues a los nombres veteranos de Eloy Sánchez Rosillo, Dionisia García, Pedro López, Marisa López Soria, Antonio Martín Albalate o, si no hay más remedio, José María Álvarez (y cito sólo a los que tienen libro o reedición reciente), se han venido a unir la consagración de José Daniel Espejo, Juan de Dios García, José Alcaraz, Cristina Morano, Alberto Chessa, Diego Sánchez Aguilar, Ícaro Carrillo, Alicia Párraga, Antonio Gómez Ribelles o Vicente Velasco Montoya, y, por si fuera poco, los debuts o la confirmación de (nombro sólo a los que he leído…) María Sánchez-Saorín, Violeta Nicolás, Pablo Baleriola, Andrés María García Cuevas, Juan de Beatriz, Lola Tórtola, Luis Escavy o Jesús Pacheco.

A esa lista (no exhaustiva: que nadie se enfade…), que daría para una sobresaliente antología local, se unió hace ahora catorce meses Ani Galván (Murcia, 1992) al publicar su segundo libro, Educación de una cortesana, un conjunto de poemas, divididos en dos secciones, con los que, apuntándose a una tradición fecunda, la autora parece hablar de sí misma «disfrazándose» de mujeres antiguas, o atribuyendo sus propios sentimientos o experiencias a personajes lejanos, ficcionalizando su propia vida no tanto, supongo, para hacerla exótica como, intuyo, para amortiguar la confidencia.

Así, un libro muy confesional se hace de repente pudoroso, aunque es un libro diverso y contiene poemas que, muy en la línea del Contra el verano de Rocío Simón, hablan de un complot estival: «odiaba el verano y su fiera conspiración contra mi cuerpo»

No se disimula que el amor es el gran tema de este libro, su pequeña obsesión, y se cree en él de un modo ya un poco anacrónico

Pero lo que más abunda, desde el mismo título, es el recurso a trasuntos de muchas épocas, siempre lejanas en el espacio o en el tiempo, como el poema titulado una virgen de la Antigua Roma, que es uno de los últimos y de los mejores, o en la extensa y preciosa cantiga de amiga, en la que Galván se une a esa curiosa lista de poetas jóvenes que recrean y reinterpretan con conocimiento de causa la literatura medieval (hablaba el otro día de ello, al hilo del libro de Óscar Díaz), y que culmina de un modo sublime, lleno de símbolos y de belleza: «que la secreta nobleza / de un laurel / hable por nosotros».

Todas las mujeres de este libro (sean o no representantes de la mujer que lo escribe) nos dan buenas muestras de sensibilidad, cultura y sabiduría, y también de inteligencia, conscientes de quiénes son y cómo pueden hacer para que su vida sea satisfactoria en medio, a veces, de circunstancias poco amables o facilitadoras. «Desear / fue aprender / a estar callada», afirma una que sabe que, con cautela, al final todo se colocará a su favor, mientras otra explica con muy buena puntería qué es lo que siente alguien que, de repente, se descubre enamorado: «he empezado a recorrer mi vida a través de tus ojos […] ver mi vida a través de tus ojos / quizá sea eso amar: / la mirada propia / en el instante en que deja / de pertenecerte».

No se disimula que el amor es el gran tema de este libro, su pequeña obsesión, y se cree en él de un modo ya un poco anacrónico, a juzgar por lo que suelen escribir nuestros/as treintañeras/os. Por ejemplo, proyectándose en alguien que, tras recorrer juntos toda una vida benéfica («no escatimes en ternura / cuando repitas de quién eres»…), hace una bonita declaración de entrega total (y, con ella, de generosidad buscada por ambos): «te amaré tanto / que seré yo / quien pose la cuchara en tus labios / y en el temblor / encuentre alimento».

Eso sí: ante las expectativas excesivas de la primera juventud («dijeron que la vida era un dibujo»), llega un momento en que cabe interrogarse: «¿es esto todo?, te preguntarás / después del sexo, el amor, la muerte // los hitos del vivir quizá defrauden»… La respuesta, parece que le parece, es más amor consciente, activo, gozoso: «y podría ser amor este sudor y esta savia nueva y esta grasa tibia / venerada en el altar de unos dedos puros». Pues «yo, poeta, escojo adorar / el vetusto idioma de las manos».

Porque todo ese amor es, al cabo, una forma de reafirmarse, de hacerse con una misma, de tomar las riendas de la propia vida, como también busca, rebelde, quien en otro poema se hace un tatuaje que disgusta a su familia: «todos mis lugares vírgenes eran peligrosos // no pude recuperarlos sino así: marcar es poseer / en todas las mitologías».

Y con todos esos mimbres se arma un libro fresco pero nada primerizo, un libro maduro y trabajado, instintivo pero literario, donde el afán de hermosura y la renuncia a cualquier tipo de agresividad se someten a una calidad, digamos, natural

Si hay que decepcionar a los demás para ser una misma, no hay miramientos, y en ello no hay egoísmo sino pura conciencia de lo que significa estar viva y ser más o menos libre: todas las mujeres de estas páginas buscan su bien, pero comprenden que eso no se logrará sin la armonía externa, sin el bien de los demás, en un equilibrio tan difícil como necesario. Creo que a eso se refiere esa «secreta nobleza» que citaba más arriba.

Y con todos esos mimbres se arma un libro fresco pero nada primerizo, un libro maduro y trabajado, instintivo pero literario, donde el afán de hermosura y la renuncia a cualquier tipo de agresividad se someten a una calidad, digamos, natural. Si las dos secciones se titulan educación física y educación sentimental no es por nada sino por dar una estructura transparente a un aprendizaje complementario (y común, universal…), aunque en ambas secciones hay referencias a los dos ámbitos: el corporal (protagonista de tanta poesía joven contemporánea) y el de la mirada, el interior.

El horizonte es el amor (y un amor, además, ideal, idílico, perfecto…, lo cual pasa necesariamente por lo físico, por lo erótico…) y se busca afanosamente a través de la literatura. Y se hace así no a pesar sino precisamente porque se tiene claro que «sólo las leyendas y las mentiras permanecen».

 

Ani GalvánEL ABRAZO

 

¿a partir de qué momento termina el abrazo

condenado a construir y empieza el abrazo

condenado a la destrucción?

dime, ¿conoces la frontera?

¿una alteración del aliento, un descenso específico

en la presión de los brazos?

dime, ¿pudiste percibirlo

la última vez que nos atamos

o te blindaste –como yo– en el baluarte

de una última esperanza?

si me desprecio

no es por necesitar

tu vuelta –incluso ahora, siendo el orgullo

el más íntimo de los fantasmas–;

si me desprecio es por desasirme

de aquel abrazo

no haberme confiado a su infinitud

no haberme aferrado

al espacio inútil en contenernos

y en el que hoy

rociada de sal

herida de escarcha

me encuentro a solas

 

*Ficha técnica: Ani Galván, Educación de una cortesana, Madrid, Torremozas, 2022

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