Educación y teatro: la posibilidad de ser

Garcés y Conejero
Garcés Conejero
La filósofa Marina Garcés y el dramaturgo y poeta Alberto Conejero

Los espacios que creamos son constructos, artificios en los que se puede desarrollar la fuerza omnímoda del poder establecido o la libertad de buscar preguntas entre todos para comprender(nos) desde lo común. Necesitamos esos espacios para encontrar el momento (coordenada tiempo) de reflexionar sobre cómo construir el futuro.

Núria Ribas / @nuriaribasp

Eso es lo que propone, un espacio y un tiempo, Teatro de la Abadía con su ciclo El faro de la Abadía. Que, como dejó claro Juan Mayorga, dramaturgo y director de este emblemático teatro, «no es que la Abadía muestre un faro que guía, si no que la Abadía busca ese faro». De hecho, invita a buscarlo entre todos.

Garcés y Conejero, mano a mano

El lunes 16 de enero, les tocó participar en esta búsqueda a dos personas que inspiran porque reflexionan desde la honestidad y desde lo colectivo: la filósofa y profesora Marina Garcés y el dramaturgo, director teatral y poeta Alberto Conejero. Lo hicieron ante un auditorio abarrotado, hablando sobre educación y teatro. Y partiendo de una más que feliz coincidencia: la colaboración (e inspiración) de Garcés en la obra de Conejero y Xavier Bobés, El mar.

Coproducida por el propio Bobés y el TNC, cuenta la historia de un maestro rural de la II República, Antoni Benaiges, torturado y asesinado por los fascistas recién empezada la Guerra Civil. Antes, Benaiges promete a los niños de la escuela rural de Burgos donde ha recalado desde su Tarragona natal que les llevará a ver el mar. Mientras ese momento llega, entre todos (otra vez lo común) escriben y publican en enero de 1936 el librito El mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca.

Benaiges no pudo cumplir su promesa, obviamente, pero la obra (podrá verse en La Abadía del 15 al 26 de febrero) se erige como un homenaje a él y a todos los maestros. También a ese espacio que es la escuela, el aula, como promesa de posibilidad, desde el más estricto respeto a que cualquiera de nosotros es capaz de aprender, comprender y crecer en el marco que podría ofrecer un sistema educativo reivindicado como lo más importante que tenemos entre manos (es, como apuntó Conejero, el espacio donde interactúa el pasado -todos aquellos conocimientos y valores acumulados-, el presente y el futuro -esos alumnos serán los adultos que, entre otras cosas, votarán-).

Garcés y Conejero
De izquierda a derecha, Alberto Conejero, Marina Garcés y Juan Mayorga, en un momento del coloquio.

Pero puede ser también, avisa Garcés, el espacio que legitime las estructuras de poder impuestas. Igual que el teatro, que también puede formar parte de esas estructuras artificiosas que legitiman nacionalismos o visiones de cómo nos debemos construir a partir del espacio/tiempo que nos ha tocado habitar.

la conversación basculó entre la esperanza y el desasosiego

La conversación entre Garcés y Conejero, apuntalada por Mayorga, y punteada luego por la intervención del público, basculó entre la esperanza y el desasosiego. La esperanza de la posibilidad que ofrece tanto el teatro como creación comprometida y el aula como espacio de encuentro y de posible deconstrucción del individualismo imperante. Desasosiego, especialmente en el mundo educativo, por la constatación de que vamos perdiendo, al menos en este país, al tener que ‘fiarlo’ todo a la heroicidad de unas y unos maestros con el sistema en contra: poco valorados, poco presupuesto, falta de motivación y un desmantelamiento progresivo de la educación pública para ahondar en la segregación social y económica.

Que el aula y la escena sean espacios de resistencia y disidencia ante el tsunami de especialización torpe y el arrinconamiento de las humanidades en pro de la todo poderosa técnica depende de si conseguimos que esos espacios lo sean de asombro. «Aunque sean espacios falibles», como reconoce Conejero, son lugares de disputa, personal y colectiva. Sobre todo, colectiva. Si conseguimos que sean espacios donde se lleva a cabo «la tarea alegre de aprender», entonces, habrá valido la pena.

Dos espacios, además, que comparten un instrumento común: el lenguaje (a través de la palabra, pero también del gesto, de la proximidad de los cuerpos). De nuevo, el lenguaje puede ser lazo opresor de caminos impuestos por el poder hegemónico o ser puerta de entrada a la disidencia, a la libertad. Como dice otro grande, Emilio Lledó, «(…) la libertad de las personas [en la Grecia antigua, a la que tanto apeló Conejero durante el debate, aunque Garcés torciera el gesto ante tanta mitificación] se relacionaba directamente con la libertad de las palabras. Una libertad que no era otra cosa que la posibilidad de pensar, la posibilidad de ser». [1]

Una posibilidad, eso es lo que nos puede ofrecer la educación y el teatro. Y si puede ser desde la trinchera de la alegría, desde esos «modos alegres de estar juntos para hacer lo común», mejor que mejor. [2]

[1] Lledó, Emilio, Identidad y amistad. Palabras para un mundo posible, Madrid, Taurus, 2022.

[2] Garcés, Marina, Malas compañías, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2022.

 

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