‘El decorado’: una curiosidad metafísica

Miguel Rojo

Miguel Rojo (Madrid, 1985) es, ante todo, un hombre de teatro, y cuando baja de los escenarios para ponerse a escribir versos no deja todos los disfraces a un lado, ni el maquillaje, ni la ficción. Tanto es así que de hecho ha firmado sus poemarios anteriores con un seudónimo, Ángel Talián, y ahora dice que esto de Miguel Rojo es otro apócrifo, otro nombre falso.

Bajo esa nueva firma suscribe El decorado, un libro que fue editado en Valencia por Pre-Textos en junio de 2023, y que, más que escénico, como su título podía hacer temer, es narrativo, pero también filosófico, sin dejar de ser eminentemente lírico, una gris aventura urbana que se convierte, por sorpresa, en una película del Lejano Oeste. Todo, en La Plaza Invisible.

Miguel Rojo
¿Será Miguel Rojo o Ángel Tailán el que esta semana se acerca a La Plaza Invisible? Veremos… / Foto: J.M

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Hace varios años que soy amigo suyo y todavía no sé cómo se llama, o no estoy del todo seguro. Es lo que tienen las máscaras, las bambalinas, los camerinos, el despiste. Porque Miguel Rojo (Madrid, 1985) es un hombre de teatro, miembro fundador de la compañía Los Bárbaros, y me da que lo de la poesía lo tiene como un refugio tras tanta exposición, algo menos efímero y más silencioso a lo que agarrarse. A mí me pasaría.

En 2021 publicó en La Uña Rota un precioso libro de poemas ¿para niños?, Zeta, y ése fue el primero que firmó con este nuevo nombre, que probablemente sea de verdad el suyo. Pero ese libro, por su naturaleza infantil, ingenua o incluso un poco fantástica, no nos ayuda mucho.

Por el contrario, en la nota que cierra hoy El decorado, el poeta, tal vez sobre-explicándose un poco más de la cuenta, explica que con este nuevo libro se cierra una trilogía que comenzó con La paciencia salvaje (Amargord, 2016) y continuó con El sobre la nieve (Balduque, 2016), no sólo publicados el mismo año sino escritos ambos por un tal Ángel Talián. Y dado que, al parecer, los tres forman algo más o menos unitario (la trilogía de los solitarios, nada menos), me ha tocado releerlos. Uno intenta ser serio.

Del primero, aparte del gran título (que procede de Adrienne Rich), un fragmento en el que ya el taedium vitae del protagonista parece estar ocurriendo ante los ojos de un público, que no creo que sean los lectores, o no exactamente, sino unos espectadores ideales o conjeturales, ajenos tanto al autor como a los personajes como a quienes leemos: «la espera el repiqueteo de tus botas / sobre el escenario / tu mirada a la ventana / siempre a la ventana».

Aquel libro expresaba algo así como una eterna tarde de domingo, y no creo que fuese la intención de Rojo (entonces Talián), pero que entre sus versos cite algunos de Miguel d’Ors o Felipe Benítez Reyes no hace sino aumentar la sensación de aburrimiento, que a veces devenía algo más serio y amargo: «la noche una alcantarilla oscura / un desagüe por el que se pierde / un sofá viejo un cojín viejo una manta / la televisión / lo mismo hasta que reventemos / la ventana el viento la calle / un presentimiento absurdo me recoge / quizá mañana venga quizá / lo mismo hasta que reventemos».

En cuanto a El sol sobre la nieve, era un libro muchísimo más narrativo, y además un libro viajero, con poemas ubicados, sobre todo, en Estados Unidos, donde el narrador leía a Jorge Manrique o a Antonio Machado. Allí se ganó algo. Leíamos hace dos párrafos que «siempre la ventana» y, efectivamente, la luna de vidrio que separa el adentro del afuera volvía a tener una función, no muy distinta a quien mira la televisión o, ya puestos, quien ve una representación, una coreografía ensayada, una alegoría improvisada, una especie de flash-mob natural: «me siento en la ventana / para ver nevar / y la nieve se acumula / sobre el alféizar / construye / contra el cristal /una mullida muralla / una frontera de nieve / entre mi cuarto y la ciudad».

sin ningún problema teórico, podríamos hasta considerar ‘el decorado’ como una novela. Una novela en verso, claro, y una novela lírica, pero una novela en la que la forma textual de los capítulos, poemática, no nos debe despistar

Al lector o relector de esos libros le alegrará comprobar que El decorado comienza con un tono un poco (sólo un poco) menos tristón. Tras un poema-prólogo que tal vez dé las claves personales de lo que seguirá, un niño asistiendo a la proyección de un cine de verano, con todo su tinglado y su atención…, se accede a unos poemas que vuelven a ser totalmente líricos, aunque todos forman parte ya no de una narración sino de algo que, sin ningún problema teórico, podríamos hasta considerar una novela. Una novela en verso, claro, y una novela lírica, pero una novela en la que la forma textual de los capítulos, poemática, no nos debe despistar.

Quien nos habla en los primeros poemas (por ejemplo en el primer movimiento de los dos que reproducimos completos abajo) es un narrador cuando menos emparentado psicológicamente con los de los libros recién revisados, más abúlico e inactivo, poco motivado en la ciudad, con aires evidentes de flâneur: «camino por la ciudad y asisto al espectáculo de mí mismo». Eso podría haberlo dicho Baudelaire, o Bernardo Soares. Por lo demás: «miro la ciudad con apatía los lunes a la misma hora siempre pasa un viejo chino montado en un / extraño patín / se desliza por la ciudad como si fuese el encargado de cerrarla».

Pero, a diferencia de los de los libros anteriores, este espectador de sí mismo vive acompañado por una tal Clementine. Y juntos, al superar los trece primeros poemas, deciden hacer un viaje al sur, al desierto andaluz, lo cual evoca las piscinas y los calores norteamericanos del libro segundo. Es como si el protagonista de La paciencia salvaje hubiese decidido, de repente, reaccionar y convertirse en el narrador de El sol sobre la nieve.

tras los trece primeros poemas, comienza otro libro, definitivamente más simbólico, donde la llegada a esos viejos pueblos-plató de Almería donde se rodaban spaghetti-westerns culmina la aventura interior del asunto

Y entonces comienza otro libro, definitivamente más simbólico, donde la llegada a esos viejos pueblos-plató de Almería donde se rodaban spaghetti-westerns culmina la aventura interior del asunto, y dispara las implicaciones, digamos, ontológicas, esa “curiosidad metafísica” de la que habla en el segundo fragmento transcrito debajo.

Hay un solo árbol en un inmenso espacio de terreno, y resulta que es de mentira. Hay un pueblo de cartón-piedra abandonado, y allí tiene lugar un delirio, o un sueño, o un espejismo, en el que el narrador se enfrenta a todo un ejército de yoes: el sheriff, el forajido, las bailarinas, el barbero, las camareras u otro chino que acierta a aparecer por allí, ya no en patín sino en caballo. Es el momento en el que también el humor se dispara (nunca mejor dicho), y donde tanto hastío y tanta desazón se transforman en autoparodia, mientras se pasea por «el desierto de los pensamientos».

Al final el libro, claro, se pregunta por la realidad, y de ahí a interrogarse por la propia identidad sólo hay un paso, o un verso: «si todo es decorado y todo es representación / si todo es mapa / este propio escribir / este mover la mano […] ¿es atrezo / digo / y estas líneas ¿las estará leyendo alguien más que yo / son entonces diálogo que yo escribo / o diálogo que alguien me escribe».

Tal vez no sea extremadamente original, pero es muy comprensible que uno se haga estas preguntas en este mundo, donde todo se ha desdibujado tanto, donde todo es tan confuso y se diría pensado para aturdir. Incluso quienes nos damos bastante igual, y no sentimos ninguna curiosidad por nosotros mismos, podemos comprender esa pulsión por pensar en eso que los solemnes llaman «el sujeto moderno», perdido entre la multitud, solo entre la masa, sintiendo indiferencia por todo y, desde luego, recibiendo toda la indiferencia de la Creación. Es un tema moderno, pero a la vez es ya también un viejo tema, un asunto clásico, y en El decorado Miguel Rojo le da una vuelta nueva, distinta, divertida, autoexigente, arriesgada y profunda.

Miguel Rojo

pasan los días todos parecidos

la ciudad pese a lo que digan siempre es personas extrañas que parecen las mismas

tejados planos

coches que van donde van los coches

breves rutinas encadenadas

como la radio encendida

el ahora deshojado

luz tímida

realidad retractilada

paraíso para gente sola

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por esta y por otras tantas cosas ahora pienso en las razones que uno podría tener para

y sólo encuentro lo que no son razones no es monotonía aburrimiento acaso son cosas que acabo disfrutando ni siquiera debería caer en la dialéctica goce no goce ahí no están las razones puede ser que no haya eso a lo que llamamos razones

simplemente una curiosidad metafísica que no tiene nada que ver con ser feliz o estar triste

con lo lleno o lo vacío

con la enfermedad o la salud

con echar de menos algo echar de menos algo

que nunca se ha tenido

*Ficha técnica: Miguel Rojo, El decorado, Valencia, Pre-Textos, 2023.

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