El Lyceum Club, la grieta en el armario de Fortún

Elena Fortún

Era Encarnación pequeñita, de ojos grandes negros, ocultista, teósofa y espiritista, muy simpática, excelente persona, vegetariana, y un poco chiflada”. Así describe Carmen Baroja a Elena Fortún/Encarna Aragoneses en su Recuerdos de una mujer de la Generación del 98. Una simpatía que era compartida por la mayoría de sus compañeras del Lyceum Club, el único espacio de libertad intelectual y social, probablemente, que encontró Encarna Aragoneses a lo largo de su vida, tanto en España, como en el exilio.

Núria Ribas / @oikit

Elena Fortún

Otra Carmen, esta vez Martín Gaite, le contó hace ya muchos años al filósofo José Antonio Marina que, cuando buscaba información sobre la autora de los cuentos de Celia y Cuchifitrín, en el primer libro de la serie sobre CeliaCelia, lo que dice– encontró una palabra que le intrigó: Lyceum.

En este libro, la madre de Celia quedaba muy a menudo a tomar el té con “sus amigas del Lyceum”. Martín Gaite siguió la pista y descubrió lo que ahora ya es bien conocido: que el Lyceum Club era una asociación cultural fundada en Madrid por un interesantísimo grupo de mujeres de todas las tendencias políticas.

Su fundadora y presidenta fue nada menos que María de Maeztu, una imprescindible en la lucha por la modernización del papel de la mujer en la España de los años ’20 y ’30, especialmente durante la II República. De hecho, Maeztu era también la directora y alma mater de la Residencia de Señoritas, el análogo femenino de la Residencia de Estudiantes de Lorca, Dalí, Buñuel y tantos otros.

Elena Fortún (Madrid, 1886-1952) formaba parte del Lyceum. De hecho, fue un soplo de aire fresco en su universo particular. Y le permitió conocer a mujeres que tendrían una importancia decisiva en su vida y su posterior fama, como Matilde Ras y María Lejárraga.

Lejárraga puso en contacto a Fortún con Torcuato Luca de Tena, propietario de ABC y de Blanco y Negro. María se había quedado prendada y entusiasmada con las historias que Elena había ido escribiendo mientras escuchaba a los niños jugar en el parque del Retiro. Así fue como, según cuenta Marisol Dorao en Los mil sueños de Elena Fortún, esta empezó a colaborar con Gente Menuda.

En el Lyceum, Elena también conoció a otra importante influencia en su vida social y cultural: la escritora, directora de teatro y activista comunista Teresa León (Logroño, 1904- Madrid, 1988). Sobrina de otra luchadora por el avance de la mujer en una España a años luz de algunos países europeos, María Goyri, León fue eclipsada en vida (y sigue siéndolo) por el que sería su compañero sentimental durante décadas, el poeta Rafael Alberti. Juntos, trataron de convertir la cultura en un arma de lucha.

León, en su autobiografía, asegura: “En los salones de la calle de las Infantas [sede del Lyceum] se conspiraba entre conferencias y tazas de té”. “El Lyceum Club no era una reunión de mujeres de abanico y baile. Se había propuesto adelantar el reloj de España”. [María Teresa León, Memoria de la Melancolía, Castalia, Madrid, 1992].

Poco tiempo después, tras el golpe de Estado fascista contra el Gobierno legítimo de la República, el reloj se atrasó durante 40 largos y oscuros años. Elena Fortún, al igual que buena parte de sus compañeras del Lyceum, vivió el exilio, aunque regresó en 1948, pese a la oposición de su hijo, que vivía en los Estados Unidos, y el suicidio de su marido en Argentina. Tras un largo cáncer de pulmón, Elena/Encarna fallece en Madrid el 8 de mayo de 1952.

Para saber más: Entrevista con María Folguera, autora y directora de ‘Elena Fortún’

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