Mucha luz pero también muchos velos sobre La Plaza Invisible para recibir al poeta español Miguel Ángel Curiel (Korbach Valdeck, Alemania, 1966), nacido en unas lejanías y unos extrañamientos que, misteriosamente, algo parecían adelantar desde el principio sobre su muy particular forma de entender las palabras.
Lúcido en su versión tranquila, visionario sin ser volcánico, rastreador constante pero sin excesivos agobios, Miguel Ángel Curiel llega hasta la glorieta de San Víctor con El viajero de las edades, un libro que, publicado por Varasek Ediciones en Madrid, reúne y reescribe veinte años de entrega vocacional, contante y profunda a una poesía que nunca se dejará domesticar.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade decía que «sólo soy sincero cuando estoy en silencio»: es algo que yo aplico a bastantes cosas, y también a las contracubiertas de los libros: sólo hago un poco de caso a aquellas que son monótonas y lisas, que están felizmente vacías, que no tienen palabras, que dejan que sea el lector quien descubra solito qué le espera dentro de las páginas, o quien decida sin ayudas ni intromisiones qué ha encontrado en ellas.
Y, sin embargo, hay que admitir que a veces, de vez en cuando, están muy bien. El texto de la contracubierta de El viajero de las edades, el volumen donde Miguel Ángel Curiel (Korbach Valdeck, Alemania, 1966, pero español de Talavera de la Reina, residente desde hace mucho en Lugo) ha reunido, reordenado e incluso reformulado veinte años de escritura poética, es tan preciso y tan certero que conviene citarlo: ésta es, dice, «una poesía como medio de conocimiento de la realidad y la existencia. Una reflexión sobre lo absoluto de la palabra y el sentido del ser. Una poética cada vez más cercana a la mística en un sentido moderno. […] Una escritura radical, oscura y a la vez luminosa»…
en la poesía de Miguel Ángel Curiel se adivina, por un lado, una libertad innegociable, y por otro una obediencia total, una docilidad definitiva ante lo que la poesía y las palabras quieran hacer con él y en él y de él
Es así, y yo por mi parte aportaría que en la poesía de Miguel Ángel Curiel se adivina, por un lado, una libertad innegociable, y por otro una obediencia total, una docilidad definitiva ante lo que la poesía y las palabras quieran hacer con él y en él y de él. Me imagino a Curiel despertando cada mañana y pensando: «Caramba, cuantísimo trabajo también hoy»…, porque la realidad es abrumadora, y quien de veras se proponga ir captándola (o, por lo menos, ir captando pequeñas parcelitas de su Totalidad: «Ningún árbol quiere estar donde está”, “La mayoría de las flores no las siembra nadie»…) puede acabar agotado.
En ese sentido, yo diría que sólo hasta cierto punto es Curiel el autor de sus poemas, pues en ellos hay una conciencia muy honda de lo poético y un dominio firme sobre lo que se dice, pero también un visible impulso por dejarse llevar, cierta tendencia a dejarse sorprender él mismo por lo que pueda o quiera aparecer, primero allá fuera, en el mundo, y luego sobre el propio papel: «Como cajas de frutas en un almacén oscuro, el mismo dulzor en cada una, están las bocas que hablan del mar».
«No puedo decir mucho más de lo que no sé», dice en lo que es una declaración de intenciones que roza lo sublime, para a continuación preguntarse en el mismo poema si «¿no es la poesía sólo eso, un puente invisible entre las realidades visibles?»…
La primera de estas citas apunta hacia la apuesta por la percepción: no se renuncia a los propios sentidos, pero sí a su intelectualización excesiva, a su racionalización. Y la segunda parece creer en la inspiración o, mejor, en la “magia” de las famosas correspondencias, siendo también un aviso de que aquí no se habla de casi nada abstracto, sino que se quiere hablar de lo real (con cierta obsesión por el color azul…), o incluso de lo perceptible (con clara fijación por la hierna…), aunque sea para concluir que todo ello es mucho más misterioso que lo puramente especulativo: «Me convertiré en sal si oigo los gritos del sol», dice en determinado momento, para concluir en otro que «Dios no existe, hay demasiados coches».
Aparte de que, como se acaba de ver, no se renuncia necesariamente o del todo al humor (o al menos a cierto humor), en ese viaje o, mejor, en ese movimiento continuo de lo concreto a lo inconcreto hay momentos especialmente alquímicos, de una inspiración estructural: «Una rama no oculta nada. La sigues y siempre terminas en el cielo. Ramas y hojas ocultan sólo ramas y hojas. Todo se oculta en torno a algo que es igual a lo que oculta. Una rama oculta a otra. La última rama es la más desnuda. Lo decimos todo al centro, y el centro de la catedral es el cielo».
Leyendo a Curiel me he acordado de aquella intuición que tuvo Octavio Paz en la India al entender que la poesía ha de consagrarse, ante todo, a tratar de entender lo que hay detrás de la realidad, o tras las diferentes realidades. Hay algo un poco alucinado en esa búsqueda («Es muy blanco lo que quiero decir», «Lo que quería decir no era esto»…), pero también una intención activa, una conciencia explícita de la propia obra que se patentiza en los numerosos apuntes metapoéticos, como los recién citados o el del poema que reproducimos completo abajo.
Pero ese fulgor de los poemas de Curiel, siempre en disposición de recibir lo inesperado, convive a la vez, de vez en cuando, con apuntes que son casi de diario íntimo, de tan concretos y cotidianos: así, por ejemplo, las varias veces en que consigna en el poema el lugar en el que lo escribe (Badajoz, Soria, Talavera de la Reina, Béjar…), o las notas a las lecturas que esté haciendo, con clara preferencia por los poetas más taciturnos y ensimismados (la cultura, presente también en ese cuadro de Mark Rothko citado abajo, emerge en muchos epígrafes y citas, algunas muy irónicas).
Sin el menor ánimo de provocar yo diría que los poetas están ahí no para contradecir pero sí para, digamos, completar o complementar lo que dicen los científicos. Hay un tipo de conocimiento que, siendo conocimiento, no es empírico ni experimental, pero tampoco religioso o mitológico… Es el conocimiento poético, subjetivo si se quiere pero desde luego poderoso cuando se hace con talento: es en esos casos y ante sus hallazgos y conquistas cuando hablamos de “verdad” en la poesía, de que se ha llegado a tocar o a entender algo que es así, ya casi irrefutable, por irracional que pueda resultar.
Si es así, este libro rebosa verdades. Escurridizas, extrañas y a veces imprecisas, pero verdades: «Poder, lo que se entiende por eso, / sólo lo tuve / cuando agarré un palo /y lo tiré al agua». Pues a la poesía de Curiel se podría aplicar esto que Juan Vico dice de la de Dino Campana en Los regresos, la novela biográfica que acaba de publicar: “en sus poemas la realidad es una materia tan maleable como la memoria o la opinión”.
Cuando alguien reúne o antologa su poesía, suele poner algún prólogo, añadir alguna mínima nota, una explicación, un balance, o le pide a alguien que lo haga por él… Aquí no hay nada de eso (excepto la atinada contracubierta citada), y me parece otra lección. A los poemas hay que llegar así, directamente, sin preámbulos, sin parachoques, con desnudez. Todo es un acontecimiento, no hace falta acolcharlo, y todo es puro presente. Como se dice en el único monóstico del libro: “De todos los amaneceres este que crece sin fin”.

No puedes / medir
eso que no ves
crecer
y por eso crece más.
Mi poema era sólo hierba
—no lo confundáis con otra cosa—
sólo hierba
y como hierba
se seca
arde
y vuelve a salir.
El borboteo de la muerte
Dios no entiende lo que digo.
Cañas que se golpean y rozan.
Ninguna se ama,
pero siempre
están juntas.
*Ficha bibliográfica: Miguel Ángel Curiel, El viajero de las edades. (Poesía 2000-2020), Madrid, Varasek (col. Buccaneers, 36), 2024.








Muy bueno. Miguel Angel es un gran poeta. Impresionante. Sabe tocar el alma con las manos.