Tan inspirada como inspiradora, la poesía de María García Díaz (Pola de Siero, Asturias, 1992) consigue otra marca personal con la aparición de En tu piscina de esmeraldas calculé y lloré, publicado en Barcelona por la editorial Ultramarinos.
Doce breves párrafos de reseña en La Plaza Invisible no pueden dar cuenta de todo lo que trae el que va a ser, sin duda, uno de los mejores libros de poesía de este año, que expresa una gran variedad de intereses y de variantes formales, unidas por un tono amable, divertido, crítico y clarividente. Un tono que, más que despejar cualquier misterio, desea disfrutar de él y con él.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
El otro día tuve una pequeña intuición: del mismo modo que, como nos decían en el colegio, la suma de todos los colores da como resultado el blanco (o, según otro criterio, el negro), me da la sensación de que, si se superpusieran todas las palabras que han escrito todos y todas las poetas de la Historia, lo que obtendríamos sería la verdad, o tal vez el silencio.
Sería, eso sí, una verdad total pero indirecta, un silencio revelador, y a ello contribuiríamos incluso los poetas malos, siempre que lo dicho fuera esforzado y sincero. Todo lo que no fuera mentiroso o interesado participaría de esa fiesta universal, de ese gran experimento.
Creo que todo esto lo pensé tras la relectura de En tu piscina de esmeraldas calculé y lloré, de María García Díaz (Pola de Siero, Asturias, 1992), que es una mujer que se dedica a la física, la música y la poesía, es decir tres misteriosos ámbitos donde, felizmente, hay todavía muchas más preguntas que respuestas, más vacíos estimulantes que certezas.
Y su poesía, siendo no ya luminosa sino relampagueante, es también más enigmática que sentenciosa. Sólo es oscura, a veces, en el sentido de la dificultad, todo un desafío, pero no en el del tono, que es deslumbrante de un modo natural, por un lado, pero también, por otro, afanoso, trabajador, activo. A la luz que contiene de por sí se suma la luz que se consigue merecerse.
la poesía de maría García Díaz, siendo no ya luminosa sino relampagueante, es también más enigmática que sentenciosa
En esa aleación maravillosa que forman los libros de García Díaz no hay ninguna trampa sentimental, ningún exceso, pero están llenos de ternura de calidad («mi único amor del tendedero / es tu pijama verde crema»), así como de memoria personal y de experiencia familiar emocionante: «te deseaba esa infancia para el resto de tu vida», le dice memorablemente a una prima, pero sobre todo hay, diseminado por sus libros, un reconocimiento a los abuelos, una gratitud por sus esfuerzos.
No hay chistes desnudos, pero hay un humor precioso, elegantísimo, dickinsoniano, que hace que lleguen a ser incluso divertidas o al menos chispeantes páginas sobre la agonía de alguien a quien se quiere: «Como un ratón tratando de salir del río / así su sonrisa peleaba / por escapar de un cuerpo moribundo […] su cuerpo moribundo y aun entonces / incapaz de no mostrarse amable […]». Y hay un montón de cultura comprimida que sin embargo no agobia, en forma de citas, préstamos, referencias, homenajes y guiños.
También hay ciencia, mucha, y es normal, porque cada vez que escucho hablar a un científico lúcido siento lo sencillo que les resultaría dar ese pequeño paso que les falta para ingresar rotundamente en la jurisdicción de la poesía. Lejos de ser enemigas, la ciencia es casi un atajo para lo poético, y en la astronomía o en la química, como ejemplos claros, hay todo un filón de imágenes, acontecimientos y léxico que, bien planteados y empleados, producirían buena y nueva lírica: «aprendiste que en el universo pasan cosas y decidiste que algunas de esas cosas serían respuestas a tus preguntas».
La especialidad de García Díaz es la física cuántica, y esa misma voluntad como infantil que parece que a veces se les atribuye o se les adivina a los electrones (traída aquí a través de la serie de poemas sobre el Experimento de la doble rendija, donde las partículas, como los niños traviesos más listos, se comportan de un modo imposible de prever) es la que se diría que anima el espíritu del libro, un «comportamiento silvestre a veces»: «el-misterio-hay-que aceptarlo-no-tratar-de-comprenderlo // fue lo último que me dijeron todas / antes de romper // ahora están casadas / con otras personas». Un espíritu, insisto, que mezcla con toda la consciencia y con toda la voluntad del mundo lo cerebral y lo emotivo, la inteligencia y la sensibilidad, lo relativamente frío y la pura bondad: «Es difícil no querer ganar / en el juego de ser noble».
Libérrimo y muy variado en lo formal, deslenguado en lo fisiológico, casi lascivo en lo gastronómico (higos, fresas, chirimoyas, «una cerveza / tranquila», avellanas, melocotones, tomates, cheeseburguer, pepino macerado, sopa de gallina…), en En tu piscina de esmeraldas calculé y lloré hay también mucho amor del bueno y mucho postamor del bonito («En qué momento esta madera, / estos potos, estos libros, pasarán / a ser nosotras, si no tendremos nunca un hijo / que nos confunda con la casa / y con su luz»), pero hay también, por fin, otro ingrediente decisivo, que es el que, con toda la imprecisión del mundo, podríamos llamar político (palabra que detesto todavía más que aquello a lo que remite).
Ese contenido se va dejando caer en pequeños apuntes, a veces en notas al pie, en paréntesis que se anotan como de paso…, pero se hace de un modo que quiere dejar claro que no es un subtema secundario sino, en el fondo, uno de los centros de lo que se escribe y de su intención. Se hacía todavía más transparente, tal vez, en su anterior libro, el magistral Ye capital tolo que fluye / Es capital todo lo que fluye (Ultramarinos, 2021), y aquí sigue resonando: «Entonces no me preguntaba si / el ansia de acumulación de perspectivas / tenía relación con el capitalismo o era / sólo por algún gen de mi madre / pero ahora sí me lo pregunto».
Libérrimo y muy variado en lo formal, deslenguado en lo fisiológico, casi lascivo en lo gastronómico, en En tu piscina de esmeraldas calculé y lloré hay también mucho amor del bueno y mucho postamor del bonito
Arriba he aludido a la variedad formal, que pasa por poemas brevísimos, poemas en secciones o fragmentos o movimientos, poemas intermitentes cuyas partes van repartiéndose por el libro, un poema anafórico (como el primer texto que reproducimos abajo), largos poemas narrativos (como el segundo, que casi parece un capítulo de un relato mayor), poemas con o sin título, dos poemas escritos en inglés o incluso unas insólitas “Reflexiones sobre el poema anterior” que a su vez componen, claro, un poema aparte.
Pero la riqueza mayor está en esa actitud tan despierta y curiosa que la autora tiene ante la realidad. Lo dice bien el texto de la contracubierta: éste es el libro de alguien que «sabe que el vínculo entre lenguaje, ciencia y sociedad es determinante a efectos de responsabilidad del individuo». Y es un libro que sabe recibir, agradecer y honrar, pero sobre todo sabe mirar, sabe avanzar, sabe desear con avidez, sabe investigar, sabe disfrutar y sabe construir.

Cuando hablaba de cuán empinada era la carretera,
cuántas espinas había en el pescado,
cuántas pepitas en las uvas,
cuántos huesos en el conejo,
hablaba en realidad de cuánta
ansiedad padecía por las otras cosas.
EL HIGO (II)
Desayunábamos en la azotea de un tercer piso, el sol de agosto vertical e inclemente sobre las baldosas de terracota, yo arrastraba una sombrilla desde la otra punta del recinto y la colocaba a la vera de la mesa de plástico blanca. Ella venía de la habitación con los cubiertos en la mano, posaba el par de yogures sobre la mesa, volvía a por el plato con la fruta lavada en el lavabo del baño y yo a por el sobre con las napolitanas. Finalmente nos sentábamos, las sillas también eran de plástico blanco, la miraba con los ojos entornados y una mancha roja de sol creciente en la mejilla (la sombrilla no estaba perfectamente alineada), esperaba el “buon appetito”, qué hacía yo en aquella ceremonia, empezábamos a comer. Ella pelaba los higos con el cuchillo, yo los abría con la mano y les chupaba la carne, toda la pulpa todas las pepitas como escarcha azucarada crepitando entre mis dientes, inspeccionaba cada hueco hasta que no quedase ni una sola fibra colorada tierna oculta entre el pellejo. ¡Anda! ¿Los comes con la mano? Me avergonzaba que le avergonzara mi comportamiento silvestre a veces, a saber, andar desnuda por casa, no cerrar la puerta del baño con pestillo, quitarme el bañador húmedo en la cala sin envolverme en su toalla gigante, despreocuparme si se me caía el tirante del vestido y un pecho tímido brotaba, pero aquel higo era muy pequeño, el gesto de devorarlo era muy pequeño, yo no sentía pudor, y además vencía el higo, se imponía el higo nutritivo, como una joya acogedora en la boca, sobre el miedo inconsciente a que acabara despreciándome.
*Ficha bibliográfica: María García Díaz, En tu piscina de esmeraldas calculé y lloré. Barcelona, Ultramarinos (nº 35), 2025 (mayo).







