‘Estación permanente’: una flor invencible

José Antonio Funes

Escritor, profesor, político y diplomático, el poeta hondureño José Antonio Funes (Puerto Cortés, 1963) ha dejado pasar mucho tiempo tras decidirse a publicar un nuevo libro, tras los tres, excelentes, que firmó en el siglo XX.

Ahora, tras una antología de 2022 que rompía un silencio de más de dos décadas, llega a La Plaza Invisible con su Estación permanente, un cuarto libro variado, herido y rotundo que ha sido publicado en Pamplona, en octubre de 2023, por la Editorial Graviola.

José Antonio Funes
El poeta José Antonio Funes, a su paso por La Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

En 2022 el poeta y diplomático José Antonio Funes (Puerto Cortés, Honduras, 1963) entregó a las imprentas del mundo un Balance previo que no era exactamente un cuarto libro suyo, sino más bien una antología de los tres anteriores (muy anteriores, en realidad: Modo de ser, 1989, A quien corresponda, 1995, y Agua del tiempo, 1999), aunque sí añadía poemas nuevos, escritos a lo largo de décadas y a menudo publicados de forma dispersa en revistas, plaquettes, catálogos o libros colectivos.

Han pasado, pues, veinticinco sorprendentes años hasta que Funes, que entretanto llegó a ser viceministro de Cultura de su país, se ha decidido a entregar una nueva colección de versos, que es exactamente eso, ya que, por fortuna, no se trata de un libro monográfico ni desde luego monótono, sino una yuxtaposición de poemas independientes, no radicalmente diferentes entre sí (sobre todo en lo que respecta a la forma), pero sí de temas y tonos muy distintos.

Cada uno de los veinticinco poemas de Estación permanente merecería, por tanto, su propia reseña, pues no se dejan comentar a bulto, aunque lo cierto es que el libro tiene conciencia de serlo, y la estructura o el índice apuntan a una intención global: así, por ejemplo, hay una (preciosa) Dedicatoria como página inaugural, o una Lección primera que tiene más bien algo de advertencia: «Parecíamos adultos cuando niños: crueles, / injustos y bárbaros».

Funes no se entretiene con las palabras, no se demora en ellas, no se engolosina, no permite que el lenguaje invada y empape lo que se quiere decir hasta arruinarlo

Pero que esa dura primera cita no confunda a nadie: prologado por la novelista y poeta pamplonesa Margarita Leoz [que en otoño visitará La Plaza Invisible con su inminente nuevo libro de versos], y salpicado con ilustraciones muy sugerentes de la artista colombiana Isabel Gómez Machado, Estación permanente es un libro bastante apacible, en el que los protagonistas son la contemplación, la memoria, el desarraigo y el amor, cuatro columnas que sostienen todo y que a menudo se mezclan.

También hay poemas trágicos en lo que afecta a lo colectivo, sobre genocidios (como Huesos al sol: «Allí donde los desenterraron / la tierra es más dura y negra»…), o dramáticos en lo privado, bien sobre rupturas o añoranzas amorosas, «cuando la vida era tan pequeña que cabía en un abrazo», o bien sobre la condición de emigrante, como si quien habla en los versos fuese todo un experto en despedidas: «Recoge entonces lo que de mí queda, / cuida de mis hijos, de mis libros, / y yo te esperaré en la poesía, ahí donde la vida / es una flor invencible».

En el libro hay poemas escritos en (o evocando a) París, Bruselas o Salamanca, y en casi todos ellos hay miradas, abrazos, amor y, como consecuencia, nostalgia, que de paso explica el secreto último del título: «La soledad es una estación permanente». Pero esta estación, a pesar de su relativa brevedad, también permite excursiones, como en ese poema bibliófilo que reproducimos completo abajo, o como en ese curioso homenaje salmantino al indomable e insolente Diego de Villarroel («Él hizo de la burla un refugio para resistir mejor […] Detestaba la gloria don Diego, pero le fue / imposible esquivarla, / aunque escribiera simple y cínicamente para / defenderse de las trampas / de esa muerte que atacaba / desde todos los flancos»).

Hay, claro, apóstrofes a la amada, más o menos desgarrados, más o menos urgentes, y hay también sabiduría en estado puro que acierta a no resultar sentenciosa, como en el poema titulado La vida es lo que sucede («La vida no es lo que miras / ni lo que piensas / ni lo que te cuentan. / Es el calor que ella sueña»…) o en el también anafórico pero bueno Los trabajos de la lluvia, que dice, completo: «El sol no pertenece a esa terraza / ni la primavera a esa flor / ni el mar a esa ola / ni la felicidad a los amantes que se juran amor eterno»).

«Su estilo es esencial, su lenguaje clásico, sus palabras sucintas y precisas, sus imágenes rotundas y despojadas», afirma Leoz en su introducción, y es cierto. Funes no se entretiene con las palabras, no se demora en ellas, no se engolosina, no permite que el lenguaje invada y empape lo que se quiere decir hasta arruinarlo. Algunos temas pueden ser sensuales o sabrosos, pero el tono no lo es, y cuando hay alguna tentación hímnica es fugaz, resuelta rápidamente para marcharse del poema o para irse inmediatamente a otra estrofa: «Afuera / el sol se multiplica entre los naranjos».

Funes, si se lee bien, es más seco, un hombre de intuiciones, de imágenes, de fogonazos. Formula lo que quiere o necesita que vea o sienta el lector, y de ahí, tal vez apoyándose a veces en alguna pirueta metafórica, se pasa a la revelación, a lo que de veras se quería o se necesitaba expresar, decir o entender. Y no son poemas de merodeo, son poemas de afirmación, escritos no a la búsqueda de algo sino dichos en general tras el hallazgo: «El hombre se hizo poeta / a fuerza de tallar la piedra de los sueños».

José Antonio Funes

UN LUGAR PARA MIS LIBROS

La casa se hacía cada vez más pequeña.

Mis libros, los advenedizos,

iban incomodando,

ganaban espacio a los muebles, desplazaban objetos,

estrechaban los pasillos, reducían la luz,

había que pasar de lado,

tropezábamos todos, putos libros.

Tuve que huir con ellos,

asilarnos en casas de amigos, donde a los tres días apestábamos.

Nunca quise tirar, vender, regalar mis libros,

mataba mis hambres para alimentarlos,

pesaban como ladrillos, olían a perro callejero,

a humedad, a sexo abandonado,

pero siempre les fui fiel.

Hoy me defienden de esta soledad donde la casa es grande,

cierran filas, centinelas de mis sueños.

 

*Ficha técnica: José Antonio Funes, Estación permanente, Pamplona, Graviola, 2023. Prólogo de Margarita Leoz. Ilustraciones de Isabel Gómez Machado.

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