IDENTIDADES
Este jueves 4 de diciembre se cumplen 50 años de la muerte de una de las pensadoras más influyentes de nuestra contemporaneidad, la alemana Hannah Arendt (Linden-Mitte, Hannover, 1906 – Nueva York, 1975). Estos días serán muchos los artículos y reportajes que la recuerden, pero su pensamiento es visitado y citado recurrentemente. Su disección de la condición humana, su explicación – que no justificación – de la maldad a través de la banalización y, sobre todo, su punto de vista radicado en lo común es rescatado una y otra vez para intentar encontrar respuestas a un momento, el nuestro, que nos parece incierto, peligroso, retrógrado.

Núria Ribas / @nuriaribasp
Vale la pena detenerse a pensar un instante: si a nosotros nos parece estar viviendo un momento histórico repleto de incertidumbre, ¿qué debió sentir Arendt atravesando dos guerras mundiales, una orfandad de padre a los siete años, un holocausto siendo judía, una deportación y un exilio? A menudo, la biografía de una persona explica los temas que se esfuerza en desentrañar. Ante tanta barbarie, ¿cómo no se iba a plantear la joven pensadora judía de qué pasta estábamos hechos para que algo tan inconcebible como el Holocausto pudiera producirse? Lo grandioso de Arendt es que supera la “anécdota” para elevarla a categoría. Y desde luego, el tiempo le ha dado la razón: la deshumanización del ‘otro’ para ser capaces de cumplir órdenes aunque estas sean la barbarie se repite periódicamente en todas partes del mundo. Es la condición humana, no un contexto determinado.
Quizás por eso, Arendt se aleja del individuo y concentra en lo común toda su reflexión. No solo en lo común como especie, si no en lo común con el mundo. El ‘estar en el mundo’ es un concepto esencial en la filosofía de Arendt. No ‘mundo’ como espacio físico o geográfico, la Tierra que habitamos, sino como un espacio de encuentro e intersección con el resto de humanos. Es salir de nuestro espacio privado para interaccionar con el resto y ‘hacer política’. Esto implica, de entrada, tener unos derechos fundamentales asegurados, que nos permitan ser reconocidos como ‘sujeto político’. Si nos lo niegan, somos parias. No podemos ‘estar en el mundo’ y caemos en la barbarie.
‘estar en el mundo’ es un concepto esencial en la filosofía de Arendt. No ‘mundo’ entendido como espacio físico o geográfico, la Tierra que habitamos, sino como un espacio de encuentro e intersección con el resto de humanos
En este sentido, como señala el filósofo barcelonés Edgar Straehle, «Arendt llega a la conclusión que el derecho principal de todos sea precisamente el derecho fundamental a tener derechos, cosa que a grandes rasgos coincide con el derecho de que cada uno de nosotros pueda ser miembro de una comunidad. Solo así puede conseguirse que alguien sea considerado un ser que también forma parte de la humanidad y puede ser protegido por ello. Es decir, se infiere que este derecho es algo parecido al derecho a que cada uno pueda formar parte activamente de un mundo«. (1)
Hoy, cincuenta años después de su muerte, está muy claro quién no puede formar parte de un mundo porque le es negado el derecho a formar parte de una comunidad: los refugiados. Hoy, en 2026, existen más de 47 millones de refugiados en todo el mundo, según ACNUR. A estas personas habría que añadirles los millones de migrantes que viven y trabajan fuera de sus comunidades pero sin posibilidad de ejercer lo que Hannah Arendt llamaba ‘felicidad pública’.
«Felicidad pública es para Arendt«, explica en su libro el filósofo Edgar Straehle, «el derecho a acceder a la esfera pública y de participar en los asuntos públicos. Es un concepto que le permite a Arendt reinterpretar la felicidad no solo en clave privada sino también en una clave pública y política«.
Ahí aparece de nuevo la pensadora comprometida e involucarada en lo ‘común’, insistiendo en llevar a lo colectivo conceptos monopolizados por los adalides del individualismo a ultranza, como la ‘libertad’ (¿nos resuena?). Arendt reivindica el sentido político de la ‘libertad’ y la relaciona no con el comportamiento privado (o no solo) si no que la vincula a la capacidad de poder participar y tomar decisiones en los asuntos públicos.
Libertad y felicidad (pública) quedan así indisolublemente unidas. Dos conceptos que ni los refugiados ni los migrantes sin plenos derechos pueden llegar a ejercer. Ahí está la barbarie, según Arendt. No están fuera de nuestras fronteras los bárbaros como en la Antigüedad (ni es responsabilidad suya haberse convertido en ‘bárbaro’); están con nosotros pero sin habitar ‘un mundo’, sin poder ejercer su libertad y sin tener felicidad pública. Y ahí está el germen de la deshumanización de los parias por parte de los que sí están ‘en el mundo’. Siguiente paso: la banalización del mal hacia esos parias (¿vuelve a resonarnos?). Arendt, judía en la Alemania nazi, refugiada y apátrida hasta que consigue su pasaporte estadounidense, lo sabía de primera mano.
*Bibliografía básica de Hannah Arendt:
- Los orígenes del totalitarismo.
- La condición humana.
- Eichmann en Jerusalén.
- ¿Qué es la política?
- Diario filosófico.
- Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política.
- De la historia a la acción.
(1): Edgar Straehle, Hannah Arendt. Pensar en temps de foscor, Sabadell, Edicions Enoanda, 2022







