Isabel Bono: “La poesía no es sentarse y pensar, llega por el camino de la intuición”

Isabel Bono

ENTREVISTA

Me gusta tanto la poesía de Isabel Bono (Málaga, 1964) que no me resulta muy fácil escribir sobre ella, aunque lo he hecho algunas veces a lo largo de ya bastantes años, y sé que he convencido a varias personas para que la lean, haciéndome así cómplice y proselitista de una poesía muy poco «poética», silvestre, que se diría sin antecedentes ni maestros, liberada de todo lo superfluo (incluida la puntuación, o las mayúsculas…) excepto, en muchas ocasiones, de los títulos, que en su caso son o parecen necesarios para entender, según cada caso, el contraste, el sentido o la broma.

Isabel Bono es la fundadora de un mundo muy particular que no habita sólo ella. La autora, que es una observadora obsesiva de la realidad, mantiene también una constante conversación con los personajes de sus novelas, a los que conoce, persigue, cuida o acompaña de un modo permanente, haciéndoles saltar de libro a libro, retomándolos, ampliándolos y protegiéndolos bajo claves secretas o privadas.

Y eso, me parece, es algo que sucede también en su poesía, entendiendo que en este caso sí que el único personaje es ella misma o, mejor, «ella», una primera persona a la que hemos visto y escuchado en todos los detalles de su vida, y que, en poemas muy diversos en extensión y tono, se ha ido volcado sobre el papel a lo largo de cuarenta años de escritura. «Yo me he vaciado en mi obra», dijo Juan Ramón Jiménez: «a la tumba sólo irá mi cáscara». Y sobre esas cosas vino Bono a hablar a La Plaza Invisible, un espacio que se fundó específicamente para recibir a poetas como ella.

Isabel Bono
La poeta Isabel Bono, en un receso de la entrevista que nos concedió en nuestra Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

P: Tu poesía tiene la peculiaridad, no insólita pero sí infrecuente, de que se ha ido publicando en un orden distinto al de su creación. Tú escribes los libros y los guardas, y después salen (o no) cuando quieres o cuando pueden. ¿No es un poco extraño para ti? El día en que publiques tu poesía completa, ¿la reordenarás según el tiempo de su escritura o mantendrás el más o menos arbitrario orden editorial?

R: Has dado en la diana. Extraño no, es un picor raro en el cerebro, un picor tipo Sheldon Cooper, ya sabes. Mis trazas de TOC habrían bailado de felicidad si los poemas hubiesen ido saliendo cronológicamente del cajón, pero ni siquiera la primera plaquette, Mensajes (1988), fue el primer conjunto de poemas que escribí. Considero el primero El intruso [escrito en 1986 y publicado en 1989]. Conservo cinco libritos inéditos anteriores, el primero de 1982. A partir de ahí supe que tendría que aprender a surfear el caos. Si alguna vez publicaran mi poesía completa podría ordenarlos, ¡al fin!, por orden de escritura. No sé si incluiría esos libritos inéditos, quizá estaría bien como manual para futuros poetas sobre cómo no tienen que escribir [risas].

P: Otra cosa un poco llamativa (y muy elegante) es que, salvo lo que pasó únicamente con Los días felices, ninguno de tus libros de poesía ha aparecido con premio. ¿Es porque no te has presentado o porque no ha habido suerte?

R: En mi mundo ideal no existen los premios. En mi mundo ideal cada uno hace su trabajo lo mejor que puede sin esperar nada a cambio. Me he presentado a cuatro o cinco premios en toda mi vida, y siempre por saber si lo que escribía valía algo: de la opinión de los amigos no me fío porque me quieren mucho. Cuando escribí Pan comido no sabía si era poesía o prosa, así que presenté uno de aquellos poemas de cinco páginas al XI Concours International La Porte des Poètes, en París. Y ganó, ex-aequo. También presenté en los 90 mi primera novela -inédita-, al Premio de novela corta Ateneo de Valladolid: me dieron calabazas. Esa novela la presté tanto -escrita a máquina, sin copia- que la perdí. Recomponiéndola al cabo de los años salió un texto, digamos, experimental, que quedó segundo en un concurso de relatos. Quería saber si se entendía el escribir fragmentado; en ese relato, creo, está el germen de toda mi prosa. Una casa en Bleturge tuvo más suerte y ganó el Premio de novela Café Gijón. Como pienso que los premios deberían servir únicamente para descubrir autores y autoras, y yo me creo ya más que descubierta, después de Bleturge no me he presentado, ni me presentaré, a más premios.

 P: Eres de esas poetas a las que parece no importarles que algún lector pueda pensar, ante la desnudez extrema de algunos poemas, que son minucias, que «no es poesía»… A mí me parece que, en poesía, la distancia entre la genialidad y la gilipollez es a veces desesperantemente imperceptible, pero ¿tú te planteas esas cosas? ¿Piensas en la reacción y la recepción del lector o escribes sin más, del modo más preciso posible, lo que necesitas sacar?

«Lo único que me interesa es escribir. Más que escribir, estar escribiendo. Si quien me lea piensa que me desnudo demasiado, es que lo estoy haciendo bien. Y si alguien piensa que algunos de mis poemas son gilipolleces, seguramente le daría la razón»

R: Supongo que al principio, como la poesía llegó por casualidad, quería demostrar que podía ser poeta o algo parecido. Por eso mis primeros poemas me parecen piruetas enrevesadas, con títulos enigmáticos. Pronto me di cuenta de que eso no tenía ningún sentido, ni en poesía ni en prosa: no escribir para demostrar nada, no escribir para nadie, ni para mí siquiera. Lo único que me interesa es escribir. Más que escribir, estar escribiendo. Si quien me lea piensa que me desnudo demasiado, es que lo estoy haciendo bien. Y si alguien piensa que algunos de mis poemas son gilipolleces, seguramente le daría la razón.

P: No, lo de la desnudez no lo decía porque te expongas mucho, sino por el despojamiento verbal de los poemas, por la falta de retórica. Por ejemplo, el poema Una tarde cualquiera, de Lo seco, que dice: «llegó el futuro // y eché de menos la tierra / bajo mis pies».

O el titulado Árboles desnudos bajo la nieve, en Frío polar: «¿dónde están los pájaros? / ¿y por qué cantan?»… A mí me encantan, sobre todo por lo que dicen dentro del conjunto, en esa página y ese momento, pero otro lector, sobre todo si lee el poema aislado, descontextualizado, podría pensar que es «poca cosa». Eso te da igual, supongo.

R: Ah, entiendo. Es verdad, a veces me paso podando, pero es que si lo que tengo dentro puedo decirlo en tres palabras, ¿para qué usar cuatro? Ya sabes cómo escribo, me viene una imagen o una palabra o una frase, y de ahí todavía no sé cómo, va saliendo lo demás al dictado. Mi manera de escribir es dejar que salga todo, como esos magos que se sacan de la boca una serpentina infinita de colores. Después lo que hago es aquello que le dijo Antonio Gamoneda a Antonio Muñoz Quintana en una carta: «Lupa y navaja». Dejar exactamente las palabras que hay que dejar, sacrificar «lo bonito» por lo auténtico, por el mensaje puro se entienda o no. Resumiendo: definitivamente no pienso en nadie.

P: Pero ya que decías lo de abrirse en canal, lo de vaciarse personalmente en los poemas: ¿los tuyos son una especia de diario íntimo, vida traducida a texto, o son más bien pura ficción?

R: Pues sí, mi vida traducida a texto, eso es. A veces he pensado que mis poemas son un álbum de fotos. Leídos cronológicamente veo la que era, hasta la ropa que llevaba cuando los escribí, el momento exacto. Pero, ay, amigo…, si son ficción no es poesía. Al menos lo que yo entiendo por poesía. Para inventar ya tengo las novelas. La poesía, para mí, no es sentarse y pensar, no viene por el camino de la reflexión, llega por el camino de la intuición, y no cabe inventar. Ni siquiera en los poemas que no hablo de mí, como fue el caso de De otra vida, en el que doy voz a los retratos de mujeres que hizo Federico del Barrio. En ese libro escribí lo que imaginaba que fueron sus vidas, lo que esos dibujos «me contaron». Recuerdo que Cees Nooteboom decía que el poeta debía ser un simple médium. Habrá quien a eso le llame ficción.

«Sentarse sin prisa a mirar cómo pasan las cosas y las personas. Para mí eso es el placer absoluto»

P: Hace años decías que lo que más te gusta en el mundo es esperar. No sé si lo mantienes, pero ¿a qué te referías?

R: Soy lenta, me gusta lo lento, y no hay nada más lento que esperar. Sentarse sin prisa a mirar cómo pasan las cosas y las personas. Para mí eso es el placer absoluto, un auténtico. Sentarme, por ejemplo, en la terraza de un bar y ver pasar a la gente con sus vidas a cuestas. Saco historias de cualquiera de esas vidas. Cuando era joven veía que los de mi edad como que querían ir muy deprisa, que el futuro llegara pronto, incluso vivían el presente muy rápido. Yo era todo lo contrario, yo quería ¿degustar el tiempo?, sentarme en el suelo de mi cuarto y que todo pasara muy lentamente. Eso ya me pasaba de niña. A veces le decía a mi madre que, si venían mis amigas a por mí, les dijera que estaba castigada para poder quedarme sola en mi cuarto, mirando las paredes. Más que esperar me gusta el tiempo de espera, me gusta estar esperando. Igual que me gusta más estar escribiendo que escribir. Quizá lo que me gusta es que la vida suceda en gerundio.

P: Un par de respuestas atrás has nombrado al poeta Antonio Muñoz Quintana. Tu nuevo libro, Frío polar, está totalmente dedicado a su recuerdo, ¿no?

R: Sí, está dedicado, pero más que dedicado es por su culpa. Me explico. Su prematura muerte me dio tanta rabia… Pensar en todo lo que se había dejado por escribir… Tenía todo un mundo en la cabeza. Pensé: voy a escribir un libro por él. Nunca me había propuesto escribir un libro, ni siquiera mío. Intenté tomar prestado su estilo, sus palabras, sus ideas, su mundo. Qué osadía, ¿no? Pero Antonio era irrepetible. En fin, que sólo conseguí un poema, el que da título al libro. Los demás fueron viniendo, ya míos, solos, hablando de cómo me sentía ante su pérdida, de cómo era mi vida, la vida en general, sin él. Creo que Frío polar habla más de la vida que de la muerte. La muerte no es nada, un clic, no vale la pena perder el tiempo con ella. Lo que sí me parece interesante es cómo nos afecta la muerte de los demás, lo que la muerte hace con los que seguimos viviendo.

Isabel Bono
Parte de la bibliografía de Isabel Bono, haciendo equilibrios entre amarillos y ocres / Foto: J.M.

P: Nuestro amigo Fernando Luis Chivite dice en el prólogo que éste es un libro al que hay que entrar en silencio. ¿A qué crees que se refiere? ¿Estás de acuerdo?

R: Pues quizá se refiera a que hay que entrar con otro talante que a mis otros libros, que, aunque no fueran la alegría de la huerta, eran menos serios. Es verdad que este libro tiene algo de, no sé, cuando abres una geoda o entras en una iglesia románica. Que sí, que no hay nada más dispar que esas dos cosas, pero me refiero a la quietud, al casi dolor físico al ver las aristas de los cristales resplandecientes o la desnudez de la piedra. Iba a decir que se refiere al silencio ante la belleza del dolor, pero no sé si quiso decir eso. Supongo que al dolor ajeno hay que entrar en silencio por luminoso que sea. Me explico fatal, pero estoy completamente de acuerdo con Chivite.

P: Esa aversión de tu poesía por la puntuación y las mayúsculas, ¿a qué se debe?

R: Pues no es aversión, pobres mayúsculas. Es, precisamente, que al conocer a Muñoz Quintana allá por el 93, empecé a leer otras cosas y a escribir, y pensar, de otro modo. Me di cuenta de que yo no escribía poemas, escribía fragmentos de un poema enorme que llevaba dentro -o encima-. Y como pensaba que eran fragmentos entresacados y desordenados de un solo «poema nave nodriza», así le llamaba, los empecé a escribir así, sin mayúsculas, sin puntos, sólo con alguna coma de vez en cuando. Después los títulos volvieron, pero volvieron en minúsculas. Las mayúsculas me parecen una exageración innecesaria en poesía. Las mayúsculas son ruido, ¿no?

P: A veces, hablando de tus novelas, dices que los personajes que creas te van dictando las cosas. ¿Quién o qué te dicta los poemas?

R: Como dije antes, siempre pensé que la poesía debía llegar por el camino de la intuición y la prosa de la reflexión. Pero al ponerme en serio a escribir prosa he descubierto que también me es dictada. De ahí que diga que mis personajes hablan entre ellos y yo sólo tomo apuntes de lo que dicen. En poesía con más razón. Ojito, no oigo voces, sólo oigo mi propia voz, una voz que me dicta. Supongo que esa voz es fruto de una mezcla y acumulación de vivencias y lecturas. Siempre he imaginado que todo lo que nos pasa se va acumulando en capas y esas capas van conformando lo que somos, reafirmándonos en lo que somos. Son capas blanditas, como de gelatina -así las veo- y, según lo que nos ocurra, a veces su densidad varía y salen a flote unas u otras. Ésa es la imagen-explicación que me doy. De ese milhojas, a veces dulce a veces ponzoñoso, vienen las voces.

«Si es que escribir es hurgar, mirar y hurgar. Y contarlo. Qué maravilla, ¿no?»

P: Acabas de entregar al mundo un libro, pero déjame preguntarte ya, un poco impaciente, qué será lo próximo tuyo que leamos…

R: Ojalá sea una novela. La novela de la vieja, le llamo con cariño -adoro a esa vieja que me ha acompañado dos años-. Estoy en fase de poda. Me he divertido mucho escribiéndola aunque trate de la vejez, que no es un tema alegre. Pero ponerme en la piel de una señora de ochenta y tres años ha sido lo más. Yo es que disfruto mucho el momento de la escritura, aunque esté hablando de algo terrible. Ojalá sea esa novela. Si no es ésa será otra, que ya he empezado, partiendo de un personaje de Una casa en Bleturge. En un club de lectura, mi querida Lourdes me dijo que la hija era el personaje más interesante -a mí la hija de Bleturge me caía fatal-. Como soy de hurgar me he puesto a escribir sobre ella, a ver qué tal. Si es que escribir es hurgar, mirar y hurgar. Y contarlo. Qué maravilla, ¿no?

TRES POEMAS (CON LLUVIA) DE ISABEL BONO

 

ROMA TERMINI (RUMBO NORTE)

 

esta lluvia

no va a detenerme

 

yo sólo estoy de paso

 

esta lluvia

no es mía

 

(de Los días felices, 2003)

 

hoy parece que la lluvia

desea mi muerte

 

la dejaré hacer

como tantas veces tu cuerpo

en el mío

 

sin ninguna prisa

 

(de Días impares, 2008)

 

UNA VOZ, UN PROPÓSITO

 

no me sirven las palabras

los homenajes

las salidas de emergencia

 

no da igual vivir o morir

hay que vivir si estás vivo

 

y correr si está lloviendo

 

(de Frío polar, 2024)

 

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