1980 fue un año bueno para la poesía: tras recibir muy recientemente las visitas de Margarita Leoz y Carmen Palomo Pinel, nacidas en aquella fecha, hoy llega hasta La Plaza Invisible otro poeta de aquella gran cosecha, con el último libro que, antes de cerrar, publicó en Jerez de la Frontera la editorial Libros de Canto y Cuento, conducida por el poeta José Mateos.
Profesor de Literatura Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas (y fraile capuchino en sus ratos libres), Víctor Herrero de Miguel (Salamanca, 1980) publicó en 2023 sus dos primeros libros de poesía, a los que se unirá pronto un tercero, tras haber sido proclamado la semana pasado ganador del Premio Antonio Oliver Belmás.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
El otro día me di cuenta, sin gran pesadumbre, de que en el fondo estoy dedicando mi vida a algo que me parece bastante mal. Ir comentando la literatura no es sólo algo probablemente innecesario o superfluo sino que suele ser antipático y, en el caso de un libro como La balanza, redundante: ¿qué decir de un libro como éste, tan bien iluminado y tan claro y tan limpio?
Anotar algún día estos poemas en una edición ecdótica sería como poner notas al pie de los árboles, o como prologar o epilogar la vida. No se puede reseñar a los pájaros, o a los niños o a los dioses: lo que hay que hacer es dejarlos en paz. Y los libros que verdaderamente nos importan no se dejan glosar. Todo lo que se pueda decir de ellos ya lo han dicho ellos de forma inapelable.
Víctor Herrero de Miguel no quiere ser un poeta original. Él, si acaso, quiere sumarse a la suprema originalidad de la verdad, de lo que él siente como seguro, de la alegría
Pero, en fin, uno tiene que facturar, de modo que diremos que es bonito que los primeros versos del primer poema del primer libro de un poeta diga esto: «Pensemos los matices de las cosas, / muy despacio». Y nadie podría decir que ese programa no se cumpla, porque tanto en esa ópera prima, como en Lo que busca la abeja (el segundo libro de Herrero, que apareció casi simultáneamente), como en Los planos de un lugar (la plaquette que le acaba de publicar en Úbeda, en sus Cuadernos El Mirador, Francisco Sánchez Bellón), lo que ante todo se da es eso, una observación amorosa de la realidad, una contemplación mansa y agradecida que, muy en la línea de la poesía espiritual, celebra incluso lo aparentemente malo.
Víctor Herrero de Miguel (Salamanca, 1980) no quiere ser un poeta original. Él, si acaso, quiere sumarse a la suprema originalidad de la verdad, de lo que él siente como seguro, de la alegría. Aquí se canta a la pobreza colmada («Mirad los lirios del campo […] Ni un euro han pagado al sol / para beneficiarse de su brillo»), a la felicidad profunda e instintiva («En este endecasílabo no cabe / mi alegría»…, dice en un genial hallazgo formal y meta-métrico al que jamás podría llegarse con mucho más aparato experimental, poesía visual o juegos tipográficos) o a la fe, que hace que incluso ante la muerte se piense en la buena vida que buscamos en todos los detalles de la existencia:
«Lo contrario de la tristeza / es la realidad. / Lo dice Simone Weil y así lo creo. / Creo que en lo real está la dicha. // Ayer, en una conferencia, lo expliqué / acudiendo a pintores y poetas, / al pan que Cristo pone en nuestras manos, a cómo sadness / —en inglés— / viene de satis / —en latín— / y esto significa que estar triste / es tener demasiado / dentro. // También, mamá, hablé de ti, / de tu sonrisa mientras te morías».
Herrero de Miguel es profesor de Literatura Bíblica y domina lenguas extrañísimas, no sólo el griego o el latín sino el caldeo, y eso también está en sus poemas, lo cual hace que el punto Eloy Sánchez Rosillo que claramente tenían adquiera también un punto Juan Antonio González Iglesias, al que casi se cita en el poema Rescate (aunque a su vez González Iglesias citaba, en un juego de ecos y de rebotes muy significativo y consciente): «Del lado del amor o bien del otro lado / —dice Marguerite Yourcenar—. / Éstos son los ejércitos, / las dos alternativas de la vida»…
Esas deudas hacia la cultura se ven en el gusto por las etimologías y en el recurso constante a las autoridades del pasado (a menudo bíblicas, pero también profanas como Virgilio o Safo). Es un tributo que asimismo se aprecia en algunos epígrafes, en los títulos de algunos poemas («He pensado en un verso de la Eneida», «Una vida de Petrarca», «Una palabra del griego antiguo»…) o, mejor, en su interior, en su corazón: «Abrazándote comprendo / los secretos de las lenguas. / Que en hebreo piel y luz / suenen de la misma forma»…
Ésta es, por naturaleza, una poesía que tiende hacia lo sapiencial, hacia la sentencia («Celebra todo lo que no posees», se lee al final de un poema, o «Imaginar el bien es casi hacerlo», en el primer verso de otro de Lo que busca la abeja…), y sin embargo no resulta en absoluto sentenciosa, ni siquiera cuando las cosas se formulan en imperativo, como en el primer ejemplo. No suenan a ningún tipo de doctrina, ni siquiera a máxima o aforismo. Al contrario: suenan a la constatación de una humildad, de una fragilidad, de un casi nada que lo es todo.
La poesía mala gana cuando se la comenta (mal asunto esos libros de versos que sólo empiezan a gustar cuando se los entiende, cuando te los explican…). La poesía buena, como decía al comienzo, no admite bien la explicación. Y menos una poesía como ésta, tan transparente no sólo por su inteligibilidad sino por su espíritu, por su vocación de claridad y de iluminación tranquila.
Es difícil de justificar, pero es así: los libros que más dicen y más cosas comprimen y contienen son aquellos que, como La balanza, más cerca están del silencio y más se quieren parecer a él.

UNA BLANCA PIZARRA
Creo que al otro lado de la muerte
me esperará una mano en un umbral
y, guiado por ella, avanzaré
siendo de niño hacia una escuela.
Me imagino un pupitre con mi nombre
y sin orillas, frente a mí, el tiempo,
una blanca pizarra en la que ver
desplegado el misterio de la vida
en los breves detalles de las cosas
-el vacío en los huesos de los pájaros,
la nieve con las huellas de Francesco,
el olor de la ropa de mi madre-.
Será una clase inmensa en la que todos
seremos libros, alumnos, maestros.
*Ficha bibliográfica: Víctor Herrero de Miguel, La balanza, Jerez de la Frontera (Cádiz), Libros Canto y Cuento (col. Poesía, 31), 2023 (1 de noviembre).







