Silvia Abad Montoliú (Valencia, pero León, 1995) visita La Plaza Invisible muy pocos días después de que haya trascendido que ha resultado ganadora del I Premio Victoriano Crémer de Poesía Joven con un original titulado Un ser cercano.
Cuando se publique (antes de que acabe este 2025, al parecer), será el cuarto libro de una trayectoria de ya casi diez años cuyo tercer eslabón fue, en 2024, La boca contra el canto, un título que, editado en Madrid por Dilema, llena hoy de rojo la glorieta de San Víctor.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
A la hora de hacer la clasificación detallista de los colores, creo que podríamos empezar a hablar del rojo Dilema, ese rojo vivísimo que caracteriza la colección de poesía El Sexto Arco y que fue el que casi me cegó cuando, hace unos meses, abrí un cajón que desde aquella editorial me llegó a casa. No era un paquete ni una caja: era más bien un baúl de cartón, un arca llena de libros publicados allí, que aplicadamente y con gusto fui leyendo a lo largo de las siguientes semanas.
Como yo acababa de entregar una antología de poetas españoles/as nacidas/os en los años 90, me interesó especialmente encontrar entre aquella biblioteca franqueada a una autora de 1995 de la que yo no tenía noticia, tal vez porque, desde el León de sus orígenes al Lyon de su presente, se dedica desde hace varios años al trabajo social en aquella ciudad francesa (y de hecho en su segundo libro, Continente, ha algunos poemas en francés, recuperando una línea de la poesía española relacionada con la diglosia de la que también participaron Juan Larrea o Luis Buñuel).
Aparte de que en mi caso (y en mi casa) Silvia Abad Montoliú se convirtió desde ese momento en la primera poeta de una estantería de poesía universal ordenada por orden alfabético (hace años que me desprendí de los malísimos poemas de Héctor Abad Faciolince), La boca contra el canto es un libro que me intrigó muy de verdad, sobre todo porque tras leerlo tres veces y sentir que empezaba a atisbar sus claves, leí por primera vez el texto de la contracubierta [se puede leer si se clica sobre la ficha bibliográfica, abajo del todo] y comprendí que tenía que volver a empezar.
Y no sólo releí este tercer libro suyo sino que conseguí los anteriores, La noche que dejó de ser un animal (León, Tam Tam Press, 2016: preciosa edición para once poemas reunidos bajo un título muy atractivo) y el ya citado Continente (León, Eolas, 2021), en el que había un poema especialmente destacable: «Un cuerpo herido es más cuerpo, / un cuerpo cansado es cárcel y ala. // Es temprano, muy temprano; / en la calle sólo hay pájaros que chasquean la lengua / y niños fugitivos que vuelven corriendo a casa».
Curiosamente, es éste un poema que, levemente ampliado, se repite en La boca contra el canto, y está bien que así sea porque probablemente éste sea el libro adecuado, dada la extraña atmósfera de «cárcel» y «fugitivos» que crea, el clima entre amenazante y acogedor que aquí se da. Porque se habla de que ha habido una guerra en algún sitio, se insinúan violencias, desplazamientos forzosos, trenes nocturnos, batallas, soldados movilizados, cierto peligro.
Preguntada al respecto, Abad Montoliú cuenta que lo que se despliega en el libro es «una conversación entre yo y yo», y es verdad que, junto a la más o menos bélica, hay una preciosa trama claramente íntima («Que el azar sea suficiente; / que una noche junto al río / digas mi nombre y yo acuda»), la más bonita y clásica del libro, aunque pueda contener también tristezas y reproches: «Qué triste amar / algo que no sabe amar. // Quiero decir: es triste / que seas el garabato de un hombre».
De modo que tal vez esa conversación entre yo y yo, o esa «mujer [que] despierta junto a su doble confuso» de la sinopsis, pueden apuntar a que lo que se hace palabra en La boca contra el canto es un despliegue simbólico de la autora, que por un momento, por unas páginas, decide separar su naturaleza más privada, o más amorosa, de una parte convulsa, agitada, casi violenta que también identifica dentro de ella. La boca es lo real; el canto el horizonte.
De hecho, al igual que otros visitantes de La Plaza Invisible como Óscar Díaz y Laura Montes Romera, Silvia Abad Montoliú practica el boxeo, tal vez un modo de equilibrar o compensar la dulzura irresistible que demuestra por otros medios: «Tu mundo es pequeño; / tu mundo es tan pequeño / que me cabe en los ojos. // Existes y deshaces el lazo, / abres una galería hacia el centro, / como una puerta que aún no habíamos visto / en nuestra casa».
‘La boca contra el canto’ es, al final, entonces, un autorretrato abstracto pero sincero y profundo en el que el yo que habla se hace consciente de sus conflictos interiores
Hay, pues, algo tenso y también algo calmado, dos estados que no sólo conviven o se turnan sino que a veces se diría que se suceden, que se explican mutuamente, que uno es consecuencia del otro: «de cada herida nació un pájaro». Incluso para dar cuenta de lo pequeña que es la casa donde vive esa extraña pareja de dos yoes, vuelve a superponerse lo doméstico y la intemperie: «Nuestra casa es el Guernica dos veces».
La boca contra el canto es, al final, entonces, un autorretrato abstracto pero sincero y profundo en el que el yo que habla se hace consciente de sus conflictos interiores (y ante los otros, ante el otro), da una versión literaturizada de su propia vida o de su propia situación psicológica, de su estado de ánimo, y en el balance llega la constatación de un contraste en el que tal vez muchos y muchas podrían reconocerse: hay una bondad difícil de disimular, un afán predominante de ternura y protección, pero también un impulso colérico, una declaración de guerra consigo misma y con el mundo. El cuerpo, la boca, buscan un ideal, un sueño. Y el canto que surge es acaso provisional, pero también muy rotundo, muy claro y casi orgulloso de tan soberano: «todo lo que dije / fue queriendo». A través de un tanteo, se obtiene una reafirmación.

Quiero velarte como encendiendo un fuego,
como una vieja que espera la dureza perfecta de la carne
mientras otros se aman y se mienten
en la novela turca de la tarde-noche.
Encendimos una tarde nosotros el fuego.
Me traías ramitas mojadas como un presente;
tus manos eran dos cuencos llenos de ansia.
Respiramos el mismo humo,
caminamos el uno detrás del otro
toda la noche como soldados contentos.
*Ficha bibliográfica: Silvia Abad Montoliú, La boca contra el canto, Madrid, Dilema (col. El Sexto Arco, s. nº), 2024.







