‘La cicatriz y la huella’: cada poema que soy

Andrea Aguirre

Tras el paso de Eliana Dukelsky y Bruno Galindo, Andrea Aguirre (Buenos Aires, 1980) es la tercera bonaerense-madrileña que pasa y posa por La Plaza Invisible, y tenemos por aquí la intuición (en realidad la certeza) de que no será la última.

La cicatriz y la huella, publicado en Gijón por Bajamar, es un libro herido pero sereno, de balance duro pero dicho con dulzura y, a la vez, con verdadera fuerza: «Donde queda dolor, / no existe vacío».

 

Andrea Aguirre
La poeta bonaerense-madrileña Andrea Aguirre, contra el amarillo de nuestra Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

El escritor argentino Juan José Saer afirmó en El concepto de ficción que toda novela «es una epopeya subjetiva en la que el autor pide permiso para tratar el universo a su manera», pero creo que esa definición sigue sirviendo en muchos casos al salir de la narrativa, o incluso al salir de la ficción (que no de la imaginación). De hecho yo la he recordado leyendo el nuevo libro de poemas de su paisana Andrea Aguirre (Buenos Aires, 1980), y muy en especial su tercera parte, Diario inacabado del fin del mundo.

La narrativa, literaria o cinematográfica, nos ha acostumbrado a imaginar ese fin del mundo, que, convertido en poesía, es un hiperbólico y poderoso modo de expresar una devastación privada, un apocalipsis interior. Es lo que ocurre en esa tercera sección de La cicatriz y la huella y, aunque el lector puede llegar a sentir que le falta información, que no se sabe de dónde viene o a qué se debe tanta tristeza, tanto vacío (es la pandemia, sí, pero ¿qué más?…), en poesía hay que acatar siempre las normas de cada libro, entender que no hay nada fuera de él.

Cabe adelantar, en plan spoiler, que el libro termina con un sereno poema de amor, con la declaración de una plenitud, pero lo cierto es que hasta llegar a «el abrazo que me ofreces cada día al despertar» ha habido que atravesar un libro muy serio en su tono y en sus afirmaciones.

en las dos primeras partes, lo que predomina es la sugerencia estimulante, el apunte preciso e inspirado, con hallazgos que tienen mucho de aforismo

Esa tercera parte aludida (capítulo los prefiere llamar Aguirre en su coda final de agradecimientos) cambia perceptiblemente un libro que de repente se hace más narrativo, más familiar, menos sintético y abstracto. Porque en esas dos primeras partes (que son, por más misteriosas, las que yo prefiero), lo que predominaba era la sugerencia estimulante, el apunte preciso e inspirado, con hallazgos que tenían mucho de aforismo: «Las palabras sólo existen en algunos idiomas».

«Donde queda dolor, / no existe vacío», leemos en el primer poema, y se dice, creo, como buena noticia («un poso proyectado al infinito»…), aunque ya se coquetea en esos versos inaugurales con la militante ambigüedad que va a recorrer La cicatriz y la huella («Soy o no soy / la duda / hecha carne»), una ambivalencia que también afecta al lenguaje y que le permite yuxtaponer lo sublime a lo coloquial (como sucede en ese poema que reproducimos completo abajo), lo anafórico con lo fulgurante: «He cerrado los ojos para poder verlo todo».

«el lenguaje no nos salva de caídas, / pero sabe construirnos la red». Aquí no se pierde el tiempo reflexionando de forma estéril sobre las propias palabras

Creo que ante la poesía hay que desconfiar por sistema de todo lo que sea intraducible, y en ese sentido es importante entender que el punto metalingüístico que pueda haber en este libro es, aparte de un tema más (en absoluto el principal) algo que tiene que ver con la reflexión pertinente, no con los juegos de palabras, no con las eufonías, no con el ingenio. El lenguaje no es una piscina de bolas, sino la materia prima flexible pero estable con la que construimos cosas, y que a su vez consigue resultar protectora: «El lenguaje no nos salva de caídas, / pero sabe construirnos la red».

Aquí no se pierde el tiempo reflexionando de modo estéril sobre las propias palabras, sino ordenándolas y modelándolas para que digan algo cierto, para que acierten a servir. Quiero decir que aquí no hay mística, sino fisicidad, realidad, cuerpo, una forma no sólo de conocimiento sino de conocerse: «Crees que te alimentas / de la luz / que te mira / y es ella quien se nutre / de ti, / reflejándose». De hecho, en un apunte fascinante, parece descubrirse que el tiempo puede también dividirse en unidades lingüísticas: «Contar el tiempo letra a letra, / palabra por palabra»: nuestra vida también es ese relato subjetivo del que hablábamos arriba. También nosotros podemos autoanalizarnos a través de «cada poema que soy».

Y hay en el libro una reflexión sobre la propia genealogía, y sobre la tierra (o tierras) de procedencia, y cierta pulsión simultánea, no contradictoria ni conflictiva, por sentirse parte de algo y a la vez por distinguirse, por liberarse. Se celebra cierta soledad fundamental mientras se honra a la familia. Se busca y se anhela seguridad mientras se mira el horizonte, aunque se haga sin demasiados suspiros y desde luego sin nostalgia. Porque si el futuro es tan incierto y el pasado tampoco ofrece amabilidad, se reivindica aquí un refugio que, en todo caso, sólo puede estar en el presente: «Hemos sobrevivido. / Hemos llegado a este mar / que nos perdona».

Andrea Aguirre Defiendo mi derecho a la contradicción.

A las noches de ser y no ser y cuestionarse.

A los refugios superficiales y las risas flojas.

A los sinsentidos y los atracones de azúcar.

 

Defiendo mi derecho a no tener que nada,

a no deber y a no deber de,

a no escuchar sin desear rajarme los oídos,

a querer huirme tan aferrada a la vida.

 

Defiendo mi derecho a celebrar mis errores

y mis brechas.

 

Defiendo mi derecho a no o sí defender

lo irremediable:

cada fracaso que canto,

cada palabra que siento,

cada poema que soy.

 

*Ficha técnica: Andrea Aguirre, La cicatriz y la huella, Gijón, Bajamar, 2023. Prólogo de Raquel Vázquez

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