La sensibilidad y la erudición conspiran en La civilización no era esto, el libro asombrosamente maduro con el que Aitana Monzón (Tudela, 2000) obtuvo en 2021 el IV Premio Espasa es Poesía.
Tudelana de sangre aragonesa, presente madrileño e imaginario sincrético, de tan universal, la de Monzón es una de esas nuevas voces que, sencillamente, justifican la fundación de La Plaza Invisible.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
El modo en que La civilización no era esto depende de El cuarteto de Alejandría es tan directo y transparente que casi nos lo vamos a saltar, y la deuda que con Lawrence Durrell ha contraído Aitana Monzón (Tudela, 2000), que no en vano cursó Estudios Ingleses, está tan reconocida, y de tantos modos, que lo mismo: lo correcto por mi parte va a ser obviarla, o por lo menos no agarrarme a ello.
Porque es perfectamente posible y legítimo abordar la lectura de la poesía de Monzón sin condicionarla, más allá de lo argumental, con el clásico de Durrell. Y lo que ha logrado ella es todo un complot en el que conspiran hasta solaparse la poesía, el teatro, la narrativa romántica, la psicología, la semiótica, el libro de viajes o la historia del arte, levantando un precioso y sorprendente retablo en el que a su vez se funden con llamativo éxito la sensibilidad y la erudición.
La obsesión de este libro es la belleza, su necesidad, su anhelo, su afanosa búsqueda, su apagamiento, su final, su ausencia, la melancolía que deja su recuerdo. Mientras Alejandría se hunde, mientras la civilización se degrada, mientras las personas amadas enferman y mueren, un personaje principal, Darley, acomete con su monólogo dramático en fragmentos o secuencias la persecución de aquello que pueda quedar de hermosura o de pureza, y lo busca en su pasado, en su imaginación, en las decadencias paralelas de la ciudad, de Melissa y de sí mismo.
‘la civilización no era esto’ no sólo es poesía, sino poesía buenísima, rebosante de hallazgos, sugerencias y misterios
Con una estructura deliberadamente teatral (el libro se divide en cinco actos, los cuales a su vez se dividen en escenas), Aitana Monzón va movilizando a sus criaturas y va permitiendo las situaciones, pero, aunque se alíe con la acción, no puede caber duda de la naturaleza estrictamente poética del libro. Y no sólo es poesía, sino poesía buenísima, rebosante de hallazgos, sugerencias y misterios, algo barroca en su frondosidad de significados o en la golosa inclusión de cultura, pero en absoluto densa o espesa o farragosa…
Con un eco explícito –si es que no una cita directa– del Arde el mar de Pere Gimferrer (en el poema que reproducimos completo abajo) y con alguna pequeña ingenuidad (al disponer en vertical versos que hablan de lluvias, pendientes o deslizamientos, o al diseminar las letras de la palabra «descompuesto», o al renunciar a una puntuación que a veces ayudaría…), Monzón habla en una de sus acotaciones de «una ciudad tan grande como un mundo», y eso es también su libro, pues hay una voluntad de universo cerrado, de espacio autónomo y suficiente donde poder esperar a que suceda algo.
Lo de las acotaciones es coherente, pues en La civilización no era esto es importante la poética del inciso, del matiz que se hace material, de la anotación más o menos marginal que no puede dejar de decirse, porque la precisión o, mejor, la exactitud, es algo que Monzón persigue de una forma tan casi lasciva como hace Darley con la belleza, aunque se trate, por supuesto, de una exactitud relativa, por ser poética, de una precisión muy personal, muy subjetiva.
«En ella se gestaba lo absoluto», se dice de esa infancia que «era bosque», se habla de una «belleza mortal» y, aún más sublime y ambigua, de «una policromía ya fantasma». Y ante el Descendimiento de Van der Weyden (al que Ada Salas dedicó en 2018 un libro muy bueno) o, mejor, ante su recuerdo, Darley considera en uno de esos apuntes tan aparte que van entre corchetes que «será que mirarte significa / haber enmendado una culpa»…
Por lo que se ve, al final se alcanza esa belleza, aunque sea sólo con las palabras y las imágenes poéticas que dan cuenta de esa aventura, y con un trabajo verbal que es una aventura en sí mismo y que tiene algo de orfebrería, o incluso, finalmente, de alquimia blanca, de magia positiva.
delicada pero firme, cultísima sin pedanterías, muy desnuda bajo no tantos ropajes, la poesía de Monzón recuerda a la mejor lírica veneciana de los ’70
Delicada pero firme, cultísima sin pedanterías, muy desnuda bajo no tantos ropajes («parece inverosímil tu desnudo; por eso lo nombramos sacrificio»), la poesía de Aitana Monzón recuerda a la mejor lírica veneciana de los ’70 (más a los momentos altos del ya citado Gimferrer, por ejemplo, que a la palabrería estéril de José María Álvarez), pues a menudo pecaba de manierista y excesiva pero que dejó también algún tesoro limpio, alguna conquista aprovechable.
Hay mucha gente haciendo muchas cosas, muchas y muchos jóvenes acometiendo proyectos estupendos y estimulantes, pero lo que consigue Aitana Monzón en La civilización era esto me ha parecido algo especialmente arrebatador y especialmente convincente. No sólo está en el buen camino para conseguir y ofrecer textos valiosos, sino que ya ha conseguido, al menos, una buena meta.
Morir en Venecia
entre ritmos y odas y teatros
debería ser oficio compartido
Borrachos y tristes, los que una vez amaron
tu forma de fumar, mujer,
tu forma de posar los labios
por la pendiente alejandrina, ahora te siguen
–tacones sobre piedras que se agrietan–
y buscan el calor de los volúmenes
que oculta la ciudad
Morir en Venecia
entre ritmos y odas y teatros
debería ser oficio compartido
[Morir;
pero no se dice de qué muerte]
por eso,
mujer que cierras los ojos, espesos
como espacios derruidos –cruzada de cinturas
te diré cuando me agotes
que gestamos estas nadas en
heridas
Esto: que es la nada pero acaba en tus iris
Esto: que es la nada
pero acuña la eternidad
del agua por tus piernas
como si fueras hechizo fecundo
por eso,
borrachos y tristes, nosotros
iremos al canal [ ] iremos hacia ti
iremos en la ruta de caminos
hacia tus versos como bardos
y mirándonos furtivos por una vez
recordaremos libres los pechos que se abrazan
olvidaremos
que la ciudad se derrumba
sin la memoria del otro
Ficha técnica: Aitana Monzón, La civilización no era esto, Barcelona, Espasa, 2021.