La eternidad es una cosa muy larga pero muy corriente

Una mañana de verano escribí lo que sigue. En algún lugar de alguna parte sigo escribiéndolo.

A cierta altura de su relato, Susan Burton dice en Foe[1] algo así como que, según cierto autor, después de la muerte no nos hallaremos entre coros de ángeles, sino en un lugar ordinario, como por ejemplo una casa de baños en una tarde cálida, con arañas sesteando en los rincones. Al principio creeremos que es un domingo cualquiera en el campo. Después nos daremos cuenta de que es la eternidad.

A sangre Fría cuenta que en la eternidad todo es lo mismo. Porque recuerda esto: si un pájaro llevara la arena, grano a grano, de un lado a otro del océano, cuando la hubiera transportado toda, eso solo sería el principio de la eternidad.[2]

Una tarde, poco después de releer ambos libros (leer es releer y la eternidad es hacerlo de continuo), estaba en la estación de Cambrils, donde nadie te atiende, y la cinta que anunciaba el tren se repetía incesante. No había principio ni fin, era una tarde de Moebius. Todo estaba quieto de calor y el tren no llegaba, aún no llega. Las máquinas no funcionaban, no había nadie en taquilla, ya lo he dicho, nunca hay nadie. Su taquilla es tan útil como un reloj en lo eterno. Su reloj, por cierto, estaba –está– parado. Creí que era mi casa de baños y que releer Foe y A sangre fría era mi paraíso.

Pero no, ha sido hoy, en el supermercado, cuando he sabido que nunca saldría de esos pasillos porque jamás encontraría el café. La eternidad es que te cambien las cosas de sitio en el supermercado, y encima cae en verano. Y sin embargo debí de salir, porque recuerdo vagamente que luego estuve yendo y viniendo de Correos, y que un hombre sentado a una mesa en la terraza de un bar pensó, al verme pasar por cuarta vez a su lado, que aquella era su eternidad, estar sentado en el bar viéndome yendo y viniendo de Correos. De lo cual no se extrae, naturalmente, ninguna lección moral, de no ser que tu eternidad puede muy bien ser la eternidad de otro que está tan infinitamente perplejo como tú.

Hasta ahí lo que escribí ese día de verano. Luego la eternidad fue releer en otoño El corazón de las tinieblas y volver a saber que también era esperar remaches para reparar un vapor o material para construir ladrillos en una estación central de las entrañas del Congo.

O puede que, como dice Ismael cuando piensa en su destino en vísperas de su viaje a Nantucket, estemos muy equivocados:

[…] sí, un bote desfondado me hará inmortal por diploma. Sí, hay muerte en este asunto de las ballenas; el caótico y rápido embalar a un hombre sin palabras hacia la Eternidad. Pero ¿y qué? Me parece que hemos confundido mucho esta cuestión de la Vida y la Muerte. Me parece que lo que llaman mi sombra aquí en la tierra es mi sustancia auténtica. Me parece que, al mirar las cosas espirituales, somos demasiado como ostras que observan el sol a través del agua y piensan que la densa agua es la más fina de las atmósferas. Me parece que mi cuerpo no es más que las heces de mi mejor ser. De hecho, que se lleve mi cuerpo quien quiera, que se lo lleve, digo: no es yo.[3]

En Ancho mar de los Sargazos, Antoinette, encerrada ya en Thornfield Hall, sabe que el tiempo no tiene ningún sentido, pero algo que se puede tocar, eso sí, algo como su vestido rojo, del color del fuego y el atardecer, de flores llameantes. Y si te entierran bajo un árbol llameante, tu alma se eleva cuando florece[4].

Tras meditar sobre la eternidad, Ismael zarpa a la caza de la ballena, ese «monstruo» del mar. En el mar habita el Uróboros o Uroboros, que Borges describe así en El Manual de zoología fantástica[5]:

Heráclito había dicho que en la circunferencia el principio y el fin son un solo punto. Un amuleto griego del siglo III, conservado en el Museo Británico, nos da la imagen que mejor puede ilustrar esta infinitud: la serpiente que se muerde la cola o, como bellamente dirá Martínez Estrada, «que empieza al fin de su cola». Uroboros (el que se devora la cola) es el nombre técnico de este monstruo, que luego prodigaron los alquimistas. […] Cuando llegue el Crepúsculo de los Dioses, la serpiente devorará la tierra…

Puede que la eternidad sea leer y olvidar lo que has leído para volver a leerlo y olvidarlo; el palimpsesto que escribe el agua en las orillas; un mejor ser del que, gracias a la memoria fotogénica, como la llamo, no recordamos las heces; flores ardiendo, serpientes, o una tarde de verano en cualquier parte. O puede que, como dice Billy Pilgrim en Matadero cinco, simplemente so it goes.

(Continuará, como todo.)

[1] Foe, J. M. Coetzee, Penguin, Londres, 1987.

[2] A sangre fría, Truman Capote, Anagrama, Barcelona, 1991.

[3] Moby Dick, Herman Melville, traducción de José María Valverde, ed. Bibliotex, col. Millenium, 1999.

[4] Wide Sargasso Sea, Jean Rhys, Penguin, Londres, 2000. La traducción es mía. El flamboyant tree de Wide Sargasso Sea puede traducirse por flamboyán, ese árbol de flores naranjas que parece prendido. Pero, dada la importancia del fuego en el libro, me inclino por un árbol llameante, el mismo de la visión del «árbol de la vida en llamas» al final del libro.

[5] Manual de zoología fantástica, Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero, col. Breviarios, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1998.

[La imagen que encabeza este artículo es el Uroboros, la serpiente que se muerde la cola de Abraham Eleazar, sacada de aquí.]

 

 

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