La ética de la responsabilidad

¿Es posible destinar el dinero necesario a educación-cultura, transformación tecnológica de la economía y transición ecológica de la sociedad con políticas de gasto restrictivas? Obviamente, no. ¿Apostar por un presupuesto expansivo pensando en las generaciones futuras generará más déficit a corto plazo? Seguramente. ¿Eso es malo? Depende.

Núria Ribas / @nuriaribasp

Lo que llamamos justicia social no es solamente procurar la redistribución de la riqueza generada por el sistema para no aumentar la brecha entre los más ricos y los más pobres. Recordemos que vivimos en la sociedad “de los tres tercios”: dos tercios más o menos vinculados al mercado laboral y un tercio en zonas de marginalidad, que sobreviven como pueden.

Justicia social es también tomar hoy las decisiones adecuadas para que las siguientes generaciones tengan un futuro como el que hemos tenido nosotros o, a poder ser, mejor.

Una de estas decisiones, quizás la más decisiva y urgente de todas y que, por tanto, sería de justicia, es invertir en educación-cultura, I+D y medio ambiente. Hoy, las sociedades que no apuesten por estos tres vectores están condenando a nuestros hijos y nietos a un futuro desalentador, sin visos de poder desarrollar proyectos ni personales, ni colectivos.

Estas inversiones –urgentes- deberían articular el gasto público del nuevo Gobierno de coalición. Máxime cuando la vía de reformas estructurales – también urgentes- no parece posible dada la cerrazón del principal partido de la oposición, el PP, que ya ha anunciado que no va a facilitar las mayorías parlamentarias necesarias para aprobar cambios de calado. Pero destinar más o menos dinero de los Presupuestos Generales del Estado a los tres factores fundamentales depende solo del Ejecutivo (tras el paso previo de la aprobación de las cuentas en las Cortes, algo que se supone que, al menos este año 2020, sí se va a producir).

¿Es posible destinar el dinero necesario a educación-cultura, transformación tecnológica de la economía y transición ecológica de la sociedad con políticas de gasto restrictivas? Obviamente, no. ¿Apostar por un presupuesto expansivo generará más déficit a corto plazo? Seguramente. ¿Eso es malo? Depende.

El déficit público español es alto pero no preocupante: un – 2,3% según la UE (Francia e Italia están más o menos a la par). Sí que es preocupante la deuda pública, que es uno de los grandes lastres de nuestra economía. España es el segundo país del mundo con más deuda exterior, que habrá que pagar tarde o temprano. En todo caso, Pedro Sánchez quiere renegociar con Bruselas el objetivo de déficit pactado con la Comisión Europea. La CEOE ya ha puesto el grito en el cielo y ha pronosticado que, con las medidas anunciadas por el nuevo Ejecutivo, el déficit para 2020 se disparará al – 3,5%. La patronal asegura que el gasto adicional será de 25.000 millones.

De entrada, endeudarse todavía más parece una mala idea. Pero todo depende de para qué una se endeuda. La cuestión es: ¿qué pasará si no lo hacemos, si no apostamos por invertir con decisión en los tres ejes indispensables para asegurar un futuro a las siguientes generaciones y al Planeta en su conjunto?

Las consecuencias de las propias decisiones

Weber, explica la filósofa Victoria Camps en su Virtudes Públicas, sostiene que el político ha de velar por la conservación del mundo además de procurar que este sea justo. Es la veratwortugsethik, o ética de la responsabilidad: la disposición a tomar en cuenta las consecuencias de las propias decisiones, más allá de atenerse solo a nuestras convicciones o principios. (1)

Así que lo que tendrá que dilucidar el Ejecutivo progresista de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es qué consecuencias tendrá no invertir en los tres ejes fundamentales en los que hoy nos la jugamos y cuáles serán estas consecuencias si nos endeudamos todavía más para hacerlo.

Puede que haya una salida, dicen algunos: recaudar más y destinarlo a estas inversiones pendientes. Pero hay otras cuestiones, como salarios mínimos, pensiones paupérrimas e infraestructuras pendientes, que seguramente se llevarían este aumento de la recaudación.

Lo que parece indicar el actual escenario es que necesitamos hacer las dos cosas: recaudar más y mejor, y endeudarnos un poco más.

Endeudarse mejor, en el sentido otra vez de justicia social: debe funcionar ese contrato social de John Rawls en el que todos convenimos que los que más tienen deben pagar más para que, en realidad, se mantenga el statu quo (miremos a Chile, si tenemos alguna duda sobre ello) de unas diferencias sociales que difícilmente se pueden evitar, aunque sí suavizar, en nuestras democracias liberales capitalistas.

De hecho, hasta el FMI (Fondo Monetario Internacional) apoya ahora elevar el gasto social para impulsar la cohesión social y asegurar que el crecimiento beneficie a todos. Tras décadas de Consenso de Washington se dan cuenta de que la receta no llevaba a ninguna parte, solo a disminuir la redistribución de la riqueza generada y. así, aumentar la brecha entre los más ricos y el resto.

Quizás la clave es pensar cómo recaudamos más entre los que más tienen (¿seguro que el objetivo deben ser las empresas o los bienes inmuebles, que pueden volar a otros países, y no algo que no se puede deslocalizar como es el suelo?) y dónde invertimos sin complejos lo que nos ‘rente’ el endeudamiento.

¿Este endeudamiento genera un resultado justo para las próximas generaciones? Si la respuesta es sí, adelante. Sin dudarlo.

Hace poco más de un mes, la que ahora es nueva Secretaria de Estado de Digitalización, Carme Artigas, decía: “Países como China, Singapur o Corea del Sur se convencieron hace años de que el control de la inteligencia artificial proporcionaría poder económico e invirtieron en educación. Ahora recogen los frutos. En España, el informe PISA es poco alentador y el sistema no crea los perfiles que se demandan”. “Se debe dar un vuelco a la educación, desde Primaria”. Su nombramiento dice mucho de la dirección que quiere tomar este Gobierno.

Pero las ideas, en política, necesitan presupuesto.

Lo que realmente sería deseable y esperanzador es que todos los agentes políticos y sociales tuvieran el coraje de reconocer los ejes principales y aguantar el tirón de unos años que serán complicados, como lo son todas las transiciones. Pero que asegurarán, a cambio, un futuro a nuestras hijas e hijos. Y a nuestros nietos. Eso, es la justicia social. Eso es la ética de la responsabilidad. Y eso, es lo que ningún gobierno de España – ni la oposición- ha tenido la valentía de llevar a cabo.

¿No es el momento adecuado porque se avecina una nueva crisis? Nunca será el momento adecuado porque nuestro sistema, a no ser que empecemos a construir un ‘capitalismo progresista’, como lo llama Joseph Stiglitz, tendrá crisis sistémicas cada vez más a menudo.

Así que la única alternativa justa, de buen Gobierno, parece ser mantener lo necesario, invertir en lo imprescindible y cuidar lo conseguido.

Núria Ribas, periodista. Editora de La Línea Amarilla

(1): Camps, Victoria, (2019).Virtudes Publicas. Por una ética pública, optimista y feminista, Barcelona, Ed. Arpa

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