La huella de las narices

La huella de las narices

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Jean Murdock / @jeanmurdock_

A los quince años perdí la nariz en un accidente de tráfico. Fue como Mi novia se llamaba Ramón pero con probóscide en vez de novia. La tercera operación consistió en extraerme una loncha de hueso craneal para levantarme un tabique. No quedó nada mal y mi cirujano me dijo que tenía un cráneo estupendo para hacer injertos. Por aquel entonces yo estaba hasta las narices de cirugía, pero fue un cumplido estupendo y me enorgullecí tontamente de mi cráneo.

Desde entonces tengo parte de la cabeza en la nariz, por lo que mi olfato es bastante cerebral. Y si mi olfato no yerra, hay mucha literatura de narices. Excuso mencionar a Pinocho, a quien le crece la nariz cuando miente, y a Cyrano, de quien podría decirse lo contrario, es decir, que miente porque tiene la nariz larga. Antes que ellos ya estaba el dios romano Jano, que tenía dos rostros, ergo con uno olía el pasado y con el otro olfateaba el futuro.

El paso del tiempo no ablandó la ojeriza que quevedo le tenía a góngora, a cuya nariz le dedicó un archiconocido poema

Se cree que de Jano desciende l’home dels nassos, el hombre de las narices, que no es un tipo molesto sino un personaje mítico popular en Cataluña, Valencia, Aragón y otros lugares. Se llama así porque tiene tantas narices como días el año, hasta que el 31 de diciembre, que es cuando se deja ver, solo le queda una. Vive a los pies de un árbol —l’arbre dels nassos— y viste con hojas de doce árboles, que lo adornan con cuatro colores distintos —los de las estaciones, pues, como Jano, es símbolo de transiciones, puertas, del paso del tiempo—.

El paso del tiempo no ablandó la ojeriza que Quevedo le tenía a Góngora, a cuya nariz dedicó un archiconocido poema. Érase un hombre a una nariz pegado… érase una pirámide de Egipto, las doce tribus de narices era…

Edward Lear, poeta del absurdo, también cantó limericks a narigudos, entre ellos una joven dama y un anciano de luengas napias, y el célebre Dong de nariz luminosa.

La historia también abunda en trompas soberbias. No hay quien hable de Sócrates sin obviar el mal gusto de afearle la nariz, e igual de famosa es la de Cleopatra, de quien Pascal dijo que, de haber tenido la nariz más pequeña, el rostro del mundo sería otro. En Pioneers of Science, sir Oliver Lodge observa que la nariz de Tycho Brahe solía despertar más interés que sus investigaciones astronómicas, que no fueron pocas ni menores.

Según Lodge, Brahe mantuvo una disputa sobre una cuestión matemática con un tal Manderupius, por lo que un amanecer de diciembre de 1566 se batió en duelo con él —como es natural en semejante lance— y perdió la nariz de un tajo. Hay quien dice que se fabricó una de cera, otros cuentan que era de arcilla o de oro y plata. Se asemejaba mucho a la original pero, como apunta Lodge con sorna, se desconoce si ese comentario lo hizo un amigo o un enemigo. Según una versión, Brahe llevaba siempre encima una caja con cemento para pegarse la nariz cuando se le caía, cosa que sucedía de vez en cuando.

Herodoto recoge que Zópiro sacrificó su nariz por darle Babilonia a Darío I. La cosa fue como sigue. Darío tenía la ciudad sitiada, pero esta se resistía, de modo que Zópiro le propuso un plan: se cortaría la nariz y las orejas para hacerse pasar ante los babilonios por víctima del rey persa y granjearse su confianza fingiéndose hermano de penurias. Y dicho y hecho. Cuando tuvo a los babilonios en el bote, abrió las puertas de la ciudad a Darío, quien la tomó de inmediato, pues tenía olfato para las conquistas.

Volviendo a la literatura, cuando el Diablo visita a Bon-Bon en el cuento de Poe, le explica que fue él quien le dijo a Aristóteles que al estornudar los hombres eliminan por la nariz el exceso de ideas. Y el primer acto vital del protagonista de Los leones, también de Poe, consistió en cogerse la nariz con las dos manos. Mi madre lo vio y me llamó «genio»; mi padre lloró de alegría y me regaló un tratado de Nasología. Lo conocí bien a fondo antes de que me pusieran pantalones. Y continúa diciendo que no tardó en comprender que si un hombre disponía de una nariz lo suficientemente conspicua le bastaría andar detrás de ella para llegar a convertirse en un «león» social. Pero no me limitaba a atender solamente a la teoría. Todas las mañanas aplicaba a mi proboscis un par de tirones y me enviaba al coleto media docena de tragos.

 Cuando llegué a la mayoría de edad, mi padre me invitó cierto día a entrar en su despacho.
—Hijo mío —manifestó cuando nos hubimos sentado—. ¿Cuál es la finalidad esencial de tu existencia?                                                                                                                
—Padre —contesté—, es el estudio de la Nasología.
—¿Y qué es la Nasología, Robert?
—La ciencia de las narices, señor —contesté, amostazado.
—¿Y puedes decirme cuál es el significado de una nariz?
—Una nariz, padre mío —dije, grandemente aplacado—, ha sido diversamente definida por unos mil autores diferentes. (Aquí saqué el reloj y lo consulté). Es casi mediodía, es decir, que tendremos tiempo de mencionarlos a todos antes de medianoche…[1]

al estornudar, los hombres eliminan por la nariz el exceso de ideas, cuenta poe que le explicó el diablo al mismísimo aristóteles

En La nariz de un notario, de Edmond About, maese Alfredo L’Ambert pierde la nariz en un duelo, como Brahe, pero su reconstrucción es más compleja. El cirujano le da tres opciones: recomponerla y pegársela, cosa imposible, puesto que se la ha comido un gato; operarlo según el método hindú, que consiste en recortarle un triángulo invertido de piel de la frente sin despegar la punta inferior, pues sobre esa punta debe girarse el triángulo de piel —de forma que la epidermis quede afuera— y coserse en el lugar de la nariz—, o, por último, intervenirlo a la italiana, es decir, cortarle un triángulo de piel del brazo y mantenerlo por un mes cosido al rostro, operación que exige una paciencia infinita, pues el sujeto debe permanecer un mes inmóvil con la nariz pegada al brazo. Al final el notario se opera a la italiana, pero con el brazo de otro, el desdichado Romagné, al que pasa treinta días pegado. Y ese es solo el principio de un relato de tres pares de narices.

Hablando de gatos, en Soy un gato Natsume Soseki nos deleita contando que al duque de Wellington lo llamaban Nariz, alude a lo que dijo Pascal sobre la probóscide de Cleopatra y nos regala con una disertación nasológica sin desperdicio, entre la que destaca su explicación sobre el por qué de esa protuberancia en el rostro humano —es el resultado de sonarse— y su admiración por el calibre de la nariz de la señora Kaneda:

el objeto más raro y egregio del mundo. […] El puente de la nariz de esa señora me parece ciertamente magnífico, aunque excesivamente rígido, inaceptablemente empinado. Si uno se detiene a examinar las narices de los antiguos, parece probable que la nariz de Sócrates, Oliver Goldsmith o William Thackeray fueran bastante imperfectas desde el punto de vista estructural, pero cada una de esas imperfecciones tenía su encanto. Sin duda es un acto puramente intelectual afirmar que una nariz, como una montaña, no es relevante por su tamaño, sino por su personalidad. Igualmente, en este país tenemos una ajustada expresión popular que reza: «Mejor que la nariz son los pasteles». Se trata, sin duda, de una corrupción de algún tipo de adagio más antiguo que valoraba la nariz por encima de los olores.[2]

Cuando digo Nariz, quiero decir Nariz

En un ejercicio de metanarizología, Soy un gato alude asimismo al «tratado sobre la nariz» en Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, donde Tristram afirma que con la palabra Nariz, tanto en este largo capítulo de narices como en cualquier otra parte de mi obra en la que aparezca la palabra Nariz, declaro solemnemente que con esa palabra no quiero decir ni más ni menos que Nariz.

Pero, ¿por qué tanta insistencia en que al decir nariz quiere decir nariz? Porque unos párrafos antes ha sucedido lo siguiente:

—Considérolo una exigencia sumamente irrazonable —exclamó mi bisabuelo estrujando el papel y arrojándolo con violencia encima de la mesa—: de acuerdo con estos cálculos, señora, vuestra fortuna asciende a la cantidad de dos mil libras; ni un chelín más; ¡e insistís en que se os asigne por ello una viudedad de trescientas libras anuales!

—Es para compensar —respondió mi bisabuela— el hecho de que vos, señor, apenas tengáis nariz.[3]

Me huelo que la bisabuela era de la firme opinión de que el tamaño importa.

En La nariz, de Gogol, el mayor Kovaliov despierta una mañana sin su nariz. Su barbero se la encuentra en un bollo de pan y acaba arrojándola al río. La cuestión es que, cuando el mayor sale a buscarla, la ve en la calle vestida de uniforme bordado en oro, con cuello alto, pantalón de gamuza y la espada al costado. El penacho del tricornio indicaba que poseía el rango de consejero de Estado…[4]

Es un relato que recuerda a La sombra, de Andersen, y a su predecesor, el Peter Schlemihl de Chamisso, en cuanto narra la historia de una «parte del cuerpo» que se separa de su dueño. El cuento de Chamisso inspiró a Hoffmann Las aventuras de la noche de San Silvestre, según escribe Fouqué a Julius Eduard Hitzig en La maravillosa historia de Peter Schlemihl. En el relato de Hoffmann, Erasmus Spikher pierde su reflejo especular, lo que nos llevaría al conde Drácula, pero eso ya es harina de otro costal.

El cine también ha dado napias de campeonato. En la descacharrante El dormilón, de Woody Allen, Miles Monroe despierta tras doscientos años congelado y se ve envuelto en una revolución libertaria. El dictador que encorseta al mundo ha sufrido un atentado; solo queda de él su nariz, que sigue gobernando. Los médicos tratan de clonar al tirano con sus células nasales, pero Monroe, junto con Luna (Diane Keaton), secuestra a la nariz y, naturalmente, no diré cómo acaba, pues los destripes gustan menos que los desnarizados.

Hablando de desnarizados, existen colecciones de narices esculpidas. Se llaman nasotecas, y reúnen los apéndices nasales restaurados a estatuas y bustos clásicos que en su día los perdieron —a manos del vandalismo, el saqueo, la torpeza, etc.— y que se les repararon en nombre de la compostura pero que, al cambiar la política de conservación de los museos, se prefirió la autenticidad al completismo y se les confiscaron las narices. Me pregunto si, por un casual, se habrá colado en una nasoteca la nariz que perdí en la carretera. Al fin y al cabo, la de la Universidad de Lund, Suecia, contiene un molde de la nariz de plata de Tycho Brahe. Y, lo mejor: también exhibe la Nariz desconocida, un monumento a la nariz del hombre de a pie que honra a todos los que no alcanzaron la inmortalidad nasal.

#Huellas  #blogsdelalínea

[1] «Bon-Bon», en: Edgar Allan Poe, narrativa completa, traducción de Julio Cortázar/Margarita Rigal, ed. Cátedra.

[2] Yo, el gato, Natsume Soseki, traducción de Jesús González Valles, ed. Trotta.

[3] Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, Laurence Sterne, traducción de Javier Marías, ed. Alfaguara.

[4] La nariz, Nikolaj Vasilievic Gogol, en: Cuentos fantásticos del xix, edición de Italo Calvino, traducción de Isabel Vicente.

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