La huella de Rengetsu

Rengetsu

Rengetsu

Jean Murdock / @jeanmurdock_

El Monestir de Pedralbes de Barcelona ofrece una exquisita exposición sobre Õtagaki Rengetsu, monja budista poeta, pintora, ceramista y calígrafa del Japón del siglo XIX. Con treinta o treinta y tres años —según la fuente—, Rengetsu, que había enterrado a dos maridos y a cuatro o cinco hijos —según la fuente—, se hizo monja budista y vivió entregada a la poesía y la contemplación, así como a la manufactura y el comercio de sus piezas, que componían su sustento. Los poemas[1] de su mano que recoge la exposición me llevaron a tres huellas literarias.

UNO

La primera, en forma de rastro de un zorro en la nieve:

Toda la noche

los aullidos de un zorro;

esta mañana

en el manto de nieve

solo veo sus huellas.

Por la mañana solo hay silencio, pero hablan las huellas del zorro en la nieve. («Cuando el rayo habla, dice oscuridad», escribe George Steiner.) Esas huellas de zorro me recordaron a Weinberger cuando dice, ya en el siglo XX:

«En el Sáhara los camellos dejan huellas como flores de loto sobre la arena».[2]

Y sobre todo a Tranströmer, quien, harto de palabras pero ávido de lenguaje —o harto de ruido y ávido de silencio—, escribió en De marzo del ’79:

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras,
pero no lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve.
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras.[3]

DOS

La segunda huella la encontré en forma de sueño. Escribe Rengetsu:

En la pradera,

entre rocío y flores,

yo me adormezco;

¿quién está soñando

con esta mariposa?

Fue leer este poema y pensar en el sueño de Chuang Tzu —o Zhuangzi— y, efectivamente, en la exposición, en la sala contigua, se repetía e incluía un pie que rezaba, entre otras cosas: «Rengetsu compuso el poema pensando en el famoso sueño del sabio chino Zhuangzi».

Este es el sueño de Chuang Tzu, según lo recogen Borges, Ocampo y Paz en su Antología de la literatura fantástica:

«Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu».

Si Kafka no hubiera inventado a Gregor Samsa, lo habría soñado Monterroso emulando a Chuang Tzu:

«Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha».

Recoge Borges que Coleridge escribió hacia 1818:

«Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en la mano… ¿entonces, qué?».

Un día de verano de 1797, Coleridge volvió de un sueño con un poema en la mano, el Kubla Kahn. En cuanto despertó, se sentó a escribirlo, pero una visita lo interrumpió y, cuando esta se fue, el poeta ya había perdido el hilo. Todo cuanto escribió es, pues, un fragmento de ese sueño.

En el siglo XIII Kubla Khan soñó un palacio que luego edificó según su sueño. Dicen que Coleridge no sabía del sueño del gran kan. No he hallado indicios de que el gran kan recordara su palacio solo a medias, por lo que me figuro que nadie lo interrumpió y pudo mandar erigirlo entero.

TRES

La tercera huella me recordó a un delicado verso de Robert Frost. Rengetsu escribe:

De aquí para allá

en la hierba abrasada

por el verano;

en busca del rocío

vuela una mariposa.

Sin embargo, fue la traducción catalana de este waka la que me llevó a Frost:

Voltes i voltes

a l’herba assolellada

de l’estiu tòrrid;

la papallona busca

perles de la rosada.

Fueron esas «perlas de rocío», perles de la rosada, las que me trasladaron a La casita negra, poema incluido en Al norte de Boston, donde Frost escribe: «Granos de arena habrían de azucarar el natal rocío».[4] La arena vista como azúcar espolvoreado sobre el rocío, sin duda golosina para una mariposa.

Las perlas de rocío, como las perlas de sudor, son un lugar común en la poesía

La traducción inglesa, que extraigo de la Fundación Rengetsu[5], dice:

Rambling about

no shade in the summer fields

over the thick grasses

looking for drops of dew—

a butterfly in flight.

Drops of dew, «gotas de rocío».

Por curiosidad, he preguntado a unas amigas japonesas si en el poema original de Rengetsu aparecen gotas, perlas o rocío a secas —aunque esto último sea oxímoron—. El texto, por ser del siglo XIX, entraña cierta dificultad para el lector moderno, pero hasta ahora la conclusión es que no hay perlas propiamente dichas en el verso japonés, pero sí hay gotas. Sin embargo, como es sabido de todos, las perlas de rocío —como las perlas de sudor— son un lugar común en la poesía, y si vienen de perlas —con perdón— a la comparación con el azúcar de Frost,[6] entonces sea. «Pues haz cuenta —dijo don Quijote— que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, tocados de sus manos». Se non è vero, è ben trovato.

La exposición puede verse hasta el 17 de abril de 2022. 

[1] La traducción de los poemas de Rengetsu al español y el catalán es obra de Marta Morros Serrat; la corrección corrió a cargo de Gemma Rovira (español) y Víctor Sunyol (catalán).

[2] Algo elemental, Eliot Weinberger, traducción de Aurelio Major, ed. Atalanta, Girona, 2010.

[3] El cielo a medio hacer, traducción de Roberto Mascaró, Nórdica Libros, Madrid, 2012.

[4] La traducción es mía.

[5] La cual, por desgracia, no nombra a sus traductores. Les he escrito, pero aún no he recibido respuesta. En la exposición del Monestir de Pedralbes la traducción al inglés es de John Stevens.

[6] Las imagino ahora como esas perlitas plateadas de azúcar que se usan en repostería.

*Más Huellas: Yerro, luego existoIt’s the bluesLa huella de las narices

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