‘La nieve brota en cautiverio’: una palabra nueva

Iría Fariñas

La dramaturga, performer, narradora, actriz y poeta Iria Fariñas (Madrid, 1996) llega hasta La Plaza Invisible con La nieve brota en cautiverio, un libro poderoso con el que tal vez culmina un primer tramo de su escritura, volcada en otros libros, cuadernos y proyectos.

Publicada en Granada por Valparaíso Ediciones en noviembre de 2024, en este libro asistimos a una ceremonia iniciática en la que doce mujeres van tomando la palabra para levantar entre todas no sólo un discurso común sino un manifiesto que las implica en lo más profundo.

Iria Fariñas
La poeta, entre otras cosas, Iría Fariñas (Madrid, 1996) llega hasta La Plaza Invisible con su ‘nieve’ brotando de donde menos se espera / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

En La alegría del momento, un diario que la editorial Periférica acaba de publicar en España, el escritor francés Jacques Brosse dejó dicho que «lo sagrado es lo invisible cuando a veces se digna manifestarse, cuando, por fin, aceptamos verlo».

Está muy bien esa idea de que para que algo sea sagrado tenga que materializarse y hacerse de alguna manera perceptible a través de los sentidos, aunque sea de modo muy sutil, o aunque se exija mucha atención, o mucha predisposición, para poder advertirlo, aceptarlo o comprenderlo. Si no puede sentirse de una forma física, si no se deja ver u oír o tocar…, entonces no es sagrado, es otra cosa, aún más lejana, aunque pueda seguir siendo totalmente real.

Es una idea que puede aplicarse fácilmente a la literatura: cuando decimos que todo está lleno de poesía, que la poesía está por todas partes…, tenemos razón, pero a la vez andamos torpes. Se impone la necesidad de acotar el asunto, y tal vez entender que para que algo sea poesía ha de tomar cuerpo. No hay poesía en, por ejemplo, los paisajes: hay poesía, buena o mala, en el poema, en el cuadro, en la melodía o en la película que los recogen o los retratan.

Poesía, sagrado, cuerpo… Con todo eso empezamos a entrar a tientas en el mundo literario de Iria Fariñas (Madrid, 1996), que con La nieve brota en cautiverio acaba de dar un firme paso adelante, ceremoniosamente articulado en diez solemnes cantos en los que, según se va entendiendo, toman la palabra doce mujeres diferentes. Son niñas, madres, abuelas, brujas, hechiceras, herederas, tejedoras, náyades, vírgenes, sacerdotisas, profetas, herejes…, un coro de hijas imprecisas cuya voz conocemos mejor que su identidad, y que en un tiempo y un espacio también indeterminados celebran unos ritos que tienen que ver con la totalidad, y que obedecen a un sublime mandato primitivo: «sumemos nuestros cuerpos al temblor».

Con seriedad y fuerza enormes, Fariñas va atribuyendo a sus criaturas, invariablemente femeninas, la capacidad casi animal de transformar las cosas a través de sus discursos. Es por supuesto una transformación en principio simbólica, pero lo cierto es que de hecho se produce con todo ello la transformación real de ellas mismas, un ejercicio de auto-conciencia que es individual y colectiva, algo muy íntimo que cada una vive de un modo particular, y también, a su vez, un ritual que las hermana y las potencia.

Con seriedad y fuerza enormes, Fariñas va atribuyendo a sus criaturas, invariablemente femeninas, la capacidad casi animal de transformar las cosas a través de sus discursos

Entre sus intervenciones, según va dejándose claro en los títulos de cada poema, hay plegarias, confesiones, declaraciones, intuiciones, conjuros, exorcismos, profecías (en una de ellas se alude a Franco o se habla de que todos están «en paro desde el dos mil ocho»: no es un libro, por tanto, que se desentienda totalmente de la Historia real del mundo) o, al menos en un caso, conversaciones entre dos de ellas, pero creo que lo que el coro va consiguiendo entre todas importa mucho más que cualquiera de los impulsos que forman parte del rito: «cuando hablamos de nacer hablamos de asustar / al mundo con una palabra nueva / y pronunciarla como quien señala un agujero / y después se introduce en el hasta formar parte // de la sombra».

No se puede defender que lo que con palabras encendidas dicen suene muy tranquilizador. Los versos recién citados y muchos otros (como los del poema que reproducimos completo abajo) apuntan más bien a una amenaza, a un peligro. Las mujeres implicadas en La nieve brota en cautiverio no se están reuniendo de forma ociosa, sino que se están conjurando para actuar.

Que todo es hondamente alegórico es tan obvio como el hecho de que seguramente no podemos saber qué es lo que la autora quiere recordar, contar o anunciar, qué experiencias privadas la han llevado hasta estos poemas (dispuestos en diversas formas y con diferente leyes internas) o cuál es la intención, pero, por volver, al principio, no hace falta: el impulso sagrado se intuye, y en literatura la forma más primaria que adquiere lo sagrado es la verdad, lo verdadero, hasta el punto de hacerse sinónimos.

Pienso de todos modos que nos da una pista muy buena el hecho de que cada canto vaya precedido de un versículo del Antiguo Testamento y, a renglón seguido, de la cita de una poeta contemporánea. Ahí parece palpitar un afán genealógico, un deseo de formar parte de una estirpe, una filiación. Y, dado que alguna de esas citas literarias parecen refutar o discutir lo que acaba de decir la Biblia justo arriba, en esa intertextualidad puede habitar también una protesta, la reivindicación de prolongar todo lo Revelado a un universo femenino que tal vez se había quedado fuera de su influjo.

cada canto va precedido de un versículo del Antiguo Testamento y, a renglón seguido, de la cita de una poeta contemporánea. Ahí parece palpitar un afán genealógico, un deseo de formar parte de una estirpe, una filiación

Y, por terminar con lo primero que se sabe del libro, tal vez esa intuición del anterior párrafo ayude a entender el eufónico título. «Qué limpia está la nieve», afirma Alejandra Banca en una de sus intervenciones en el buen prólogo que comparte –y en el que dialoga– con Paloma Chen, y, en efecto, no hay símbolo más pulcro de la pureza, del renacimiento, de la posibilidad de empezar de nuevo o, por tanto, de la esperanza. Como sucede con el folio en blanco, que es pura posibilidad, la nieve nos consuela con su virginidad y con sus promesas, nos invita a mancillar su perfección para construir con ella o desde ella algo nuevo.

Pudo haber cautiverio, y en él muchos daños, pero de repente el mundo vuelve a ponerse a nuestra disposición. Pueden forjarse otras comunidades, otras relaciones, otras leyes, otros vínculos y hasta otra violencia reparadora. Hay que insistir en ello, porque es la clave: «cuando hablamos de nacer hablamos de asustar / al mundo con una palabra nueva».

Iria Fariñas

 

CONJURO DE LA SÉPTIMA HECHICERA

 

entramos en el agujero

donde crece el diente

 

de león el jengibre y la ortiga

y aspiramos

 

de un tirón el océano

que revienta a mediodía

 

somos capaces de soñar

ocho veces más

que cualquier bruja

 

alcanzamos el silencio

con las manos peladas

 

el diablo nos serena

con mejunjes y sudor

 

cómo es posible

tanto placer

 

sin siquiera tocarnos

somos un conjunto

de rumores

 

que nos oigan desde lejos

que teman nuestro insomnio

 

*Ficha bibliográfica: Iria Fariñas, La nieve brota en cautiverio, Granada, Valparaíso (col. Poesía, 148), 2024 (noviembre). Prólogo de Alejandra Banca y Paloma Chen. Epílogo de Aurora H. Camero.

DEJA UNA RESPUESTA

Deja un comentario!
Por favor introduce tu nombre