‘La nimiedad’: una relación estable con el vacío

La nimiedad

Sin dejar de ser tan luminosa como siempre, La Plaza Invisible se vuelve hoy un poco hermética para recibir a la poeta, actriz y creadora escénica Sara Martín, una madrileña de 1983 que publicó en 2021 La nimiedad, el libro que leemos este jueves. Sara Martín tiene un nuevo poemario casi a punto, toma notas para un futuro ensayo y sigue muy implicada en su proyecto teatral y sonoro, OVERture, mientras pueden leerse sus colaboraciones en la revista MaMagazine.

La nimiedad
Sara Martín, entre los claroscuros de nuestra plaza invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

No es nada raro que el epílogo que coloca el poeta Javier Vicedo Alós en este libro esté formado por decenas de preguntas, pues, en efecto, surgen por todos lados cuando se lee La nimiedad, un poemario de Sara Martín (Madrid, 1983) que en buena medida se recrea en lo críptico, que se hace hasta voluptuoso en su dificultad.

No es, sin embargo, oscuro, sino que desprende una extraña luminosidad, y es a ratos hasta colorista en sus hallazgos («Disculpe, no hay ningún acontecimiento disponible»), e incluso a veces uno cree percibir cierto remoto humor sosteniendo el evidente ingenio («Debe de haber gente corriente por algún lugar», «Espera a la siguiente primera vez que hagamos lo mismo»…).

No es que la lectura de estos poemas permita la libertad: es que no hay más remedio que ser libre cuando se leen

Sea como sea, su música nos encandila, sí, pero su significado (o, mejor, sus significados) se nos escapa, lo cual no hace sino multiplicar el embrujo, una magia que esconde –se nota– algunas claves autobiográficas impenetrables, pero que también ofrece también un enorme margen de maniobra para que el lector especule y conjeture y se lo pase bien.

No es que la lectura de estos poemas permita la libertad: es que no hay más remedio que ser libre cuando se leen. La autora, muy generosamente, no es la única dueña del discurso, no quiere serlo. El lector, pues, se puede sentir confundido, pero también soberano.

Lo dice la solapa: estamos ante «una reflexión sobre la sustancia misma de la que está forjada la realidad y sobre la percepción que tenemos de ella. Un camino que nos conduce más allá de las palabras, hacia el lugar del delirio y los sueños, en el que se mantiene siempre una distancia con el lector, un sutil sentido de la reserva que no busca enfriar, sino dejar espacio para que tenga su propio viaje».

De nuestro particular viaje por las páginas nos ha embelesado, sobre todo, el texto final (que reproducimos abajo), un largo poema en prosa que se desmarca un poco de la melodía general y pone un broche precioso a un libro que es en todo momento magnético. Porque, antes de llegar a ese cierre, han sido muchas las paradas nutritivas.

Es hermoso, por ejemplo, el título de la primera sección, «El centro desperdiciado», al que arroja luz uno de sus poemas: «Se acerca la distancia como si fuera un ser vivo. Buscar las líneas principales, la naturaleza comienza siempre por resistir. Me gustaría añadir el centro desperdiciado y una relación estable con el vacío».

A esta curiosa relación se añade «un amanecer elástico», o «un milagro inaceptable»… Son muchos los conceptos estimulantes que encontramos en La nimiedad, cuyo título general puede tal vez entenderse mejor a través de otra de las bromas de sus páginas: «Habrá que manifestarse por la nada –quién sabe cómo hará el temperamento–, en cualquier caso siempre será algo, no hay más remedio. Me compadezco del significado, tenía la esperanza de que fuera inútil».

A pesar de que, en efecto, todo está obligado a ser algo, creo que La nimiedad trata principalmente de la imposibilidad de conocer nada en firme, certeza a la que se asiste no con impotencia sino más bien encogiéndose de hombros, sin desentenderse pero sin desesperarse, con un espíritu que –insisto– puede llegar a ser divertido.

«han ocurrido cosas espantosas, nada más», tercia sara martín

Y el lenguaje, que es la principal herramienta de conocimiento, es aquí la más sospechosa, la más peligrosa, la más falaz, pues aunque el libro está hecho de lenguaje, me parece que en sus páginas se apuesta por otros caminos para construir la experiencia (tanto la personal como la compartida), como puedan ser la observación, el dejarse llevar, la confianza, el afecto o el deseo que no se dicen sino que se muestran.

Hay una lucecita en este libro. «Han ocurrido cosas espantosas, nada más».

«Cuando era niña solía sentarme en el suelo a esperar, cocinar con tierra y jugar con otro niño desconocido a que éramos padres y abandonábamos a nuestro bebé de plástico en el banco de un parque. Vestía con ropa que no había elegido, a veces me tiraba del pelo o bajaba las escaleras de dos en dos. Comía hormigas y meaba entre los coches, no sabía los nombres de muchas cosas y me inventaba para qué servían. En lugar de hablar gritaba, tenía manchas en la falda y costras en las rodillas, comía con hambre y bebía con sed. Una vez fui a misa y me dio miedo. Besaba la almohada antes de dormir, imaginaba que era mi amante y el futuro padre de más niños de plástico. No pensaba si era guapa o fea y tampoco si las otras niñas lo eran. Estaba convencida de que justo antes de morir, habría un fallo del sistema, y seguiría viviendo de incógnito. A veces me apretaba fuerte la carne para saber hasta cuándo era capaz de hacerme daño. Rezaba (a escondidas). Me mojaba la ropa cuando bebía de las fuentes, no entendía que se esperaba de mí, no sabía montar en bicicleta»

 

Ficha técnica: Sara Martín, La nimiedad, Madrid, Huerga y Fierro, 2021

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