‘La piel de la naranja’: que el amor deje propina

Paula Bozalongo

Casi diez años después de ganar el Premio Hiperión de 2014 con su primer libro, el en general alegre Diciembre y nos besamos, la arquitecta Paula Bozalongo (Granada, 1991) ha regresado a las librerías con nuevos poemas, bastante diferentes en el tono.

La piel de la naranja, publicado de nuevo por Hiperión, es un libro distinto, menos inocente, más herido, aunque conserva el espíritu optimista, celebrativo y en el fondo feliz de la autora. Con él se ha acercado su autora, contenta, hasta La Plaza Invisible.

Paula Bozalongo
La arquitecta-poeta Paula Bozalongo, en nuestra Plaza Invisible con su ‘La piel de naranja’ bajo el brazo /Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Hace ahora diez años, una chica llamada Paula Bozalongo (Granada, 1991) que estudiaba Arquitectura en Madrid ganó el Premio Hiperión con un pequeño libro titulado Diciembre y nos besamos. Aquél era lo que se dice un libro bonito, tierno y dulce hasta la militancia, activista del buen amor desde su ingenuo título, y estaba además lleno de viajes gozosos, de momentos de plenitud, como si fueran fotografías de momentos simpáticos y alegres, o incluso felices, o casi.

«Han llegado los días / de los sueños sencillos», leíamos allí, en lo que podría pasar por algo así como la declaración de intenciones del conjunto, los estatutos de aquella ópera prima, en la que se descubría que «nunca lo peor es lo más importante» y se lanzaban preciosos testimonios de amor en su mejor momento: «pensar que podrás irte, eso es la soledad». O bien: «Yo también tengo miedo / de haberte conocido, / yo también siento rabia / de no haberlo hecho antes».

aquí hay mucha vida acumulada y comprimida, muchas cosas que decir en pocas páginas

Pero sucede que el tiempo pasa, tópico supremo, y esa rabia enamorada de hace una década se ha convertido ahora en rabia herida, rebeldía ante la enfermedad de la madre. Así es como, una década después de su debut, la arquitecta en la que Bozalongo se ha convertido comienza su nuevo libro, en el que ocurre lo que ocurre siempre cuando se sabe esperar tanto: aquí hay mucha vida acumulada y comprimida, muchas cosas que decir en pocas páginas.

Tiene, sin embargo, razón Frank Báez en su prólogo al afirmar que La piel de la naranja «se trata de un libro que mantiene un tono sobrio, ordenado y preciso, es decir, no está escrito a gritos ni en un tono grandilocuente, más bien en sus versos hay una voz contenida».

No hay patetismo, es cierto, y además el cáncer es algo que en el libro se supera, se atraviesa, se resuelve literariamente, como si dijéramos, para retroceder en el tiempo y dejar dichas algunas otras tristezas pendientes, como el final del matrimonio de los padres («Cuando se divorciaron / dejaron de ser héroes») o el final de los propios amores, aquello que parecía inconcebible en los antiguos poemas, cuando todo fueron premios…

Ahora se ha saltado a otro libro, han caído las tildes de los sólo y, como parece sugerirse en el poema Brazos en alto, el gesto de entregarse es el mismo gesto de rendirse: «La tierra está pisada. / Ya no quedan espacios para el descubrimiento / sino en la piel del otro. // Cuando el futuro mueva las fronteras / desaparecerán los vencedores / y sólo serán tuyas las veces que te amaron / con los brazos en alto»…

No hay mucho que citar, hay que leer, y si se hace se halla en este libro algo así como un principio de tristeza, no sólo por los poemas a la madre del principio sino por el diálogo que establece con otras mujeres de su estirpe, abuelas, tías, hermana, en versos que tienen algo de jolgorio y celebración, y mucho de homenaje y a veces de protesta, de constatación de cosas dolorosas.

Leídos en paralelo, o seguidos, se ve claramente el cambio que se ha producido en una misma voz. Los guiños a la arquitectura (muy frecuentes en ambos títulos), o las citas de Szymborska (presente también en ambos) es lo único que claramente no ha cambiado en dos lustros: por lo demás, la mirada es al misma, pero ha cambiado el tono, que no se ha apagado en absoluto, pero sí se ha matizado perceptiblemente, como si se hubiera ido entendiendo aquello de que «la vida iba en serio». El piano es el mismo, pero la partitura se ha pausado un poco.

Bozalongo quiere acceder al fruto pero sin dañarlo, quitar lo sobrante, lo duro, para acercarse al zumo sin derramar ni una gota

Tanto Báez en el prólogo citado, como Ángeles Mora en su texto de la contracubierta inciden en la metáfora del título, que en cierto modo viene a refrendar esto que yo decía. Hay en ese símil un anhelo de perfección, de impecabilidad. Igual que Emily Dickinson, hablando de su escritura, decía de modo sublime que «mi tarea es la circunferencia», Bozalongo quiere acceder al fruto pero sin dañarlo, quitar lo sobrante, lo duro, para acercarse al zumo sin derramar ni una gota.

Admira así la capacidad que tienen los otros para quedarse, por un lado, con la peladura perfecta, completa, en espiral, y por otro con la bola blanca, prometedora, refrescante, mientras ella se ve pringada y con todo empantanado alrededor, hecho un desastre orgánico, como tener entre las manos un corazón.

No creo que entre libro y libro se haya perdido el encanto, pero desde luego las cosas se han puesto serias. Por eso es también oportuno el recurso a la naranja, que no es amarga ni ácida, pero tampoco dulce. El cítrico es un buen sabor para describir este libro con una sinestesia: es un sabor agradable pero intenso, gratamente invasivo, un poquito brusco, bueno pero con reservas, deseable pero sin excesos. Así se afronta ahora la vida: muy bien, por supuesto, pero.

(Aunque, como me parece que insinúa Mora en sus líneas, sucede también que «jugo» y «juego» suenan muy parecido).

Paula BozalongoVENGANZA

¿Cómo se hace del tiempo

un plato tibio?

Cómo se llega ahora

a esa tarde que anhelo

en la que convidar a los amigos

para saber que estamos menos solos,

para olvidar el odio

a los que nos hirieron

y que no sea el perdón

la culpa de los necios.

 

Espero que el olvido

sea toda la verdad

y sólo quede sal en las orillas

de un mar lejano, oscuro,

donde anclamos el daño.

 

Dicen que la venganza se sirve en plato frío,

pero yo sólo espero

–deseo, deseo, deseo–

que el amor deje propina

para sobrevivir.

 

*Ficha técnica: Paula Bozalongo, La piel de la naranja, Madrid, Hiperión, 2023. Prólogo de Frank Báez. Contracubierta de Ángeles Mora.

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