‘Laberinto’: ese dejarse hacer

José Manuel Benítez

El ya veterano poeta (y cien cosas más) José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) llega con su Laberinto a este otro pequeño laberinto de callejuelas, rincones y trampantojos que es La Plaza Invisible en la Colonia del Pico del Pañuelo.

Publicado en Sevilla por la editorial Renacimiento, el último libro de poemas de Benítez Ariza supone, en su variedad, una reafirmación de todo lo que se venía maliciando en libros anteriores, la cual supone a su vez una buena batería de dudas, incertidumbres y preguntas en medio de una razonable y vigilante calma.

José Manuel Benítez
El poeta gaditano José Manuel Benítez recala en La Plaza Invisible con su ‘Laberinto’ bajo el brazo / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) es ante todo poeta, creo que él estaría de acuerdo, pero es también novelista, y crítico de libros, y diarista, e historiador del cine, y aforista, y autor de artículos y ensayos literarios, y además traductor (de libros tan importantes como América de Kipling, o tan irresistiblemente arrebatadores como Un mes en el campo, de J.L. Carr), y por si fuera poco pintor y dibujante y viñetista, todo lo cual lo convierte en uno de los más fértiles hombres-orquesta de nuestro panorama cultural, y con la ventaja (no frecuente entre los muy fecundos) de que es bueno, de que todo lo listado lo hace bien.

Las tres o cuatro personas que leen en este mundo mis reseñas saben que yo raras veces voy siguiendo la estructura de los libros, que procuro evitar eso tan socorrido (y a veces tan engañoso, todo un false friend para los críticos) de atribuir demasiada credibilidad a las secciones, las partes y sus títulos y sus epígrafes, la arquitectura interna que dicen los cursis. Pero en este caso es demasiado indiscutible que los cinco pasillos de este Laberinto responden a algo muy visible y acaso secretamente geométrico, que se puede resumir del modo siguiente.

lo que Benítez Ariza ha ido haciendo a lo largo de más de cuarenta años con sus versos es traducir a algo perdurable lo que va encontrando, lo que va viendo, lo que va viviendo

En la primera sección, Coordenadas, se exalta lo cotidiano de un modo decidido, todo es puro presente, que se aborda con bastante buena cara, con serenidad, con alegría; en la segunda (la propiamente titulada Laberinto) se recogen recuerdos, se recurre a la memoria, es pasado, y allí ya hay algún pellizco de nostalgia, alguna espinita que duele, aunque en ningún caso de modo lacerante o con excesiva gravedad, todo es más bien balance y en todo caso sorpresa (como en la excelente relectura de Montaigne que reproducimos completa abajo).

El título de la tercera parte es transparente: Interludio: pájaros, y es exactamente eso tanto en lo genérico como en lo temático: es el corazón del libro en el sentido del equilibrio, pero es también un descanso, casi una dulce distracción, en el que leemos poemas donde los pájaros son protagonistas o están cuando menos aludidos, presentes de un modo decisivo (y más en modo cantarín alegre o vistoso que en plan presagio oscuro).

El Tercer cuaderno irlandés es el cuarto grupo de poemas, el más breve, y de nuevo no se puede decir que el autor juegue al despiste con el rótulo: es eso, un nuevo viaje que amplía poemas ya escritos y publicados tiempo atrás sobre aquel mismo sitio. Y en la quinta y última, Claridad, se vuelve un tanto al orden, quiero decir al presente, a lo que hay, a lo que ocurre, al día a día de la escritura, a las anécdotas que devienen significativas o que se revelan metonimias de algo mayor, quizá más poderoso, más locuaz, más apremiante, ya sea una caja de verduras variadas regalada por un amigo, o un gato enfermo que se acerca en busca de cariño, comida, caricias o calor («Y no te preocupes: / entiendo bien tu miedo, / entiendo bien ese dejarse hacer»).

Ahora bien, no todo es tan sencillo, en ningún sentido, y aunque todo esté tan bien articulado y la poesía sea de lo que tradicionalmente se conoce como línea clara, hay tramas subterráneas, pequeños baches, ecos. Sucede siempre que uno no escribe libros unitarios, ni proyectos (que Dios confunda), sino poemas, sin más, reflejos de lo que se vive y lo que se anhela y lo que se recuerda, y que después creemos (sin duda exagerando) que hay que ordenar de un modo explicable. Sucede también en lo formal: la primera parte se cierra con dos canciones que traen sus rimas, insólitas en el libro, y la segunda, una elegía a la madre, es preciosa:

«Ahora soy yo quien está / en la línea de salida; no te preocupes, mamá, // por la ventaja que llevas: ahí el tiempo y la distancia / se miden de otra manera; // y al fin y al cabo, da igual, / en la nada que seremos, / quién fue antes, quién detrás».

Versos luctuosos pero muy eufónicos y nada agrios que me dan pie a explicar lo que creo que podía irse intuyendo, y es que en el libro empieza a haber una recapitulación, un mirar hacia adelante con la perspectiva del final, un levísimo inicio de una despedida que todavía se sabe lejana pero que ya no se puede desoír. En El reencuentro, por ejemplo (un poema que por su tema, y por suceder en Cádiz, recuerda mucho al inolvidable y ya antiguo Julia Reis de José Mateos), el recuerdo de una fiesta remota en la playa, evocada desde «nuestro pasado acumulado», es «oscuro por exceso de luz».

José Manuel BenítezOtra lección de poesía que nos da este veterano (o este oldtimer, por decirlo con mi palabra favorita del idioma inglés) es El poema de un día, una ristra de veinticinco haikus (o estrofas que emulan las de esa estrofa japonesa) que, oportunamente dedicados a Susana Benet (sin duda la mejor productora española de haikus) recrean lo que el título anuncia, desde el amanecer del primer verso al descanso del último tras haber pasado por la «Conciencia súbita / de que lo que despierta / puede no hacerlo», o de «cómo ruge, / cuando pisas la calle / la realidad», o, el mejor, y creo que la clave del poema: «Días que son / como esbozos de un día / que nunca llega». Esa pequeña insatisfacción que nos lastima allá muy al fondo de lo íntimo, pero que también nos permite seguir viviendo y trabajando.

Estamos en vísperas de que aparezca Año sabático o La novela de un ocioso, una monumental novela-diario de ochocientas páginas que promete ser una nueva gran metáfora de la vida (de la del autor y de la de todos): será tal vez la versión en prosa, en narrativa, de lo que Benítez Ariza ha ido haciendo a lo largo de más de cuarenta años con sus versos y con sus acuarelas: traducir a algo perdurable lo que va encontrando, lo que va viendo, lo que va viviendo. Porque todos los días despliegan un nuevo laberinto, y el reto no es salir, sino instalarse.

 

LEYENDO A MONTAIGNE

 

El libro está amarillecido

y tiene muchos párrafos marcados.

 

Y hay algo que resulta incluso cómico

en esos viejos subrayados tuyos:

 

la evidencia, pongamos, de que cuando

hacías tuyas esas pocas frases

de Montaigne, de algún modo fabulabas

una precipitada petición de principio:

 

la idea de que la sabiduría

aparejada a esas confidencias

se proyectaba a un futuro

en el que ya la vida

la habría puesto a prueba y confirmado,

haciendo innecesario,

incluso, que vinieras otra vez

a buscarla en un libro de hace quinientos años.

 

Tus lecturas de entonces

tenían ese alcance prospectivo,

por encima de muchas otras cosas

en cierto modo más urgentes:

 

las disyuntivas aún por resolver,

las decisiones laborales

que habían de extender su alcance a toda una existencia,

los amores confusos,

dónde vivir y cómo y para qué y con quién o quiénes.

 

Y quizá te saltaste, al leer a Montaigne, lo principal:

su modo de acusar, también él, esa misma incertidumbre.

 

Eso, y no las certezas, te toca percibirlo ahora:

 

ya eres su igual, si no en sabiduría,

sí en circunstancia, al menos, y en edad.

 

*Ficha técnica: José Manuel Benítez Ariza, Laberinto, Sevilla, Renacimiento, 2023.

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