‘Las aproximaciones’: la cordura de no comprender nada

Marcos Díez

Directo desde Cantabria, llega hasta La Plaza Invisible el poeta Marcos Díez (Santander, 1976) y lo hace con Las aproximaciones, el primer libro de poemas suyos que aparece tras la publicación en 2024 de Con sol dentro, la recopilación de todos sus versos hasta entonces.

Mientras ultima la que será su primera novela, estos veinticinco poemas del santanderino han corrido a cuenta de Pie de Página, la colección de poesía que coordina allá abajo, en su Jerez, ese otro gran poeta que es José Mateos (quien firma también las tres viñetas de este libro).

Marcos Díez
El santanderino Maarcos Díez se asoma a nuestra Plaza Invisible de abril / Foto: J. M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Van pasando los años, andan rodando las generaciones, y demasiadas veces seguimos llamando poesía a lo que con triste frecuencia no es mucho más que una formulación de la inmadurez, en distintas variantes.

En lo que respecta a España, y tal vez por aquello de la temperatura, si miramos al sur sentimos que la poesía es más sensorial, más encendida y exclamativa, y que a veces se pierde por el exceso. Conforme subimos en el mapa, la mala poesía se va haciendo más fría, más callejera, más despojada de adjetivos o de recursos, y muchas veces se queda corta por el lado de las ausencias o por la sobredosis de eso que, en un malentendido intelectual muy común, se considera honestidad, y que en el mejor de los casos no es, si acaso, sino sinceridad, franqueza, aunque suele acabar más bien en el impudor, si es que no en la brutalidad.

marcos díez destaca, aparte de por su calidad, por su discreción, por su falta de cualquier tipo de tontería estética y, por extensión, de cualquier tipo de tontería editorial

No sé por qué he empezado así, la verdad, porque quiero escribir sobre un poeta del norte, pero que no tiene nada que ver con ninguno de esos vicios, y que, al contrario, destaca, aparte de por su calidad, por su discreción, por su falta de cualquier tipo de tontería estética y, por extensión, de cualquier tipo de tontería editorial.

Curiosamente, en estos asuntos nuestros la ambición suele ser la mayor flaqueza: cuanto más exigente, más débil. Y que Marcos Díez (Santander, 1976) no se anda con muchos cálculos de ésos queda demostrado por el muy revelador detalle de que estuvo dispuesto a publicar todo un libro inédito como final del volumen que reunió en 2024 su poesía completa, Con sol dentro. Si yo fuese editor, le propondría ya mismo publicar aparte, exento, ese libro, Besar la tierra, pues es así como sin duda merece existir cualquier buena obra independiente.

Sucede además que Marcos Díez ha entregado su último libro a una nueva y modesta editorial, y se trata de una colección situada en el mismísimo corazón del sur, en Jerez de la Frontera, donde han sabido leer las muchas afinidades (o Las aproximaciones…) que en ese poeta hay con la mejor poesía de cualquier lado, pues al final habrá que entender la buena poesía como una especie de patria, de refugio seguro, como hacía el pintor Ramón Gaya con el Museo del Prado.

Me estoy empezando a hacer un lío, y eso sí que no es nada oportuno al hablar de Díez, pues pocas veces se habrá visto a un poeta más claro, más pulcro, sin enrevesamiento ninguno ni otro misterio que no sea el misterio tremendo de la sencillez, el insondable enigma de lo transparente, el secreto de la desnudez: «Cantan las flores, cantan, / en su blanco silencio. / Pocas cosas importan / más allá del temblor / de saber que existimos. / Vivir, temblar, cantar, / ser flor abierta».

El manantial de la tradición es mucho más ancho y más profundo de lo que a veces puede parecernos incluso a los adictos a lo clásico, quiero decir a lo eterno, y no hay nada más difícil de imitar que lo cristalino, cuanto contiene un brillo nuevo. Y lo que Marcos Díez hace a través de estos veinticinco poemas, con distintos recursos, diferentes extensiones, diversos puntos de vista, es lo que, casi a modo de antipoética, se afirma en el primero de ellos (que, de paso, explica el título general):

«Los poemas no logran alcanzar / el centro del decir, / tan sólo se aproximan, merodean. // Parece que señalan / por dónde he de buscar, // aunque no sepa qué».

Sí que me parece que lo sabe, o lo intuimos. Esa ilustre espesura de la que habla san Juan de la Cruz en el epígrafe (y que reaparece en los versos finales) no es tal, o como mucho es la del propio lenguaje. El problema es el decir del poema recién citado, o bien «las palabras / que enturbian lo pensable / hasta hacerlo impensable». El milagro de la lengua es su propia maldición: hay una distancia difícilmente salvable entre lo que hay que expresar y el vehículo para hacerlo, no es difícil ajustar una cosa con otra. El propio pensamiento puede ser a veces un obstáculo entre ambas: «A veces logro ver con una claridad / que no es la de la mente»

Los buenos poetas, escriban o no poemas, son aquellas personas que no permiten que se las distraiga demasiado: «Sólo el cielo me salva, cuando elevo la vista, con sus nubes de otoño. / Sólo el cielo me muestra la salida, / sólo el cielo me lleva a la cordura / de no comprender nada». Lo que decíamos arriba sobre el error de las ambiciones literarias sirve para la frondosidad de la vida: cuanto más se tiene dentro, más se busca lo vacío o lo profundo fuera, huyendo de nuevo de las espesuras: «La pasión, el deseo, las ideas, / todo se ralentiza / al volverse más hondo», se dice aquí ante el mar. Y en esas situaciones uno importa poco, como parece expresarse en el poema que reproducimos abajo.

Los buenos poetas, escriban o no poemas, son aquellas personas que no permiten que se las distraiga demasiado

A nadie se le escapará que esa aversión al aturullamiento o a las excesivas frondosidades de la mente que aquí se apuntan o se sugieren son, seguramente, un anhelo, más un ideal que una realidad, pero también para eso sirve la poesía, para recordarnos a nosotros mismos no lo que hacemos sino lo que querríamos auto-aconsejarnos, lo que necesitamos recordar, lo que nos conviene saber. A falta de revelaciones definitivas, que por lo menos haya una aspiración, un intento de merecerlas, un esfuerzo de atención.

Y en ese sentido, si hay un solo lugar común en la historia de la poesía, si hay algo que necesitemos repetirnos, o que nos urja comprender (que no comprobar…), es que «Tiene la muerte, / allá en su fondo oscuro, / todo el sentido».

Marcos Díez

 

Creía conocer el pequeño jardín

que rodea la casa,

tantos años cuidándolo

como si fuera mío.

Y sin embargo,

cuántas briznas de hierba,

cuántas plantas sin nombre,

cuántas piedras minúsculas

no han sido contempladas

y pese a todo existen.

 

Qué animales, qué insectos, viven, mueren,

aquí sin que lo sepa.

El pequeño jardín

es una tierra virgen,

del todo inexplorada,

secreta como el Ártico

o como los planetas más ardientes

del Sistema Solar.

 

Qué pretendo saber de lo lejano

si apenas sé de mí.

 

*Ficha bibliográfica: Marcos Díez, Las aproximaciones, Jerez de la Frontera (Cádiz), Pie de Página (nº 2), 2025 (28 de mayo).

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