‘Los amores prosaicos’: en este parpadeo verde puro

Andrea López

La poeta y editora más dicharachera y vivaracha de Madrid (hiperactiva, dice ella en la solapa) llegó a La Plaza Invisible con su último libro de poemas, Los amores prosaicos, publicado en Barcelona por los amigos de Ril.

Andrea López Montero no sólo llegó a la plaza embarazada de su primer hijo (que ahora anda ya dando botes por el mundo), sino que traía bajo el brazo esta colección de versos vivos, selváticos y libres, imaginativos y protestones, dinámicos y atrevidos.

Andrea López
La madrileña Andrea López, entre perpleja y divertida a su paso por La Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Afirmaré muy en serio que “los besos y los besos y los besos” puede quedar como uno de los mejores y más festivos endecasílabos de estas últimas temporadas: lo ha lanzado Andrea López Montero (Madrid, 1989) en su último libro de poemas, un libro ambiguo pero en general risueño donde ese verso besucón y bonito puede convivir con un alejandrino también muy bueno pero amenazante: “si supieras quién soy no pegarías ojo”.

Hay ante todo en Los amores prosaicos una alegría verbal grandísima. López Montero es, en relación al lenguaje y al humor, una poeta un poco de la estirpe de Mariano Peyrou (también en su capacidad para crear dispositivos lingüísticos autónomos, dependientes de una lógica que han levantado ellos) y aunque yo defendería que la poesía no se hace exactamente con palabras, lo innegable es que es en el lenguaje donde un poema se lo juega todo.

Hay, simplemente, que acertar.

Lista y creativa como ella sola, divertida e ingeniosa, vivaracha y rápida, como agobiada por su propio exceso de ideas y de voces

Y aquí hay libertad, y desparrame, y gracia, y hasta cierto gamberrismo. Ella sabe quedarse justo al borde de la verborrea: un poco más, y sería demasiado. Pero no: se mantiene justo al límite de lo excesivamente excesivo, ya me entienden, en un territorio que se puede disfrutar y ante el que apetece sentirse o incluso saberse implicado.

Lista y creativa como ella sola, divertida e ingeniosa, vivaracha y rápida, como agobiada por su propio exceso de ideas y de voces…, no sé si eso de la “histriónica mujer de uno cincuenta” es un autorretrato autoparódico o auto-comprensivo, pero Andrea López Montero es desde luego una pequeña bomba, asediada por su propio talento, que en este libro se ha desplegado dando un decidido paso adelante.

En Los amores prosaicos hay toda una juerga privada formada por tachones, una larga y loquísima nota al pie, rectificaciones, poemas epistolares, poemas anafóricos, incisos en colorines, regresos a libros suyos anteriores, explicaciones, saltos tipográficos, citas, amor, memoria, rabia y felicidad vivida a través de “el verde naftalina de los años”. Y hay una “Nota de desprecio a la viril tropa lírica” que no tiene tanto de justiciero desahogo feminista (que también) como de puro activismo poético:

[…] “¿Quién ve lo virginal en la belleza? / ¡Oh! / El necio que no mira alrededor, / que no pisa los charcos por mucho que le llamen / ni rompe la estructura, / no fuera a suceder, no sé, / perder el pie en el peso, / perder- / se / algo / dejar de autorizar- / nos, / no / definirnos, / rendirse pues, al fin, / en ley del diccionario / deshonesto y preciso / que acerca al pan la pena, / la belleza al bellaco / y en unas pocas hojas / a veces ve / mejor”.

Tiene razón Maite Martí Vallejo al afirmar en su prólogo que aquí “cada poema se convierte en una excavación afectiva, herramienta de reparación”. Estos poemas son seres vivos, muy jóvenes, sencillos en el fondo tras su barroquismo y sus esmaltes, pues lo que quieren ser es más un grito que una divagación, más un portazo o un coito salvaje que algo reflexivo, aunque se sumerja contento en la cultura. Son piruetas intelectuales que nos ayudan a acceder a nuestra animalidad, y nacen, por encima de todo, de una curiosidad felina: “Es derecho de viuda saber lo que pasa en el rellano”.

Andrea López

EL CALOR ES PARA EL FRÍO

 

Explícame cómo escogiste el salto con las manos de pan,

había un océano lleno de fechas desorganizada,

rendidas en la pesadumbre cantaban el consuelo del frágil:

tú supiste cercar la cacería.

 

Recogías cada parte de la leña y en la lumbre del cedro

entonaste la nana de la leche.

 

Te hablo con la voz baja de las encías tímidas,

¿cómo callaste el daño?

 

Explícame jay! cómo insististe en la diferencia del limón azul

que cae exactamente en la pregunta y

con azores y dalias escoge en el mercado la receta.

 

Cómo, dime,

pudiste convencerte la garganta,

ordenar la repetición de la sintaxis para este blanco roto en apertura.

 

Quisiera yo saber a campo abierto

qué hiciste con el miedo y el cristal,

qué con el calor quieto del verano.

 

*Ficha bibliográfica: Andrea López Montero, Los amores prosaicos, Barcelona, Ril, 2025 (octubre). Prólogo de Maite Martí Vallejo.

DEJA UNA RESPUESTA

Deja un comentario!
Por favor introduce tu nombre