‘los bañistas’: la violencia del silencio

Helena Mariño

Quien visita hoy La Plaza Invisible es alguien que muy a menudo está por allí cerca, pues coordina en Matadero el activo grupo de investigación y creación escénica Una Fiesta Salvaje.

La madrileña Helena Mariño (que hace muy poco tradujo para Visor Los hijos de enero, un libro buenísimo de Safia Elhillo) nos trae los bañistas, su segundo poemario, publicado en Barcelona por la sección española de la editorial RIL.

Helena Mariño
La poeta Helena Mariño, en ‘nuestra’ Plaza Invisible, muy cerca de ‘su’ Matadero Madrid / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Creo que la poeta coruñesa Claudia González Caparrós acierta de lleno al afirmar en el texto de contracubierta de los bañistas (así, todo en minúscula) que «los poemas de Helena Mariño proponen un viaje por el territorio que media entre una teoría y una poética», pues hay en todos estos versículos, en efecto, una búsqueda que va mucho más allá de la física, o de esa particular naturaleza que les da a los poemas su «argumento», el cual los convierte en road poems, una tradición literaria no inferior ni en cantidad ni en calidad a los testimonios de carretera, gasolineras y moteles que nos brindan la narrativa o el cine.

Lo que se cuenta en los bañistas es un viaje, pero lo que se dice es una desazón. Toda la poesía de la Historia nace de una insatisfacción, o al menos, por decirlo más exactamente, de una carencia, de algo que se percibe como incompleto mientras no se cante (es así incluso en los poemas que expresan plenitud, alegría, conformidad…, porque de lo contrario no se escribirían), y aquí Helena Mariño (Madrid, 1990) narra el viaje en coche de una pareja hacia el norte de los Estados Unidos, así como la temporada que lo precede en la ciudad de Iowa. Lo que no resuelven La academia en la primera sección del libro (son sólo tres poemas bajo ese título general) ni La casa en la segunda (trece poemas) se busca entregándose en la tercera y más extensa parte a los kilómetros, a la intemperie, a ese paisaje amplio, alto y sublime que va anunciando la frontera con Canadá.

Lo que se cuenta en ‘los bañistas’ es un viaje, pero lo que se dice es una desazón

De la tristeza claustrofóbica de Iowa (en cuya célebre escuela de letras estudió Mariño dos años) se pasa a la relativa calma que, paradójicamente, provoca el movimiento constante, la sensación de alejarse hacia lo desconocido, el consuelo del desplazamiento, la omnipresencia de la belleza natural (y su posible ausencia de sentido: «quizá el problema / es que no existe algo así como una palabra en la naturaleza», se había dejado dicho en el primer poema) o el simulacro de la libertad…, aunque entre los dos personajes siga predominando el silencio, sobre todo porque el de ahora, errante, es un silencio lleno de significados: «No tenía miedo del silencio / que acampó entre nosotros / me asustaba la violencia del silencio del archivo».

en estos versos se asiste a la toma de ciertas decisiones o, mejor, a la constatación de que urge tomarlas

La sensación de soledad no se disuelve en el viaje, pero se ensancha, se ilumina, se hace más llevadera y más amable. Los topónimos van marcando la ruta (las dos Dakotas, Fargo, Wyoming…), y también la música atraviesa el libro, pero lo que más importa es lo que sucede en otra parte («Habrá peces / debajo pregunté nunca hubo peces debajo dijiste qué / habilidad la tuya bellísima para la crueldad»). Por no recurrir a conceptos-comodín no hablaré del viaje interior, pero desde luego en estos versos se asiste a la toma de ciertas decisiones o, mejor, a la constatación de que urge tomarlas. Como escribió Mercedes Cebrián en unos versos de su mejor libro, Mercado Común, cerramos y abrimos etapas sobre todo porque la etiqueta de etapas la ponemos nosotros.

La protagonista de los bañistas anda intranquila también por los trámites pendientes, tanto burocráticos como académicos («Dormir contigo / todas estas noches fue como escribir la tesis»), que multiplican la sensación de asuntos penosos que solucionar, cosas irritantes que resolver antes de poder mirar de verdad alrededor y respirar profundo. Y algunas conversaciones con su pareja traen también al libro cierta actualidad, un contenido político sin el que es imposible entender en general la obra de Mariño, y también sus investigaciones en los campos escénicos o teatrales: «Tres veces me dije guárdate del día en el que te importe más la sonoridad de una palabra que su capacidad transformadora».

Podría haber sido un viaje sanador o liberador, pero es la comprobación de que se necesita liberarse. Como insinúa el título, se trata, por encima de todo, de renacer.

Helena Mariño

De las dos dakotas sólo recuerdo lo que no vi

la planicie inevitable de los libros de la infancia y las

películas de john wayne que miraba con mi abuela las

tardes de verano en una cadena autonómica.

Creo que nunca llegué

a decirle que john wayne nació en iowa y no sé si eso

habría desplegado algún tipo de profecía retroactiva

pero nosotros habíamos empezado a viajar de noche

y traté de resignificar aquella tierra.

Mientras tú mirabas durante horas fijo el asfalto no

dije muchos pleonasmos como que el cielo estaba

muy arriba porque supuse que la soledad había que

construirla.

*Ficha técnica: Helena Mariño, los bañistas, Barcelona, RIL Editores, 2022

 

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