‘Los dioses destruidos’: una gran batalla de bolas de nieve

Lola Tórtola

La doctora y cirujana Lola Tórtola (Murcia, 1997) llega hasta La Plaza Invisible con Los dioses destruidos en la mano, un primer libro que ha sido publicado por Rialp en Madrid tras merecer un accésit del premio Adonáis.

Son poemas escritos cuando Tórtola fue, allá a sus veinte años, una ciudadana romana, o que recuerdan aquella estancia, así como otros viajes, otros momentos, otras personas. Y son versos que, curiosamente, abordan el día a día y la rutina en la Ciudad Eterna (pero centrándose en lo revelador).

Lola Tórtola
Con sus dioses bajo el brazo recala la poeta Lola Tórtola en nuestra Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

No es lo mismo un médico-escritor (del tipo de Santiago Ramón y Cajal, Gregorio Marañón u Oliver Sacks) que un escritor-médico: a esta segunda e ilustre lista pertenecerían más bien Arthur Conan Doyle, Antón Chéjov, Pío Baroja, Axel Munthe, Luis Martín-Santos, Maxim Ósipov, Basilio Sánchez o nuestro vecino Aitor Francos. Y es una estupenda nómina a la que, para empezar a equilibrar la balanza genérica, se añadió el año pasado una murciana de 1997 que es residente en un hospital de Madrid y que, accésit del premio Adonáis mediante, ha empezado a meter el bisturí entre las palabras.

Bajo un título maravilloso (que procede de un poema de Jaime Gil de Biedma), la doctora Lola Tórtola (parece demasiado eufónico para ser verdad, pero no es un seudónimo) se lanza a la poesía con un primer verso tremendo que es toda una poética, y un lamento, y también una pancarta generacional: «Lo heredamos todo destruido». Es algo que en realidad podría decir cualquier tiempo, pero que en la nuestro (o mejor, ay, en el suyo…) tiene un matiz muy particular: «Es en tiempos de aburrimiento que debemos decidir / más que ninguna otra vez a quién adoramos».

La verdad es que es difícil saber qué hubiera sido de la poesía occidental sin las ruinas, sin las calzadas deshechas, sin las estatuas mancas o desjarretadas, sin los pavimentos de templos que ya sólo cabe imaginar. Tanto imperio convertido en polvo es sublime como constatación del tempus fugit, pero como punto de partida tiene algo, admitámoslo, deprimente. En el origen estaban ya los escombros, nacimos simbólicamente endeudados. Y, quién lo iba a decir, la decadencia sigue vigente: «Cuando hayan pasado eones, / desenterrad mi torso de mármol / de entre un campo de flores».

no es un libro de viajes, sino un libro de estancia, no un libro errante sino un libro arraigado, aunque esas raíces agarren en un lugar extraño y protagonizado por un pasado tan glorioso como remoto, aunque no demasiado ajeno

Yo no sé si Lola Tórtola es muy elegíaca, pero sí consta que pasó una buena temporada en Roma, y que de allí saltó un trimestre a Bratislava, y que estando por allá se hizo una buena excursión a Grecia… Es decir, que siguió, digamos, la ruta de los restos más cercanos, bien instalada en un parque temático del pasado. Y eso, inevitablemente, salta a su primer libro, que no es un libro de viajes, como cree la erradísima solapa, sino un libro de estancia, no un libro errante sino un libro arraigado, aunque esas raíces agarren en un lugar extraño y protagonizado por un pasado tan glorioso como remoto, aunque no demasiado ajeno.

Quienes tendemos a la melancolía anticipada (es decir, a pensar en cómo recordaremos algo cuando apenas hemos empezado a vivirlo, quienes acabamos de llegar a un sitio y ya estamos imaginando cuánto lo evocaremos o lo echaremos de menos…) encontramos en los poemas de Tórtola a una hermana de mirada, especialmente hacia los últimos poemas de la primera parte, donde a ratos se pone borgiana («En Roma / hay un espejo que me reflejará hasta la muerte») o leemos incluso una enmienda al famoso epitafio de John Keats:(…) «escribir mi nombre en el Tíber, / escribirlo en los charcos del metro en el goteo / de los refrigeradores, / escribir mi nombre tu nombre el nombre / de todo cuanto fuimos / y de lo que quisimos haber sido […] allí, el mundo entero en sus ruinas era nuevo / porque tú también lo eras».

(Y ya que acaba de aparecer la segunda persona, dejemos dicho que el tema del amor en este libro se resuelve de un modo también bastante pre-nostálgico, adelantándose al dolor o la decepción, tomando apuntes que son como fotografías –«Asciende un motorino por el camino del mar, / en él vamos o fuimos tú y yo»–, aunque pueda haber también declaraciones con ecos cernudianos –«Si tú no me nombras, / yo no existo»–…).

«Nos lo dieron todo descubierto. / No hay en toda la ciudad / un solo lugar para la épica», de acuerdo, pero hay también entre Los dioses destruidos momentos de enorme paz, de belleza no cansada sino refulgente («tiene aún hoy el mundo /su eterna manía de ser bello»), y también una imagen impagable, que supone el mejor y más alegre momento del libro: «El día que nevó en Roma se formó / frente al Coliseo una gran batalla / de bolas de nieve». De los morituri te salutant clavándose de todo a las guerras de agua entre carcajadas. La civilización era eso: cambiar el derramamiento violento de sangre por el lanzamiento feliz de agua helada (aunque ésta sea también símbolo eterno de lo que sin remedio se pierde, fugaz).

Como en nueve de cada diez óperas primas, aquí se cede a alguna tentación anafórica (ver, por ejemplo, los poemas A nuestro panteón en crisis, En Roma o Apología de la fortaleza), hay inspirados poemas híper-breves (como el titulado De ahora en adelante, que es también como una postal-recordatorio que alguien se manda a sí misma: «Pediré ver / la varia luz en los días iguales») y hay, eso sí, un poema de viaje a Praga, pero lo que predomina es la serenidad, la contemplación del día a día (como en el poema –con final un poco Brines– que reproducimos completo aquí abajo), la celebración de lo revelador y la reivindicación de lo finito: «que no me duelan cien años / sino un cierto instante». El tiempo como un dios provocador.

Lola TórtolaJORNADA ORDINARIA

Durante muchos años dormí un sueño desierto,

dormí toda la noche, dormí todo el día y dormí

todo el tiempo,

por bares y bibliotecas, en mi habitación solar,

en las calles repletas, por la autovía

incandescente de mi vida, enormes avenidas

de la vuelta a casa.

 

Aguardaban las salas adormecidas,

frías como esqueletos de mármol,

los cuartos helados de cama y escritorio,

templos de la tarde.

 

Cuántas horas fallecidas en el culto

de los cirios de led y de tungsteno.

Cuánto quise salir

y qué lo impedía.

Qué líquido y amarillo fue el tiempo.

 

*Ficha técnica: Lola Tórtola, Los dioses destruidos, Madrid, Rialp, 2023

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