‘Más vida’: lo que nos ilumina

José Saborit

El pintor, profesor, ensayista y poeta José Saborit (Valencia, 1960) se asoma a La Plaza Invisible con Más vida, su nuevo libro de poemas, publicado en diciembre por la editorial valenciana Pre-Textos.

Autor de seis libros de poemas y de varios ensayos sobre el significado profundo del arte, en 2022 publicó también Perspectiva aérea, un curioso diario de pintor donde exponía sus rutinas pero también sus sorpresas y sus imprevistos, una “poética pictórica” que puede aplicarse a todos los rincones de su obra, plástica o escrita, y también a estos nuevos versos de hoy, especialmente iluminados por el nacimiento de su hija.

José Saborit
Ver aparecer entre los árboles de La Plaza Invisible a José Saborit es un lujazo / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Hace ya un tiempo, comentando yo el alarmante aluvión de libros de todo género (ensayos, diarios, novelas, poemas, autoayuda…) que de un tiempo a esta parte consisten fundamentalmente en recoger una declaración de amor que una madre o un padre hace a un hijo o a una hija (hechas no sólo con mayor o menos inspiración o calidad literaria, sino, aunque parezca mentira, con más o menos “verdad”…), bromeaba con la posibilidad de que llegase un día en el que todos los niños que nacen diesen lugar a un libro, que todo bebé viniese con un volumen bajo el brazo.

En España hay unos 320.000 nacimientos al año y se publican unos 87.000 libros, de modo que nos encontraríamos con un colapso interesante. Pero fantasías aparte, lo cierto es que no hace falta salir de los modestos limites de La Plaza Invisible para comprobar que el asunto de las maternidades, ampliamente entendido, es una línea editorial indiscutiblemente en forma también en lo que afecta a la poesía: por aquí hemos leído Electra destronada de Eliana Dukelski, Aguas madres de Leire Bilbao, Matriz de Pedro J. Plaza o Préstame tu voz de Lola Mascarell y se avecinan ya mismo reseñas de La cicatriz de la selva de Almudena Vidorreta, o de La madre de nadie de Carmen María López.

Dado que la recién citada Mascarell comprende la poesía como algo inseparable ya no de la realidad, sino de la misma vida, de la propia experiencia, no es chismorreo sino puro comentario de texto el observar que su libro venía dedicado A Lucía y a José, mientras que el nuevo libro del pintor, profesor, ensayista y poeta José Saborit (Valencia, 1960) aparece ofrecido A Lola y Lucía.

Además, en este nuevo libro, no en vano titulado Más vida, hay un poema dedicado expresamente A Lola Mascarell que se llama Encinta, como se titulaba uno de los de Préstame tu voz, libro cuya viñeta de cubierta (como de hecho todas las ilustraciones que adornan los libros y las plaquettes de Mascarell) era obra de Saborit.

En realidad, el amplio y cálido envoltorio afectivo de los poemas de Saborit es algo que también viene repitiéndose con el tiempo y se prolonga de libro a libro. Aparte de la presencia de su mujer y de la incorporación de su hija, en estos nuevos poemas hay citas de poetas tan cercanos a él (tanto en lo geográfico como en lo estético y aun en lo “espiritual”) como Eloy Sánchez Rosillo o Susana Benet, y poemas dedicados a otros como Antonio Cabrera, Juan Vicente Piqueras, Vicente Gallego, Antonio Moreno, Víctor Herrero de Miguel o Carlos Marzal, así como a su madre y a su hijo mayor, aparte de otro, al que enseguida volveremos, en el que recuerda a su padre. Todos ellos y algunos otros nombres forman una “familia” a la que hemos visto avanzar, nacer o morir a través de la bibliografía.

son poemas siempre tan claros, tan limpios, tan sencillos (que no tan desnudos), tan directos y tan rotundos que no sólo son inapelables sino que parecen resistirse a cualquier tipo de comentario

Y si llevo cinco largo párrafos de preámbulos y de tanteos, sin lanzarme a entrar a fondo en el meollo de la poesía de José Saborit, en su mundo, en su mirada… es precisamente porque de esas palabras hay muy poco que decir, como he explicado alguna vez precisamente al hilo de la obra de Sánchez Rosillo: son poemas siempre tan claros, tan limpios, tan sencillos (que no tan desnudos), tan directos y tan rotundos que no sólo son inapelables sino que parecen resistirse a cualquier tipo de comentario.

¿Qué añadir, por ejemplo, a un poema titulado Lo importante que dice lo siguiente: «Te despiertas, nos miras / y tan inteligentemente ríes / con la luz de tus ojos, / que resulta muy fácil entender / todo lo que ya sabes sin saberlo, / todo lo que has venido a recordarnos, / para que no olvidemos / lo importante que es, que sigue siendo, / poner todo el cuidado en distinguir / entre tanta hojarasca y tanta sombra / lo que nos ilumina».

Es por supuesto un poema consagrado a ese nuevo alumbramiento, a la llegada de esa nueva niña, Lucía, pero admite ser leído también como una poética, once versos que encierran una filosofía literaria basada en el discernimiento instintivo, no demasiado meditado, de lo que es central, y por tanto significativo, y de lo que por el contrario es accesorio y secundario, y por lo tanto casi molesto a la hora no sólo de escribir sino de habitar el mundo…, y por ello, por último, no es sólo prescindible sino claramente sobrante, un gran saco de asuntos que se pueden silenciar.

También la pintura de Saborit ha ido avanzando con el tiempo en un despojamiento total que ya estaba desde siempre allí, pero que, como ha ido quedando más demostrado, aún se podía multiplicar (o reducir, según se mire): sus cuadros sobre horizontes marinos o sobre paisajes han llegado a un esquematismo, una amplitud y un deslumbramiento que no son en absoluto abstractos sino bien reales: esa claridad y ese vacío material (que no, probablemente, de otros tipos) están ahí, es lo que él ve, no se los inventa.

Y también sus dibujos de flores o de ramas han adquirido una especie de aire japonés no sólo por su fidelidad a la realidad sino por su gran modestia, tan locuaz y tan potente en su aparente debilidad, en la fuerza simbólica que les da el ser tan frágiles y efímeras y no ser casi nada.

Como dice el título de otro poema, estas páginas hablan De lo que apenas puede hablarse, y que sin embargo, no por fatalidad ninguna sino por suerte, son justamente las cosas que merecen la pena, las relevantes, las únicas que cuentan. ¿Y cuáles son ésas? Pues ya se podrá imaginar: un cesto de limones, un paseo sereno, una mañana de paz, un rayo de luz inspiradora, “Un buen vaso de vino”, el recuerdo de un amigo fallecido o del padre presente («Eran tiempos felices: / yo decía papá, / tú respondías»…), o incluso la espina de malestar o de amargura que deja en el cuerpo el paso de Algunos días tontos, bellísimo y vertiginoso poema que reproducimos completo aquí abajo y que, tras su imprecisa melancolía, a tumbos con sus dudas y sus pesos, acaba derivando en un poema de amor literalmente profundo que, mediante lo onírico, flirtea asimismo con lo fantástico.

«Antes de que nacieras ya te amaba», se le explica a la niña recién llegada. Y hay otras convicciones, más certezas: «Casi cualquier lugar / en el que el sol se pose / se define de nuevo», dice con su mirada de pintor, y está bien que la última palabra del libro sea verde, toda una declaración cromática de intenciones que dialoga con su poema Ver el verde de Con los ojos de nadie, su libro de poemas anterior (… «contemplar la espesura, / olvidar las palabras / y dejar que los ojos / respiren en el verde»).

A las palabras les sucede como a las ruedas o a los balones: las podemos hinchar, podemos bombear e insuflarles más aire, más significados, más fuerza, más matices. Eso es la poesía: agarrar o aislar una palabra y darle un nuevo barniz, multiplicar su potencia. Y, aunque pueda costar imaginarlo a quienes no distinguimos la cotidianidad de la fiesta, el lunes del martes, el 13 de febrero de la Nochevieja…, sucede también con cosas aún más importantes, cuando sobrevienen sucesos especialmente extraordinarios: «Es la vida que viene a ser más vida».

José Saborit

ALGUNOS DÍAS TONTOS

No son muchos,

son sólo algunos días;

no es contarlo, además,

tarea edificante,

pero hay, desde luego,

algunos días tontos

en los que los motivos

para asirse a la vida

y el deseo desnudo y la alegría

se escurren, se resbalan

sin tregua, sin motivo, sin destino,

y entonces sólo espero

a que llegue la noche,

y en la cama, otra vez, una vez más,

me esperes con tu abrazo,

y juntos nos vayamos

de viaje hasta los fondos submarinos

donde brilla el coral y abunda el oro

de todos los naufragios de otros tiempos.

 

*Ficha bibliográfica: José Saborit, Más vida, Valencia, Pre-Textos (col. La Cruz del Sur, 1932), 2024 (5 de diciembre).

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