‘Matriz’: frágil niño amurallado

Pedro J. Plaza

Cumpliendo nuestra principal vocación, las dos reseñas de diciembre en La Plaza Invisible van a estar dedicadas a sendas óperas primas: queremos finalizar el año aplaudiendo a dos que empiezan, rematar 2023 con dos que han debutado en esta fecha.

Hoy Pedro J. Plaza (Málaga, 1996) llega hasta nuestro espacio con Matriz, un libro desgarrador y extremo con el que obtuvo en Granada el VIII Premio Valparaíso de Poesía.

Pedro J. Plaza
El poeta Pedro J. Plaza, en su trasunto vital: nuestra Plaza Invisible. /Foto: J. M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Sin conocer en absoluto a Pedro J. Plaza (Málaga, 1996), sin saber de él nada más que lo que cuenta en esta Matriz (pero no lo digo porque el libro sea tan descarnadamente autobiográfico, sino por lo que se adivina allí no de su pasado sino de su vida, es decir, no de lo que le ha sucedido fuera sino de todo lo que guarda dentro, no de lo que ha sufrido sino de lo que ha sacado de ello…), intuyo que no es el tono (ni desde luego el tema) de estas páginas el que va a teñir sus títulos futuros, sino que lo que ocurre es que, antes de empezar a poder siquiera empezar a decir cualquier cosa, tenía que sacarse de encima esto.

«Mientras no escriba todo lo que he visto no podré escribir todo lo que imagino», dijo Max Aub, y, en ese sentido, lo que ha tenido que ver y vivir Plaza es toda una tragedia familiar, el siniestro total de una madre que, víctima de determinadas adicciones, descuida a un niño que veinte años después, hecho poeta, necesita comprensiblemente poner en versos (en versículos más bien, en este caso) el incurable dolor de aquella larga experiencia, algo que quienes no hemos padecido nada parecido no podemos ni empezar a intentar imaginarlo, sin compadecer al hombre pero sí al niño, sin juzgar los pasajes más, digamos, rencorosos, sin hacer otra cosa que asistir, escuchar y asentir.

(Por cierto, anotado al margen: si al final trascendiese que todo lo que se cuenta aquí es pura invención, no mentira sino ficción, algo totalmente imaginado o un testimonio de segunda mano, algo que le ha pasado a otro y que él recoge…, ¿no cambiaría mucho el libro? El texto sería idéntico, claro, hasta la última coma, y por tanto su calidad literaria la misma, pero ¿no sería de repente un libro filosóficamente distinto?… Quienes dicen que no, que en un texto literario nunca queda nada fuera del propio texto, probablemente tienen razón en un plano teórico, o en lo que respecta a lo que algunos, arañando el oxímoron, conocen como ciencia literaria, pero a la vez es obvio que andan muy confundidos si se apean de la teoría y acuden a la vida, si se desciende de la realidad textual a la realidad que le importa al texto. Tendrían, quizá, razón, pero no tendrían, tal vez, corazón).

no hace falta ser muy retorcido para encontrar, bajo tanta ruina, lo que sería, al fin y al cabo, la reivindicación de una alegría que se quiere ya definitiva, cuando uno se siente ya preparado para ella, liberado de toda carga o de toda herencia negativa

Volviendo a la Matriz, hay que explicar superficialmente, en plan contracubierta, que contiene veinticuatro poemas que van desandando el tiempo, desde 2019 (fecha de la muerte –real o simbólica: no sé– de la madre, pues ese primer poema es un epitafio) hasta 1996 (año del nacimiento del autor), con la particularidad añadida de que la fecha que va figurando al frente de cada poema está tachada, algo a lo que se alude al final del poema VIII, con una clara voluntad de ir resolviendo cosas, de colocarlas en su sitio o mejor de deshacerlas, de destruirlas para poder olvidarlas.

Y los poemas no van sólo de atrás hacia adelante en el tiempo, sino de abajo arriba en el ánimo, en el sentido de que la lectura de este libro implica presenciar una afirmación personal que pasa por reconstruirse, reconciliarse con la vida, levantarse…, hasta el punto de que no hace falta ser muy retorcido para encontrar, bajo tanta ruina, lo que sería, al fin y al cabo, la reivindicación de una alegría que se quiere ya definitiva, cuando uno se siente ya preparado para ella, liberado de toda carga o de toda herencia negativa.

No quiero caer en el topicazo-comodín del libro-exorcismo, pero eso es lo que esto es, o casi mejor, incluso, un enterramiento muy consciente. Esta reseña quiere ser más pudorosa que el libro que comenta, aunque, siendo éste de una dureza extrema, contiene también momentos bonitos, zonas de cierto descanso, temporadas de transición con recuerdos no traumáticos («hubo abuelos que me amaron»…).

Pero hay que entrar al libro para ir entendiendo a ese niño desamparado que crece aquí, y también a su hermano, y en ello esa mezcla de rabia y de amor, de injusticia y de esperanza, de decepciones y de necesidad de escapar, de anhelar que pase el tiempo y de «desear que los años tradujesen a nuestra madre / con un bastón o una silla de diferencia, / que se convirtiese en una niña anciana a la que sus hijos / pasean, cuidan, aman»

Por todo ello en este libro está justificado algo que a mí me espanta, que es el exceso de citas, un error literario objetivo que aquí, donde se yuxtaponen de forma profusa y constante antes de cada sección y de cada poema, se convierte de repente en algo bonito, porque el lector percibe la necesidad que el autor tiene de sentirse acompañado en este testimonio, arropado por palabras de clásicos o de amigos, «frágil niño amurallado» entre el refugio de la literatura y el cariño de las personas próximas.

Eso explica también el largo epílogo, lleno de agradecimientos y complicidad, lleno de deudas afectivas, y donde, afortunadamente, Plaza no cae en la tentación de explicar demasiado el propio texto, no habla directamente de los poemas, no se auto-interpreta…, algo que todo libro ha de evitar siempre. Para eso ya está el minucioso prólogo que mi querida Azucena López Cobo ha puesto al frente, aunque su acertado título, Prólogo con voluntad de epílogo, me da pie a dejar ya dicho que no acaba de ser adecuado que la primera edición de un libro, su primera salida al mundo, venga enmarcada en paratextos, en explicaciones, en apoyos…

Los libros han de nacer desnudos y, en cualquier caso, reconozcamos que hay algo poco oportuno en que la mejor interpretación que probablemente vaya a tener nunca este libro, la lectura más exhaustiva, la reseña mejor informada…, se publique ya no sólo en el propio libro sino antes del texto, por delante. El hecho natural de que la creación vaya cronológicamente antes que la crítica debería tener su correspondiente materialización, y por eso, supongo, la presentadora, que no sólo sabe mucho de literatura sino que la entiende, prefería ser epiloguista.

Este libro tiene algo de pesadilla, y algo de aventura, y algo también de auto-profanación, de auto-autopsia, si se me permite la locura

Sea como sea, esa introducción es excelente, con lucidez filológica e implicación personal, y en ella López Cobo habla con razón de la «aparente sencillez» de «un poemario aterrador» donde, dice la profesora, vemos cómo los poemas reviven a dos personas, madre y niño, para rematarlas, para «asestarles el golpe definitivo», dejarlas escritas o, como hemos visto arriba que entendía el propio autor, para traducirlas con la «voluntad necesaria de olvidarte» a otra cosa más soportable, más curativa: «Y no importa, madre, no; ya nada importa: para ti todas esas cosas; / y para mí, por fin, otra vez mi vida, y el deseo resurgido de vivirla».

Este libro tiene algo de pesadilla, y algo de aventura, y algo también de auto-profanación, de auto-autopsia, si se me permite la locura. Puede ser entendido como una estremecedora carta de amor herido y, por supuesto, de despedida, pero una despedida radical, un adiós total, un desapego existencial, el grito de un liberto sin infancia, con sólo futuro, con un porvenir al que el poeta se agarra con tanta consciencia como cólera.

La dulzura ante la madre enferma convive con los reproches hacia quien renunció a sus obligaciones, y, más que autocompasión, leemos la expresión de un dolor irreversible ante aquella que no supo disfrutar lo que construyó, que se perdió su propia vida al entregarse a otras cosas. El poeta llega casi a ejercer de padre de su propia madre, y en los mejores momentos del libro le habla y la acuna para intentar suavizar las cosas, para tratar de compensar tanto desastre: «cuando abandones, madre, tus infiernos; / cuando seas, madre, nuestra madre; prometo que yo quemaré con mis ojos, / una a una, las hojas de este libro, y te tejeré con sus cenizas una colcha / para que puedas dormir a salvo y olvidar todo lo que has perdido».

Pedro J. Plaza

Dos postdatas

UNO. Entre el momento en que Plaza vino a la plaza a posar y el día de la publicación de esta reseña, nuestro amigo se ha doctorado con una tesis sobre Antonio Gala, de quien ha coeditado además, junto a Luis Cárdenas García, los hasta ahora inéditos Poemas de lo irremediable.

DOS. Cuando íbamos a quedar para la foto, Pedro me pidió que le mandase la ubicación de nuestra plaza, pero yo, como crítico de poesía que soy, no sé hacer esas cosas, así que fuimos tanteando: «Bueno, esto queda por Matadero, puedes coger el metro y bajar aquí, es fácil, ¿por dónde andarás?». «Pues no sé, aún no tengo claro dónde me quedo, ya te diré». Días después le expliqué que la parada de metro es la de Legazpi. «Oye, pues creo que donde duermo es por ahí, me suena, te confirmo cuando llegue». Y entonces poco a poco, mensaje a mensaje, como si fuera un zoom, fuimos reduciendo el territorio, día tras día, hasta que en la fecha del encuentro, al decirle yo el nombre exacto del lugar, respondió: «Mira, te voy a enviar una foto de lo que veo ahora mismo desde mi ventana y voy bajando»:

 

Pedro J. Plaza

 

[2013] XVIII

 

Mi madre, mi desangelada madre,

no sabe lo que es un beso de amor.

 

Mi madre, retoño apaleado,

no sabe qué es –en la ternura– una caricia.

 

Mi madre, muerta aún en vida,

ha olvidado entre sus campos de amapolas

la voluntad, el cariño, la alegría.

 

Me pregunto, en ocasiones, si nos quiere.

Me respondo, en ocasiones, que sí,

que en el páramo de su enfermedad

se acuerda de nosotros… y no nos vomita.

 

En otras, en cambio, me niego,

y de ella reniego hasta tres millones de veces,

hasta tres millones de derrotas furtivas,

hasta tres millones de devastaciones.

 

Mi madre… mi madre es un animal sucio

que me infectó, mortal, con la ponzoña

de soñar con suicidarme un día y otro día,

y ahora reina en estos versos con que yo

no la salvo; pero la perdono y me redimo.

 

Ficha técnica: Pedro J. Plaza, Matriz, Granada, Valparaíso, 2023. Prólogo de Azucena López Cobo.

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