Ese discreto y extraordinario poeta que es José Rubio (Murcia, 1951) ha publicado en abril de 2025 su cuarto libro de poemas, Mientras tanto, que, como los tres anteriores (Después de la señal, de 2023, Días aparte, de 2010, y En qué abril, de 2016), aparece en la editorial valenciana Pre-Textos.
Se habla mucho de «la casa» en este libro, y también, como en todos los precedentes, de los amigos, de los maestros, de los afectos, de una lealtad a los seres queridos que no se termina con su muerte. Y hay en estos versos una mezcla curiosa de alegría bien asumida y de ausencia de esperanza, de aceptación sabia que todavía contiene un punto de intranquilidad.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
El otro día, leyendo el brevísimo prólogo que puso Octavio Paz a El fuego de cada día, su antología poética de 1989, me impresionó su intuición final, muy inteligente. A la hora de pensar en la trayectoria de un poeta, se suele observar que se evoluciona, que se prueban nuevas cosas, que se experimenta…, pero lo cierto es que «algo permanece a través de los vaivenes del gusto y las variaciones de las formas. La poesía cambia con el tiempo pero sólo, como el tiempo mismo, para volver al punto de partida».
Al pensar en la poesía de José Rubio (Murcia, 1951), sin embargo, ese dictamen, que es precioso y exacto, no basta. Tal vez suceda en parte porque publicó su primer libro en 2003, cuando ya superaba el medio siglo de vida, pero no es sólo que Rubio sea de esos poetas que más bien ya estaban centrados y volcados por entero en la primera estrofa del primer poema de su ópera prima, Después de la señal, sino que además se diría que esos versos inaugurales trataban exactamente sobre eso: «Ahora que has abierto / en tu vida el camino / a la vida, no puedes volver atrás, negarte, / seguir uno distinto al que ya reconoces, / apenas iniciado, como tuyo».
Aquí no hay nada circular, entonces: hay simplemente algo firme, unas certezas que estaban allí desde el principio, probablemente no tanto por seguridad personal como por convicciones creativas aprendidas de un maestro insuperable, el pintor Ramón Gaya, de quien Rubio fue íntimo amigo: no sólo colaborador y asistente en aspectos más bien terrenales y prácticos (lo acaba de contar en un ensayo muy hermoso, Ramón Gaya de cerca), sino una enorme y prolongada compañía en búsquedas cruciales.
hay en estos versos una mezcla curiosa de alegría bien asumida y de ausencia de esperanza, de aceptación sabia que todavía contiene un punto de intranquilidad
A Gaya ha dedicado José Rubio poemas en todos sus libros, y también en el último («Traen a veces las horas / instantes que son luz, intimidad, y llenan / de gratitud el día»…), y ésa es otra curiosa forma que tiene el poeta de ser leal a sí mismo: ser fiel a sus amigos, que también estaban allí desde el libro de 2003. Si en Mientras tanto, el libro que ha publicado en 2025, Rubio agradece a Eloy Sánchez Rosillo o Antonio Moreno su lectura del manuscrito, sus consejos, su calor…, lo cierto es que los de esos grandes poetas son nombres que podemos rastrear de uno u otro modo en los cuatro libros, como sucede también con Tomás Segovia y José Luis Parra, a cuyas muertes se dedica ahora el poema Amigos. O Vicente Gallego, presente en algunas dedicatorias pasadas y que en el nuevo libro protagoniza Una lectura, tal vez el poema más de circunstancias.
Por lo mismo, los hijos del poeta, o en su día los versos a su padre («Sigo mirando el cielo, y esta hora / una vez más es nuestra: tuya, mía») o las dedicatorias a Palmira, o la devoción por Emily Dickinson, o las lecturas de Francisco de Aldana y Francisco de Medrano, o la amistad de Sebastián Mondéjar, o desde luego algunos paisajes y rincones repetidos… son patrias y hogares a los que se regresa, constantemente celebrados y agradecidos, y alguien se estará preguntando que qué forma de reseñar un libro de poemas es ésta, tan superficial, tan de name dropping privado del autor, tan de paratextos…, pero es que en este caso esas presencias no son algo epidérmico o anecdótico sino algo nuclear, casi el centro del asunto, el objetivo, las encarnaciones en forma de personas o de obras de todo aquello que a Rubio le importa, toda esa luz y todo ese «amor bastante» que él canta y que reclama.
También Juan Ramón Jiménez ha comparecido más de una vez en este póker de libros, y a él se debe el título del último, en el que de nuevo Rubio vuelve a sus temas, a sus fijaciones, a sus pensamientos, aunque tal vez con ese tono un poco más luctuoso que insinúa el rótulo general, ya que la cita de Juan Ramón dice algo tan discutible, por amargo y por cenizo, como que «Toda la vida no es más que mientras tanto». Y es verdad que la propia muerte tiene en la vida un protagonismo obvio, pero la vida no consiste en absoluto en esperar, no es así como hay que entenderla y habitarla. Y, en cualquier caso, uno está de acuerdo con las expectativas de Peter Pan: «Morir será una gran aventura», la definitiva.
Siempre ha habido elegías extraordinarias en la poesía de Rubio (como las ofrecidas al padre, ya aludidas, o a Gaya, o a Tomás Segovia, o a esa amiga Luci a la que también dedicó un poema memorable Sánchez Rosillo…), y aquí las hay a su hermana [como esa tan emocionante que reproducimos completa abajo], pero esa presencia de la muerte, tan llamativa en el título, toca otras zonas, se nota en otros detalles, va ganando perfil, claro que matizado: «Tienes la sensación de que no queda / ya tiempo para nada, / pero dudas / de si será real, si no lo fue otro día / la sensación contraria».
El laconismo extremo de las solapas biobibliográficas de todos los libros de Rubio es una primera lección significativa, una especie de marca de impresor. Su nombre, su ciudad, su año, sus pocos libros anteriores, y ni una palabra más. No es esto lo importante, parece decirnos, esto es sólo lo civil, lo oficial, lo objetivo, lo gélido. Lo importante es lo que, por ejemplo, expresó como Un triunfo en su libro anterior, En qué abril: «Qué más da si fue un sueño. / Aunque después el frío de la duda / te despierte, era inmensa / tu alegría. / Qué más da. Cuando pase / mi vida, / será lo mismo que cuanto he vivido / este triunfo gozoso de tu abrazo».
Los poetas que tienen las cosas más claras son también quienes mejor juegan a la ambigüedad, quienes con más hondura y más verdad se mueven en el matiz, en las oposiciones y en la paradoja
Los poetas que tienen las cosas más claras son también quienes mejor juegan a la ambigüedad, quienes con más hondura y más verdad se mueven en el matiz, en las oposiciones y en la paradoja. En la obra de José Rubio hay un entreverado irresistible de aceptación y zozobra, de conformidad ante la vida (de «obediencia», hubiera dicho Gaya) y de conmoción ante sus sorpresas y sus golpes, un gesto de serenidad por encima de un corazón siempre alerta, una sonrisa seria.
Hay que estar tranquilo, sí, pero vigilante. El balance de la felicidad y de la congoja es muy positivo, la alegría no se negocia y hemos ahorrado mucho sin proponérnoslo («Todo se dice y pasa, y el amor sigue ahí, / no se irá nunca»). Nos vemos en buenos términos con la vida, pero andamos atentos, de acuerdo con casi todo pero también, mientras tanto, a la espera, con los ojos bien abiertos pero con prudencia, contentos en el dolor y el miedo, sedientos todavía pero ya sin ingenuidad, seguros de la gloria de vivir pero sin permitirnos relajarnos: «Alentada por ti, por tus deseos, / la incitación del mundo / te ha excedido, / por eso te detienes».

EN TUS MANOS
Lo que a menudo hice:
acudir a tu casa
para saber de ti,
para contarte algo,
ya no es posible hacerlo.
Era fácil oírte, era fácil hablarte.
La realidad es otra, pero tu mundo sigue
en manos de la luz,
así estuvo lo mío cuando estaba en tus manos.
No dejarás ahora
olvidada mi casa
porque estés iniciando una ruta distinta,
ni mi amor será otro porque no pueda verte.
*Ficha bibliográfica: José Rubio, Mientras tanto, Valencia, Pre-Textos (La Cruz del Sur, 1948), 2025 (21 de abril).







