Miguel Ángel Ortiz Albero: «Todo tiende a la poesía de un modo inevitable»

Miguel Ángel Ortiz Albero

ENTREVISTA / LETRAS

Miguel Ángel Ortiz Albero
Foto: J.M.

Personajazo imprescindible (que no omnipresente) en la vida cultural zaragozana de los últimos treinta años, el artista y escritor Miguel Ángel Ortiz Albero (Zaragoza, 1968) lleva todo ese tiempo insistiendo en que él, ante todo, se dedica a pasear y a observar: es algo que consta en la mayoría de las solapas de sus diecisiete libros y que figura incluso en su tarjeta de visita.

Aunque nos parece que Ortiz Albero es más caminante que viajero, se acercó en primavera hasta La Plaza Invisible para responder a unas preguntas en las que se declara esencialmente poeta. Que llegara un momento en el que comenzó a escribir narraciones de distinto signo, acercamientos biográficos parciales, ensayos erráticos, aproximaciones teóricas a temas imprecisos o tanteos filosóficos no ha cambiado esa identificación. Al revés: se diría que todo ese trabajo en prosa no hace sino reforzar la sensación de que estamos ante un poeta. Todo lo multidisciplinar que se quiera, pero poeta.

Comenzó a publicar en el siglo pasado, y sus libros han ido llegando con una cadencia muy serena, con un ritmo muy particular que hace pensar en sus constantes caminatas. Se diría que, en sus palabras, oímos de fondo sus pasos.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

P: Supongo que a estas alturas ya estarás bastante harto (aunque en realidad sospecho que te divierte…) de que al hablar de tu poesía siempre se aluda a su dificultad, a su oscuridad… Para empezar esta entrevista por todo lo alto, ¿qué tienes que decir tú al respecto?

R: Sospechas bien. No sólo no me harta, sino que me divierte. Es más, casi diría que me regocijo con ello, y que, al margen de la diversión y el regodeo, me siento muy a gusto en esos territorios de la dificultad. Hace algunos años, en una cena de poetas (sí, existieron), Ángel Guinda anunció, mirándome fijamente, que estaba traduciendo a Ortiz Albero. Alguien le preguntó que a qué idioma y él, entre sonoras carcajadas, respondió que al castellano. Como ésta podría contar varias. No sé si puede parecer pretencioso, pero me gusta que así sea. Y es cierto que quizás no sepa hacerlo de otro modo, pero así lo hago. Hace unos días subrayé un aforismo de Julien Torma en el que dice que el mundo es un tapiz cuyo reverso abigarrado de puntadas e hilos que cuelgan es el poema. Me gusta esa trasera del tapiz, esa suerte de abstracción, esas colgaduras y suturas de la palabra que, no lo olvidemos, responden a lo que se ha de ver en el tapiz si se le da la vuelta. No escribo para los menos, pero soy consciente de que serán los menos los que disfruten de ese turbio dorso del entramado. Y si hubieren de ser los más, bienvenidos sean.

P: Volvamos atrás, a eso que en Aragón llamamos «los años mozos». Se habla de cierto grupo de artistas y escritores, Écrevisse, que funcionó por Zaragoza, y por donde hay quien asegura que se te vio merodear. Una vez más: ¿qué tienes tú que declarar sobre esa gente y sobre tu presunta presencia allí?

R: Hace mucho ya de aquellas mocedades de finales de los 80, pero es cierto que Écrevisse es el comienzo de todo. En los años en los que estudié Filosofía y Letras, cuatro individuos de procedencias diversas (pero unidos por una amistad natural y orgánica, como así será, en esencia, el grupo) decidimos emular a nuestros ídolos de entonces: surrealistas, dadaístas, situacionistas, etc. En el origen estaba la decidida intención de dedicarnos a la poesía, para lo cual creamos un pequeño fanzine que llevaba por título El ateneísta (como homenaje a Pepín Bello). Nos reuníamos en una tasca en la que, entre otras locuras y juegos, ideamos la posibilidad de un congreso sobre surrealismos varios (en el que sólo nosotros participaríamos). Pero la palabra congreso se nos hacía densa, académica y pesada: cangrejo era la más similar (o así nos lo pareció) y la menos referencial, y dado que éramos obviamente afrancesados la tradujimos libremente y de ahí salió Écrevisse. No hubo modo de trascender en lo literario, pero sí que se nos ofreció pronto la posibilidad de exponer collages y artefactos varios que, aunque estaban en nuestro ideario, nunca habíamos llegado a materializar. Nos lanzamos a ello, y entre 1992 y 2003 creció, inesperadamente, la bola y llegamos a realizar quince exposiciones como grupo. Queda lejos, pero no tan lejos, y fue, sí, el comienzo de todo.

Miguel Ángel Ortiz Albero
Foto: J.M.

P: Buena parte de tus versos y prosas andan no por tus libros sino por catálogos de exposiciones, libros de artista, revistas y fanzines… Tengo la impresión de que el día en el que se recoja tu poesía completa el volumen va a tener al menos un tercio más del grosor que tienen tus libros de poemas. ¿Es así?

R: No tengo memoria, tampoco vocación de archivero de lo propio. Controlo, sí, los libros, pero no tanto todos esos textos dispersos que están ahí, guardados pero olvidados. Me da la impresión de que son, como dices, numerosos. Lo que sí tengo claro es que todos ellos responden a lo mismo (al mismo modo de hacer) que los que sí forman parte de los libros. De hecho, cuando me encargan algo siempre advierto que haré lo que me dé la gana, que no haré nada académico o informativo, que me andaré (como suelo) por las ramas, que no me saldrá el ser claro o conciso. Los encargantes lo aceptan y yo soy feliz así.

«Me resulta complicado separar en compartimentos estancos. Los lenguajes pueden ser diversos, pero los estoy utilizando para lo mismo»

P: En realidad por lo que te quería preguntar es por la relación entre la poesía, o la literatura en general, y esas otras disciplinas que practicas: lo plástico, la fotografía, las instalaciones, los objetos, las intervenciones efímeras…

R: Me resulta complicado separar en compartimentos estancos. Los lenguajes pueden ser diversos, pero los estoy utilizando para lo mismo (que tampoco pretendo saber lo que es, pues no me interesa demasiado el para qué). Un buen amigo afirmaba que sólo los demás podían decir de uno que era poeta, que nunca uno mismo podía decir de sí que lo era. Sin embargo, si con alguna etiqueta tuviese que quedarme para definir mi labor, esa sería la de poeta. Creo (aunque eso lo juzgarán los otros) que todo lo que hago es poesía, o eso pretendo. Los ensayos tienen un aliento poético que los aleja del ensayo de tesis. Las novelas (o los intentos de novela) no dejan de ser largos poemas. Y por supuesto los objetos, las peliculitas que hago con Marta (y el trabajo que hacemos como lázaro&albero), todo lo efímero que hay sobre mi mesa de trabajo, los collages, los paseos incluso. Todo tiende a la poesía de un modo absolutamente inevitable.

P: Hay días en que yo me despierto pensando que hay que tener cuidado con las palabras, y mucho más con la palabra poética, pues son palabras poderosas, palabras como encendidas ante las que hay que sentir casi superstición, pues pesan sobre el mundo y actúan en él…, y otros en los que estoy totalmente seguro de que, por decirlo así, hay que perderles el respeto a las palabras y a la poesía y usarlas y manipularlas con toda alegría, no con frivolidad pero sí con soltura, con cierto espíritu no cómico pero sí juguetón… ¿En qué punto estás tú?

R: La palabra es poderosa, sí. El modo en el que la utilizamos debe ser, creo, respetuoso. A menudo hay una ligereza en su uso que no me gusta, esa frivolidad de la que hablas. Eso no quiere decir que no debamos jugar con la palabra, que no podamos manipularla, que no podamos convertir (como se ha dicho antes) un congreso en un cangrejo. Podemos retorcer la hilatura del reverso del tapiz, debemos hacerlo, es materia maleable a nuestra disposición. Pero si lo hacemos, hagámoslo con gracia, con estilo, con elegancia, hagámoslo sabiendo hacerlo. Respetar no es embalsamar o disecar. Donde hay vida hay juego, pero también seriedad. Me gusta la palabra, y prefiero, pues, trenzarla a la manera de una pieza bien hecha. Aunque resulte oscura (y ya hemos dicho que lo es), para mí habrá sido luminosa.

«Cualquier texto puede ser (o no) hermético. La cuestión es no empeñarse en desentrañarlo todo»

P: Ya que vuelves a lo de la oscuridad, aprovecho para incidir en ello. Justo estos días ando leyendo Las ruinas y la rosa, el cuaderno de apuntes que acaba de publicar Andrés Sánchez Robayna, y allí dice que «solamente hablan de hermetismo quienes siguen creyendo que un poema no es distinto a un artículo periodístico y puede (y hasta debe) leerse como tal…».

R: Cualquier texto puede ser (o no) hermético. La cuestión es no empeñarse en desentrañarlo todo. Habrá lugares a los que uno no pueda llegar, y no sucede nada si no se llega pero se es capaz (pese a las dificultades) de disfrutar, de gozar de ello. El camino y el extravío van de la mano. Ya se sabe que tan importante es saber orientarse como saber perderse. No recuerdo dónde leí eso de que la penumbra (la sombra) resalta los matices que el exceso de luminosidad anula. Igual que con la escritura se puede gozar soltando (sin más, pero sin menos) la mano, con la lectura se puede gozar soltando el ojo, abriéndolo a esa penumbra. En la vacilación y en el desvío puede haber también descubrimiento, maravilla y emoción. No busco información en el poema. Busco desvelamiento y gozo.

P: Siempre he pensado que tú serías un buen aforista. ¿Nunca te ha dado por ahí?

R: Leí y releí a la vez a George Lichtenberg y a Jules Renard, y quedé fascinado. Pero ahí debía quedar todo (era lo más prudente). La arquitectura de un aforismo requiere de una claridad (de concepción y de puesta en marcha) que se aleja de mis oscuridades. Dar en la diana me parecía que no era lo mío. La flecha no podía serpentear por meandros interminables si quería (como parece preciso en un aforismo) atinar. Aun así, me presenté (por dinero) a un concurso de aforismos que, por supuesto, no dio el resultado deseado. Construí algo a lo que titulé Taxidermia, y que, como algunas otras cosas, descansa en un cajón. Lo encabecé con una cita de mi querido Cioran: «He pasado de la visión poética a la visión objetiva de la irrealidad, del «sueño de la sombra» a la decepción rigurosa». De vez en cuando lo rescato para volverlo a guardar, para volver a sentir el rigor de la decepción.

Miguel Ángel Ruiz Albero
Foto: J.M.

P: Me da la sensación de que tú no has ido a contracorriente y a tu aire sólo como creador, sino también como lector. Nunca te he visto en las manos con un libro que llevase menos de diez años en el mundo, y creo que no lees enseguida los libros de tus amigos y compañeros de viaje, ni siquiera No tengo el placer, donde Sergio Algora te homenajeaba en el cuento titulado Ismael Serrano, el astronauta, introduciendo a esos dos personajes abracadabrantes que eran el doctor Ortiz y el doctor Albero… También en tu reciente Deambulatorio haces un repaso a todo lo que se ha escrito sobre Torrero, pero te saltas lo más reciente, llegando sin embargo a libros rarísimos.

R: Escribí hace años un poema en el que parafraseaba a algunos de mis amigos, para terminar con aquello tan valle-inclanesco de «yo nunca leo a mis contemporáneos». A los más cercanos sí que suelo leerlos pronto, y con ganas, muchas ganas. Pero sucede que soy un lector caótico, desordenado, voraz por momentos, y bastante descolgado (eso es muy cierto) de la actualidad. Siempre me digo que hay muchos huecos que rellenar y que debo ponerme a ello. Y me pongo, pero también de un modo absolutamente anárquico: ensayos, teatro, poesía, novela, todo mezclado. Me gusta rebuscar y encontrar, al azar, libros que deseo. Y si me encuentro con uno (lo de la segunda mano es una fuente inagotable), necesito entrar en un bar y comenzar a leerlo ya mismo. Así que no hago sino acumular comienzos. Sólo soy metódico (eso sí) con la preparación de los ensayos. En ese caso sí que los doctores Ortiz y Albero acuerdan métodos de trabajo exhaustivos y organizados.

P: ¿A qué te refieres exactamente?, ¿cómo es ese proceso de documentación para tus ensayos?

R: Leo, como es necesario, con muchísima atención. Ordeno los libros y los cuadernos, los recoloco en una mesa sólo para ellos, subrayo, vuelvo a subrayar, tomo innumerables notas, trazo esquemas, hago dibujitos que me permitan visualizar asuntos varios, paseo reorganizando mi cabeza. Supongo que nada alejado de lo que debe hacerse en un ensayo que se precie de tal. Y lo compruebo todo mucho, muchísimo. No quiero que se escape nada, que alguien pueda decir de un dato que no es correcto o que me lo he inventado. Todo tiene que estar muy bien atado, sobre todo para conmigo mismo. Es necesario que yo quede tranquilo y satisfecho. Y a partir de ahí está el lenguaje, lo poético, el uso propio y personal de la palabra, la huida de lo académico, el disfrute de cada uno de los fragmentos, la escritura en libertad. Y si me hubiese equivocado lo sentiré y lo reconoceré, pero el libro ya estará ahí y no será ya mío sino del lector.

P: Este año te has atrevido con Kafka…

R: Los atrevimientos tal vez sean otra de mis características. Me lanzo al vacío sin pensar demasiado en las consecuencias. Bien es cierto que acepto retos que pueda llevarme a mi terreno, y que puedan conducirme a cierta satisfacción, como es el caso de las propuestas que me ha lanzado Javier Fórcola estos últimos años. Él sabe y yo me dejo. Ya sucedió con Handke, como ahora con Kafka, dos escritores a quienes había leído mucho (lo sigo haciendo) a lo largo de los años. En ambos casos podía tratarlos desde ese punto de vista que me es tan grato y que es el del paseo, el del caminante. No diría que sí a cualquier cosa, pero sí a aquello en lo que puedo investigar a mi manera, aquello que me permita relecturas nuevas y acercamientos diferentes. Andar al lado de Kafka y de Handke es, supongo, una temeridad, pero disfruto de tales deambulaciones tanto como paseando a diario por la orilla del Canal que atraviesa mi barrio zaragozano.

«por encima de todo, se me lea o no, se me podrá seguir viendo pasear y observar. Siempre»

P: En fin, ¿qué será lo próximo tuyo que leamos?

R: El cambio del 23 al 24 ha sido (entre tantos y variados deambulares) bastante intenso. No venía mal descansar un poco. Y lo intento. Pero me da que tampoco sé hacerlo. Habrá algunos textos de esos de los que hablábamos más arriba, textos que saldrán por ahí pero no en libros míos. Hay un ensayo en marcha, que aún tardará un par de años en poder leerse. Hay un par de libros de poesía enterrados en un cajón (que habrían de ser desenterrados para poderse leer). Más que suficiente (creo), de momento. Pero, sobre todo, hay ganas de seguir haciendo, de continuar dificultando, de seguir con esas pátinas de sombra tan propias. Y, por encima de todo, se me lea o no, se me podrá seguir viendo pasear y observar. Siempre.

Cargo

a todos los que están,

sobre los hombros, hechos de mí

Con ellos,

celebro el baile de las siluetas

(de Sbattimento, 2006)

Para saber más: Bibliografía de Miguel Ángel Ortiz Albero

Poesía

  • Cuaderno azul de la distancia, Madrid, Zambucho Ediciones / Corral Gestión de Arte, 1999.
  • Donde comienza el desorden, Zaragoza, Lola Editorial (Los Libros de Berna, 7), 2001 (9 de abril).
  • Cuaderno de la sal en la mirada, Zaragoza, Aqua, 2005. Accésit del I Premio de Poesía de la Delegación del Gobierno en Aragón – Cajalón.
  • Sbattimento (notación para un “libro de las sombras”), Zaragoza, Diputación de Zaragoza (col. Veruela de Poesía, 13), 2006. XX Premio de Poesía Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal.
  • Algunas palabras para las desapariciones, Zaragoza, Eclipsados (col. de Poesía, 14), 2008 (14 de octubre).
  • Nombrar el lugar, decir silencio, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza (col. La Gruta de las Palabras, 63), 2008.
  • Troupe, Zaragoza, Olifante, 2010 (15 de junio).
  • La sutura y la piel, Avinyonet del Penedès (Barcelona), Candaya (col, Poesía, 19), 2018 (mayo). Prólogo de Jesús Jiménez Domínguez.
  • Gran guiñol, Zaragoza, Pregunta (col. Poesía), 2020 (14 de febrero).

Prosa

  • La herida es el comienzo, Zaragoza, Comuniter (col. Voces de Margot, 3), 2010.
  • Un día me esperaba a mí mismo, Zaragoza, Jekyll & Jill (1), 2011 (17 de marzo).
  • La danza de la muerte. Bailar lo macabro en la escena, la literatura y el arte contemporáneos, Madrid, Fórcola (col. Señales, 21), 2015 (7 de enero).
  • Reconstrucción, Zaragoza, Pregunta (col. No Ficción), 2015 (29 de mayo).
  • Variaciones sobre el naufragio. Acerca de lo imposible del concluir, Madrid, Fórcola (col, Señales, 30), 2017 (20 de febrero).
  • Un andar sosegado. Paseos con Peter Handke, Madrid, Fórcola (col. Singladuras, 38), 2020 (10 de octubre).
  • Torrero, estación mental. (Seguido de algunos Apéndices sobre las Artes del Caminar), Zaragoza, Pregunta (col. No Ficción), 2023 (9 de noviembre).
  • Por el camino de Kafka. Deambulaciones de K., Madrid, Fórcola (col. Singladuras, 49), 2024 (13 de marzo).

DEJA UNA RESPUESTA

Deja un comentario!
Por favor introduce tu nombre