Náufragos

Los náufragos suelen pasar hambre, y a veces también pasan desapercibidos.[1]

Que hoy se confunda a Borges con las nueces y a Orlando con el tomate es natural y frito: forma parte del Zeitgeist, que se ha vuelto Feastgeist: todo es comida. La comida es el nuevo porno de Occidente. Pero si comes lento y se te junta el desayuno con la tarde, puede que vuelvas del almuerzo con una flor en la mano, aunque la mano no sea tuya, eso da lo mismo, literalmente: porque todo está hecho de lo mismo. Sin embargo, siempre hay pequeños matices, como, por ejemplo, que el que se hunde en el mar no saluda, y el que saluda, se ahoga. Primero lo dijo Stevie Smith en Not Waving but Drowning: no saludaba, se ahogaba.

Nadie lo oyó, al hombre muerto,
pero aún así yacía gimiendo:
Estaba más lejos de lo que creíais
y no saludaba, me hundía.
[2]

Luego lo recogió Jeanette Winterson en Oranges are not the only fruit: no pedía ayuda, saludaba.

–¿Está saludando?– se preguntó May, inquieta.
–Más bien ahogando– exclamó Fred, quitándose la chaqueta y la corbata
.
[…]
–Pero estabas pidiendo ayuda.
–Qué va, estaba diciendo adiós.
[3]

El personaje del poema de Smith es un náufrago sin isla que se pierde para siempre en el mar, como el diario de Pi –sin el que Pi no habría sobrevivido–[4], como Ofelia se hunde en el río o como William Botibol en Apuestas, ese cuento de Relatos de lo inesperado, de Roald Dahl[5]. Tras una fatídica apuesta sobre la velocidad del barco que amenaza con dejarlo en la ruina, Botibol urde un plan que resulta aún más fatídico. Decide arrojarse por la borda ante un testigo que escoge al azar, confiando en que este dé la alarma para que el barco se detenga y el subsiguiente retraso le haga ganar la apuesta. Pero toda precaución es poca a la hora de elegir a un interlocutor:

—Es extraño —dijo la primera mujer—, hace un momento un hombre ha saltado del barco completamente vestido.
—¡Tonterías!
—¡Oh, sí! Ha dicho que quería hacer ejercicio y se ha sumergido sin siquiera quitarse el traje.
—Bueno, bajemos —dijo la mujer delgada.
En su rostro había un gesto duro y hablaba menos amablemente que antes.
—No salgas sola al puente otra vez. Sabes muy bien que tienes que esperarme.

—Sí, Maggie —dijo la mujer gruesa, y sonrió otra vez con una sonrisa dulce y tierna.
Cogió la mano de la otra y se dejó llevar por el puente.

—¡Qué hombre tan amable! —dijo—. Me saludaba con la mano.

La irónica Winterson subvierte el poema de Smith (ignoro si conocía el texto de Dahl) y nos presenta a un personaje que se adentra en el mar voluntariamente y saluda para despedirse de la vida. Sus congéneres confunden su adiós con un grito de socorro y la sacan del agua, cuando ella lo que quería era quedarse. Y así una misma idea se convierte en tres: el náufrago que pide auxilio y no lo obtiene, el náufrago que finge serlo y acaba atrapado en su trampa, y el náufrago voluntario a quien el otro no permite ahogarse. Sin embargo ninguno naufraga o se salva en soledad; los tres flotan o se hunden ante la mirada del otro.

Cuando acaba su turno, Patty Howe decide ir a recoger unos lirios de día que crecen en un rincón al final del puerto. Nadie suele ir allí porque el camino se corta y acaba en una abrupta caída al mar. Un cartel advierte del peligro: keep out. Pero por suerte la ficción se nutre de personajes que hacen caso omiso de las advertencias. Al salir de la cafetería, Patty ve a Olive Kitteridge en el coche de Kevin Coulson y se siente bien al verlos juntos, aunque no sabe muy bien por qué. Hace mucho viento y antes de recoger los lirios se pincha con unos rosales. Kevin y Olive siguen hablando hasta que Olive la ve, en el agua, y cuando la ve sabe que se está ahogando, y Kevin Coulson, que tenía pensado matarse, sabe que Patty no quiere morir. En Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout, se reúnen tres personas que saben interpretar al otro cuando lo ven, y la ahogada se ahogaba, pero ya no. Y además la náugrafa accidental ha salvado al suicida que la salva, aunque eso Strout ya no lo cuenta con tantas palabras.

Ofelia, en cambio, es el náufrago que perece inadvertido. Cuando la encuentran, ya es demasiado tarde. Pi acaba a salvo en una playa, pero lo último que ve antes de perder el sentido sobre la arena es cómo su tigre penetra en la jungla sin mirar atrás, sin decirle un adiós con los ojos. Durante mucho tiempo Robinson cree que morirá solo en su isla, como Jonathan Harker cree que morirá en el castillo, lo que nos lleva al árbol solitario de los personajes encerrados en castillos, palacios, habitaciones, torres, que es otra forma de ahogarse en tierra firme. Pero eso pertenece a otro día. Ahora nos vamos a las cataratas del Niágara.

En el desternillante Un día en el Niágara, de Mark Twain, el protagonista ofende a unos indios que venden recuerdos y a quienes se dirige con gran pompa. Pero estos se enfadan y lo echan de muy malos modos a las cataratas, donde, como dice Twain, el protagonista se moja. Aparte de mojarse, gira cuarenta y cuatro veces en un remolino porque nadie le ayuda a salir del agua, hasta que llega un policía y lo arresta por perturbar la paz pidiendo auxilio. Entonces un juez lo multa. Como su dinero está en sus pantalones, no tienen más remedio que sacarlo del río para que pague la multa. De modo que, en un estupendo giro, aquí tenemos a un náufrago a quien salvan por dinero. Y al final, lo mejor:

—Doctor, esa tribu de indios que hacen artesanías y mocasines para las cataratas del Niágara son terriblemente salvajes. ¿De dónde son?
—De Limerick, Irlanda, hijo mío.

Los indios son irlandeses que viven del turismo[6], así que todo se reduce a dinero, dinero para comer, comer por necesidad.

(Por dinero y por necesidad se lanzó el 24 de octubre de 1901 por esas cataratas Annie Edson Taylor en un barril con un gato dentro. Fue la primera persona en hacerlo –aunque no el primer gato, ay–, y lo hizo por no pasar la vejez en la indigencia, es decir, para desahogarse. Esto es cosa real, no de libro, pero lo pongo porque parece mentira. Y aquí hay más fotos. Solo se hizo un rasguño en la cabeza.)

Para acabar, aunque esto no tiene fin, vuelvo a lo de Limerick porque el martes 12 de mayo fue el aniversario del nacimiento de Edward Lear, rey del limerick, conque:

Un viejo de Ems con catéresis
cayó sin cuidado en el Támesis
y, cuando lo hallaron,
dijeron: «¡Se ha ahogado!»,
el viejo de Ems con catéresis. 
[7]

***

[1] Este artículo se publicó por primera vez en Blue Gum. Desde entonces ha cambiado y le añado los náufragos que encuentro.

[2] Nobody heard him, the dead man,
But still he lay moaning:
I was much further out than you thought
And not waving but drowning.

La traducción es mía.

[3] ‘Is she waving?’ May wondered anxiously.
‘Drowning more like,’ exclaimed Fred, peeling off his jacket and tie […].
‘But, you were signalling for help.’
‘Nay, I were waving goodbye.’

La traducción es mía.

[4] Vida de Pi, Yann Martel.

[5] Traducción de Carmelina Payá y Antonio Samons, ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1989.

[6] Se ha debatido mucho sobre la postura de Twain con respecto a los indios y los irlandeses en este cuento. Hay quien cree que se burló de los irlandeses porque los puso «de indios», sin advertir lo ofensivo que ese comentario es para los indios. Otros opinan que era una dura crítica a la penosa situación en que se hallaban los inmigrantes irlandeses en la época, pero ¿en qué situación dejaba eso –otra vez– a los indios? En fin, el debate es interminable, porque está minado de etiquetas. Yo creo que Twain se reía de la farsa turística de las cataratas, de él, de todo y de todos, pero vete tú a saber.

[7] There was an Old Person of Ems,
Who casually fell in the Thames;
And when he was found
They said he was drowned,
That unlucky Old Person of Ems.

La traducción es mía. Se me ocurren otras, entre ellas una con la licencia de dejar Thames:

Un hombre ya anciano de Ems
cayó sin cuidado en el Thames
y, cuando lo hallaron,
dijeron: «¡Se ha ahogado!»,
el pobre buen viejo de Ems.

[La imagen que encabeza este artículo («Annie Edson Taylor Queen of the Mist after her trip over the Horseshoe Falls») es un detalle de la copia de una fotografía creada por Zahner, M. H., de la Niagara Falls Heritage Foundation Collection (dominio público). Más información, aquí.]

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