La primera reseña de la cuarta temporada de La Plaza Invisible es para el primer título de un nuevo sello editorial, La Pipa de Kif (secretamente radicado en Cartagena), que se estrenó hace exactamente un año, en septiembre de 2024, publicando la primera antología poética de Alberto Chessa (Murcia, 1976).
Non finito recoge treinta y tres poemas “autoseleccionados” entre los seis libros de poesía que Chessa había publicado hasta hoy. Una muestra sucinta pero suficiente para dar cuenta de la trayectoria de un poeta.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
Aunque empecé a leer a Alberto Chessa (Murcia, 1976) en el tiempo en el que a mí aún me tocaba muchísimo las narices cualquier tipo de audacia formal, por diminuta que fuera, siempre me gustó (o, por lo menos, me cayó muy bien) el detalle de que sus poemas, siendo siempre tan serenos, tan comedidos, tan casi “clásicos” en su apariencia y en su fondo…, careciesen del punto final.
Así ocurría en Anatomía de una sombra, el primer libro suyo que leí (gracias al consejo y el regalo del librero, poeta y editor Vicente Velasco Montoya), y quise ver en ese pequeño distintivo característico la insinuación de una forma de entender la poesía (o, mejor, el poema) como algo siempre inacabado, quizá interminable, pendiente siempre de cierre, abierto por definición y por vocación.
Creo que el título de su último libro, que es su primera antología, vendría a confirmar esa impresión, y además Non finito viene dedicado «a Lucía y Alicia«, con el ruego de que sigan ayudándole “a inacabar mejor todas las cosas”. Como se ve, no es que la falta de broche total a los textos sea una fatalidad, es que es algo que se desea, que se busca, que se celebra.
La poesía de Chessa ha sabido ser proverbial sin resultar sentenciosa, o sólo en la medida en que él lo permite y lo desea
Sin apenas conocerle más allá de sus versos (en los que nos damos siempre a conocer aquellos que los escribimos), estoy seguro de que Chessa pone la poesía por encima de todas las cosas, o cuando menos de todas sus cosas: aparte de sus trabajos como traductor, o sus colaboraciones en asuntos audiovisuales, o su responsabilidad como editor de libros colectivos u homenajes… está su naturaleza de poeta, y precisamente por ser eso lo fundamental de su identidad es algo que lleva con discreción, casi con secreto. No es una incoherencia: es la esencia. Conceder toda la prioridad a la poesía pasa necesariamente por dejarla un poco en paz.
La de Chessa ha sabido ser proverbial sin resultar sentenciosa, o sólo en la medida en que él lo permite y lo desea. En el citado Anatomía de una sombra, por ejemplo, había magníficos aforismos emboscados (“Para quien ha vencido al miedo / todo es música”), o a veces encadenados (“Un puente sólo existe cuando ya se ha creado. // Construyamos la vida que habitamos por dentro”), o juegos de palabras que en realidad no lo eran, pues no recurrían tanto al ingenio, ese gran false friend, como al retruécano: “Si los cuerpos que amamos dejan de ser enigmas, / dejan de ser los cuerpos que amamos”
También en los poemas de Non finito, procedentes de sus seis libros anteriores, hay versos de esa naturaleza, o de alguna de sus variantes), pero lo que ha articulado este repaso a treinta años de poesía, según parece explicarse en el prólogo (“Hay que ver cuánto yo nos sobra para poder ser lo que quiera que seamos!”; “Hay poetas tan iluminados -¡tanto!- que sólo entran ganas de apagar la luz, pero no es menos verdad que la confesión en clave impúdica es el mejor escondite para la mentira”…), es la clave del yo, esa antipática primera persona que cambia su identidad en cuanto se funde con el colectivo y pasa a ser no un personaje autobiográfico sino un retrato-robot.
Eso es así en Non finito incluso aunque haya poemas dedicados a la madre del autor, al padre, a la mujer, a las hijas… Quien haya tenido que pensar en ello más de diez minutos sabe que hablar de uno mismo con el filtro de la literatura bien activo es el mejor modo de señalar a lo universal, que aquí se acomete desde diversos flancos.
se ve lo a gusto que se siente en ese difícil territorio de la casi contradicción, de la sutileza medio juguetona, de la para-paradoja
Los poemas son irregulares en extensión, en perspectiva, en métrica y hasta en tono, pero en ningún momento deja Chessa de ser reconocible. Y es bonito que en un poema como Naturaleza viva (que reproducimos completo abajo) todo termine precisamente con esa indefinición de la propia personalidad, con esa perplejidad ante uno mismo, que puede ser un buey, un ángel, un rey infanticida o un dios recién nacido.
“Al poema se entra como un conquistador y se sale de él, en el mejor de los casos, como un invitado. Uno escribe un poema, pero luego lee otro poema distinto al que escribió”, afirma también Chessa en su prólogo, y ya se ve lo a gusto que se siente en ese difícil territorio de la casi contradicción, de la sutileza medio juguetona, de la para-paradoja.
Si a mí me hubiesen encargado seleccionar treinta y tres poemas de los libros de Chessa (casi un poema por año de fruto editorial público), hubiera tirado, me parece, por caminos diferentes, pero, tratándose de un poeta como él, todas las posibilidades eran buenas y todos los libros posibles eran muy notables. Sea como sea, se diría que incluso esta antología, aparentemente definitiva, es una obra en marcha, algo que va de momento, un poco provisional, más un adelanto que un balance, una parada en boxes para repostar. Es obvio que este asunto aún no ha acabado.

NATURALEZA VIVA
Abrí los ojos. Una familia nos miraba.
A mí y a todo el resto de figuras.
Vi que formaba parte de un belén.
Parecían felices, satisfechos de su obra.
Sabemos que un belén es un trasunto
de eso que somos, de nosotros mismos,
y es por ello que armarlo es cosa seria.
La familia (papá, mamá y las niñas)
brujuleaba con la vista el marco
y comentaba no sé qué en voz baja
con palabras que rezumaban muérdago.
“¿Temen importunarnos? -malicié-.
¿O es que andan renovando su secreto?”.
No conseguí saber quién era yo,
qué figura
*Ficha bibliográfica: Alberto Chessa, Non finito. Antilogía personal, Cartagena (Murcia), La Pipa de Kif (nº 1), 2024 (septiembre).







