‘Palpar la luz’: estamos hechos de pequeños cortes

Ana Casado

La Plaza Invisible está llena de «heridas de luz», filtradas por los árboles, por decirlo con las palabras que leemos en una de las páginas del primer libro de poemas publicado por Ana Casado (Madrid, 1982), que ha aparecido en Madrid, en octubre de 2023, gracias a la editorial Piezas Azules.

Todas las páginas de Palpar la luz (queremos decir todas sus hojas…) cantan a la naturaleza con una delicadeza llamativa, con complicidad y hasta con intimidad con ella, comprendiéndola de una forma profunda y a la vez sutil, y atendiéndola en muy distintos aspectos, desde el vegetal hasta el del propio cuerpo o la propia familia.

Ana Casado
La poeta Ana Casado, la naturaleza (un trocito, al menos) y La Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Una poesía muy desnuda, casi transparente pero aun así compleja y misteriosa, es la que nos espera en la ópera prima de Ana Casado (Madrid, 1982), Palpar la luz, y eso es así desde su llamativo primer poema, Buganvilla (que reproducimos completo abajo): se confirma la impresión de que no hay debut que no contenga poemas anafóricos, pero este es, por sutil, de una madurez distinta.

«Estamos hechos / de pequeños cortes», se lee en otro sitio, y es una afirmación que, lejos de doler o desgarrar, hace sentir bien. En este libro no hay una identificación con el paisaje, como tantas veces se dice de la mirada literaria, sino un reconocerse en lo menudo, en lo minúsculo, en lo muchas veces invisible.

Todo esta a punto de romperse, de disgregarse, de ya no ser, y ahí está la buena poesía, atenta, para preservarlo

En el libro se habla mucho de heridas (algo en lo que, Chantal Maillard mediante, insiste –tal vez demasiado…– la poesía reciente), de «una cicatriz caliente», de «una cuchilla que rasga los ojos», de «cristal hundido», de «la abertura mortal»…, pero insisto en que en ello no hay tanto desgarro, ni desde luego violencia, como ganas de acceder al interior, dejar que salga no la sangre, para enseñarnos «el color de la muerte», sino la vida, para contemplarla y escribirla: «Abrir la palabra / desollarla / y bajo su piel / encontrar / un pequeño ciervo / palpitando».

Y es que incluso por la edición del libro, tan aparentemente delicada, y sobre todo por las ilustraciones de la editora (y también poeta) Andrea López Montero, se diría que éste es un libro quebradizo, como una corteza frágil, o una hoja seca, o la débil cáscara de algún fruto vacío. Todo esta a punto de romperse, de disgregarse, de ya no ser, y ahí está la buena poesía, atenta, para preservarlo.

Pocas veces como en este libro las páginas son también hojas, con toda su polisemia, pues la naturaleza está en la base misma del libro, no es sólo el espacio literario, ni el escenario, sino su misma razón de ser, su tema y su objetivo, aunque sea una naturaleza abordada desde distintos sitios: lo vegetal, el pájaro, el propio cuerpo, los orígenes, la familia, los cuerpos que hubo antes o los retoños que nacen…: «La memoria del árbol / no sangra / brotan los frutos / sin temor a enfermar / o a caer de golpe […] Abre la vida sus párpados / en las ramas / y sólo deseo / ser / la hoja que sostiene el mediodía / en el verdor».

La autora (que ya se ve que no sólo es profesora de Lengua y Literatura en un instituto de Madrid, sino maestra de cosas aún más importantes) se siente o se sabe parte de todo eso, un eslabón obvio de su propia familia pero también un elemento, no menos imprescindible, en todo espacio en el que esté, lo cual se asume y se declara sin egocentrismo alguno: al contrario, en el fondo el descubrirse indispensable es toda una llamada a la humildad, a una modestia sublime, a una pequeñez cósmica, a una postración hermosa.

Puesta a hablar en primera persona, lo que encontramos es más bien un anhelo de desposesión total, de fusión completa con el espacio, de disolución definitiva: «Quién es aquella / que en mitad del bosque / deja su ropa / su piel / sus ojos / a un lado / para mirarse desde dentro», que no desde arriba, y entendiendo que quien dice «mirarse» está seguramente diciendo «mirarnos», y no sólo a nosotros, los humanos, sino a todo.

También se quiere mirar la tierra desde dentro, no como los cadáveres sino como lo que se engendra, lo que brota, lo que emerge. En un libro abiertamente orgánico, simbólico en lo físico, hay «un óvulo / a punto de romper / el tiempo», no quebrando el equilibrio sino afirmándolo: «Qué lejos de la muerte / las palabras del niño». Pero después, con una epanadiplosis peterpanista, «La carne crece / y una niña / sigue asomándose / a mis ojos / sigue teniendo miedo / sigue sin saber / por qué la carne crece».

Ana Casado canta a una existencia serena y dolorosa, pacífica y amenazada, fértil por fecunda y agresiva por hambrienta, donde la inclemencia da paso a la primavera y lo árido a lo frondoso, pero también, por pura y necesaria definición de lo que son los ciclos, al revés

Con enorme sensibilidad, en fin, pero sin asomo de santurronería, aquí se reflexiona sobre la materia, sobre todo por la viva pero también por la que permite la vida, desde la armonía de las galaxias hasta la violencia del bosque. Si «abril es el más cruel», como decía el clásico, es porque la tierra se abre y todo estalla, y también aquí, con una mirada compasiva y dickinsoniana hacia los seres más desprotegidos, Ana Casado canta a una existencia serena y dolorosa, pacífica y amenazada, fértil por fecunda y agresiva por hambrienta, donde la inclemencia da paso a la primavera y lo árido a lo frondoso, pero también, por pura y necesaria definición de lo que son los ciclos, al revés.

Ana Casado

BUGANVILLA

Un corazón ligero

deseo

un corazón

afilado en la tarde

libre

sobre la sangre temerosa.

 

Un corazón

que sostenga el cuerpo

fuera del puño

fuera de la hendidura blanca.

Un corazón

a punto

a bordo

a la intemperie.

Un corazón

como el sueño de una abeja

entre pétalos calientes.

 

*Ficha técnica: Ana Casado, Palpar la luz, Madrid. Piezas Azules, 2023. Prólogo de Juana Rosa Pita. Ilustraciones de Andrea López Montero.

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